Haberlas, haylas

El señor Rajoy insiste en que sólo existe lo que consta en las leyes que él controla. Desde Aristóteles a Sartre nadie había llegado tan lejos en estas cuestiones sobre la esencia y la existencia. Su empecinamiento en el uso de este criterio nos plantea la duda de si el propio señor Rajoy dispondrá de titola, dado que no encontramos referencia a tal instrumento concreto ni en la legislación vigente, desde la Inmaculada Constitución hasta el Reglamento de Uso de los Lavabos de La Moncloa, ni en las para él sin duda añoradas Leyes Fundamentales del Reino tan alabadas por su padrino, mentor y maestro, el Presidente Fundador. Más aún, el supuesto que he presentado cuadraría exactamente con las consecuencias que se derivarían de su tesis continuamente repetida: “No se puede hacer lo que no existe ni está previsto en la ley”. No habiendo descubierto que la ley prevea la existencia del citado instrumento ni, consiguientemente, de lo que se pudiera hacer con él, debemos deducir que no existe.

Apoyado en sus sólidas creencias, el señor Rajoy ha afirmado que “eso de las elecciones plebiscitarias no existe, y, por tanto, no se debe engañar a la gente. Hay que decirle la verdad”.

La gente sabe que lo que hace plebiscitarias una elecciones no es que las reconozcan como tales aquellos a quienes no les gustan, sino la voluntad de los que votan con la intención de que así sean, porque expresan de esa manera lo que, quizá, no les dejan exponer de otra.

Es más: la Historia nos demuestra que unas elecciones pueden ser proclamadas plebiscitarias a posteriori, a la vista de lo que la gente, de repente, se ha decidido a plantear. Haría bien el señor Rajoy en recordar las elecciones municipales del 12 de abril del 31. Los periódicos del día 13 proclamaron, sin empacho de ninguna clase, que “en el gran plebiscito de ayer, España votó por la República”. Y eran elecciones municipales. Claro que, quizá por eso, el señor Rajoy, como sus padrinos, mentores y maestros, opine que así la República también tuvo un “origen bastardo y espurio” que “se basó en la mentira”, como enseña sobre la actual Constitución algún juez, militar y catedrático de Derecho Constitucional, muy amado y promocionado por el actual gobierno.