Jorge Rueda: Fuego que prenderá la revolución de los archivos

Foto de Carlos Canal (C) Instantánea de la quema del archivo de Jorge Rueda, en Jorox, el 13 de diciembre de 2011.”A Jorge Rueda in memoriam: Tu me echas agüita a mi, y yo te echo agüita a ti”

Laura Terré
Historiadora de la fotografía

16-3-2012 (12:50)
Últimamente los archivos fotográficos están dando que hablar: dispersión, descoordinación, falta de un criterio común de las instituciones… Y, mientras se da esta situación de indefinición que pone de manifiesto la precariedad en la que se encuentran ciertos archivos singulares y la indiferencia frente a su valor como obra de autor, una amenaza se ha cumplido: la quema “reivindicativa” del archivo de uno de los fotógrafos más significativos para la historia de la fotografía española de la segunda mitad del siglo XX. Me refiero al archivo del fotógrafo Jorge Rueda (Almería, 1943 – Jorox, Málaga, 2011), quien había dejado por escrito en sus últimas voluntades: “los archivos fotográficos en forma de clichés, diapositivas y fotografías de cualquier tamaño, repartidos en diversos lugares de mi domicilio, sean concienzudamente quemados y/o destruidos por mi albacea, debiendo sólo respetarse los catálogos, libros y publicaciones impresas”. Y de esa manera procedió su albacea, para que el 13 de diciembre de 2011, en el patio de la casa de Rueda en Jorox, se prendiera una fogata alimentada con las grandes copias, los originales de sus clásicos fotomontajes y el archivo de negativos completo en el que se encontraba el registro de la mirada de Jorge Rueda. Mientras, Carlos Canal, íntimo amigo de Jorge, siguiendo también su deseo expreso, documentó todo el proceso de inmolación con su cámara de vídeo.

Presintiendo la potencia y el interés de su archivo y viendo la frialdad con que se afrontaban las negociaciones con las instituciones artísticas del país, Jorge Rueda llevaba años anunciando la quema de su archivo. Para los que le conocíamos, sabíamos que era algo más que una amenaza si no lograba venderlo antes. Argumentaba que lo que no le pudo beneficiar a él en vida no iba a enriquecer a ningún otro estando él muerto. “La vaca que da la leche también ha de comer”. Rueda llamaba la atención sobre aquellos fotógrafos olvidados por todos que al morir se convertían en grandes autores, su trabajo se cotizaba más, se llevaban a cabo las grandes exposiciones retrospectivas y se condecoraba a sus viudas. Rueda sentía que las fotos que no le habían comprado en vida como justo salario fruto de su oficio, se irían con él y no formarían parte de ninguna exposición post mortem. En cualquier caso, no estando él, ¿cómo le iba a doler la intrascendencia o transcendencia de su persona o de su obra? ¿Por qué le tendría que pesar en su conciencia a él, que ya no existe, la historia de la fotografía, la historia de España o cualquier otra historia en la que intuía el propósito vanidoso de un comisario caza cadáveres? Es a nosotros a los que todavía nos puede importar lo que pueda pasar con los archivos fotográficos en el futuro. Y si a cada uno de nosotros nos acabará sorprendiendo la muerte, de eso se trata, ¿a quién le puede importar que los archivos fotográficos perduren para la historia? ¿Hay alguien ahí trabajando tras las puertas de los despachos?

En el caso de que las cosas tuvieran que tener sentido más allá de la muerte, la única razón del acto planeado por Rueda habría sido iniciar una revolución. No fue su deseo acabar destruyendo su archivo, al que siempre se había dedicado y al que había cuidado y guardado imaginándole un lugar en el futuro. Pero finalmente, a la manera de aquellos monjes budistas que se prendieron fuego en Indochina o aquel estudiante de Praga que con su muerte dio el pistoletazo de salida para la revolución de terciopelo, el fuego que consumió el archivo de Rueda hay que interpretarlo como una autoinmolación dolorosa con la finalidad de denunciar la falta de interés por parte de nuestras instituciones culturales hacia los archivos de los fotógrafos en vida. Una forma de protesta extrema. Pero no desesperanzada. Pero no fatalista. Pero no egoísta ni revanchista. Ni cínica. Un gesto de alguna manera generoso de un hombre libre, desprendido de todo y valiente como fue Jorge Rueda. Un gesto radical que no puede quedar ahí como mera nota en la sección de sucesos de la fotografía. Acciones desesperadas como ésta nos inquietan pero necesariamente nos comprometen a la lucha. Nadie descansará en paz hasta no lograr el siguiente paso.

El día 13 de marzo, tres meses después de la quema del archivo, en el Centro de Arte de Alcobendas, se inaugurará “Human”, una exposición antológica de Jorge Rueda producida en su totalidad por el CAF (Centro Andaluz de la Fotografía). Jorge esperaba con ilusión esta fecha para presentar de nuevo su obra en Madrid. Pero la muerte se lo llevó después de una rápida enfermedad. Esta exposición es como un testamento en positivo, un conjunto único, en estos momentos, que habrá que preservar con el mayor cuidado.

Tendremos que vencer la impotencia de no poder recuperar lo ya perdido, alejar la sensación de que la causa que lo motivó también está perdida. Lo que sí está perdido y lo hemos de admitir, es el archivo de Rueda. Pero no su causa. Si las chispas que puedan salir de su hoguera tienen que volver a prender ya no será en otro archivo fotográfico, sino en el coraje que nos hará defender su valor para la sociedad y la cultura. Fuego que prenderá la revolución de los archivos.

 

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