Dos exposiciones de fotografía -sin pie de foto- en Terrassa

Pl. Dr. Robert (Monumento a los caídos). (c) Antoni Boada

Durante la primera semana de septiembre se han inaugurado dos exposiciones de fotografía en la ciudad de Terrassa, a menos de500 metros una de la otra. Ambas tienen en común haber sido coordinadas por el mismo fotógrafo de la ciudad, Cristóbal Castro, un incansable entusiasta que lleva sacando a la luz desde su tribuna en el Diari de Terrassa el talento de los fotógrafos egarenses de los años cincuenta y sesenta. Las dos exposiciones cuentan además con otro nexo, la participación en ambas de Antoni Boada, un fotógrafo prácticamente desconocido para los que manejan la historia de la fotografía, pero cuya mirada es tan singular como la de otros meritorios y famosos fotógrafos del momento. Pero, ¡ay! Hasta el momento Boada no ha dejado de ser un fotógrafo local, aunque le sobren méritos e interés universal para figurar, aunque solo fuera, en los listados de “imprescindibles” de nuestra pequeña historia de la fotografía española.

“Grupo el Mussol”, compuesto por Josep Maria Albero, Antoni Boada, Josep Bros, Joan Colom, Enric Garcia Pedret, Ignasi Marroyo, Jordi Munt y Jordi Vilaseca

La primera exposición de la que hablamos es “Grup el Mussol”, en el Centre Cultural Unnim Caixa Terrassa (Rambla d’Ègara, 340, hasta el 23 de septiembre) que reúne a los cuatro miembros vivos de este colectivo fotográfico de la década de 1960 tan relacionado con la ciudad de Terrassa, que ha hecho de ésta un referente para la historia de la fotografía en Cataluña. Un colectivo tan citado como desconocido. Con el fin de remediar esta situación de tópico y lograr divulgar al grupo (8 miembros: Josep Maria Albero, Antoni Boada, Josep Bros, Joan Colom, Enric Garcia Pedret, Ignasi Marroyo, Jordi Munt y Jordi Vilaseca) hace unos meses redacté un proyecto para la producción de una exposición y la edición de un catálogo con obra de los ocho fotógrafos y textos de estudio, biografías y cronología y el complemento de un vídeo con entrevistas a los fotógrafos aún vivos, siguiendo el guión diseñado por uno de ellos ya desaparecido, el también cinematógrafo aficionado Josep Bros. Todo con la finalidad de presentar el fenómeno, fijar las series temáticas que llevaron a cabo sus miembros individualmente, reconstruir los trabajos colectivos y recoger la palabra de los fotógrafos. Pero son malos tiempos para proyectos a largo plazo que necesiten inversión en investigación, precisamente en un momento crítico para la conservación de algunos de dichos archivos ya en manos de sus herederos o en paradero desconocido. ¿Por qué le falla el ojo a las instituciones culturales para detectar el interés de sus autores locales? Parece una situación sin salida en un juego de matriuskas en el que se solapan las administraciones culturales a la hora de dar a conocer nuestro patrimonio fotográfico…
En cualquier caso, esta exposición del Mussol es un primer paso para el conocimiento del grupo, y ojalá que vaya más allá de lo local. ¡Es la primera vez que exponen juntos en Terrassa! La exposición se ha llevado a cabo con presupuesto cero y gracias al esfuerzo organizativo del Foto Club y a la ilusión de sus autores, los cuatro miembros aún vivos del Mussol, Albero, Boada, Colom y Marroyo. Pero estará instalada durante solo 20 días en esta espléndida sala y un humilde folleto fotocopiado servirá de guía para los visitantes y recordatorio para los coleccionistas de rarezas. ¿Vale la pena trasladarse hasta Terrassa y romper el cerco local? Por supuesto. Esta exposición nos sorprenderá como una piedra en bruto que cada uno deberá tallar a su gusto, como un paisaje por caminar. Así, en la uniforme presentación en sala de las copias fotográficas, limpias de cartelas y de cualquier explicación, apreciaremos el rigor de lenguaje de cuatro amateurs que nos hablan del mundo a su manera. Dos series en color, una prácticamente inédita cedida para esta exposición por Joan Colom -el más universal de los cuatro amigos, quien recientemente ha vendido su archivo al MNAC- y otra de Albero. Éste último ha querido dejar de lado la nostalgia del blanco y negro de sus fotografías documentales de la Terrassa de los sesenta para introducirnos en su universo de galaxias y nebulosas en color. Belleza que habría merecido para su bautizo una presentación en sala más cuidada y moderna. Marroyo, cuyo archivo de negativos fue acogido este año en depósito por el Arxiu Nacional de Catalunya, presenta entre otras cosas un reportaje de toros inédito hasta el momento, que podría ilustrar muy bien las actuales reivindicaciones antitaurinas. Y finalmente nos espera la sorpresa de un autor por descubrir: Antoni Boada.

Aún siendo una selección heterogénea que hace concesiones nostálgicas y dulzonas, el conjunto de Boada resulta un retrato inquietante de la época, en el que los penitentes de una procesión de semana santa se mimetizan con los chimpancés de un circo, los trabajadores con los atletas, los niños que vienen de la escuela se pierden entre las mayorettes, y muchos personajes permanecen sentados, ausentes, a la espera de un tiempo por venir. Boada no necesita componer, presenta los formatos cuadrados “a pelo”, brillando esa mirada amplia del objetivo normal que es tan incómoda para la mayoría de los fotógrafos. Los puntos fuertes de sus fotografías se explican solos, por mínimos que sean. Los elementos inertes compiten con las miradas de sus personajes en contrapuntos surrealistas, así la chaqueta que retuerce una niña mientras nos mira con intensidad, el paso de una mujer entre la sombra de las ramas de un árbol sirviendo de continuidad a unos troncos talados que se apilan tras un muro… Pinceladas espontáneas de subjetividad al estilo de Alvarez Bravo.

Las fotografías de Antoni Boada nos vuelven a sorprender en la otra exposición. “La riuada del 62 i els seus fotógrafs” (sala Muncunill, Plaça Didó 3), reúne a 14 fotógrafos en total que documentaron los hechos ocurridos en la comarca aquel septiembre hace ahora cincuenta años. Reconocemos de nuevo su carácter de reportero en el cartel de la exposición: el paso siniestro de un ataúd en segundo plano capta toda nuestra atención ante la indiferencia de dos niños sujetos a la fuerza por su madre embarazada. La tesis expositiva de Castro ha sido homenajear a las víctimas de la tragedia y reconocer el trabajo y el esfuerzo de los fotógrafos atentos a la desgracia. Pero nos falta la indicación del contexto en el que se produjo tal desgracia para poder cumplir plenamente con el homenaje. Más allá del dolor de las víctimas, estas exposiciones tendrían que servir para examinar las causas que han conducido a la injusticia y que no se volviera a repetir. ¿Fue una injusticia la inundación? Analicemos los hechos y entenderemos hasta qué punto hoy día también nos amenaza una situación así.

Durante este año 2012, aniversario de las riadas, se han hecho otras muestras y publicaciones que relatan estos hechos, los más dramáticos que ha padecido la comarca del Vallès en su historia reciente: un millar de muertos debido a una tormenta que descargó en pocas horas225 litrosde agua por metro cuadrado sobre un río sin encauzar, cuyos puentes se convirtieron en presas taponados por árboles, piedras y coches arrastrados por el agua. Barrios enteros de inmigrantes desaparecieron, casas auto construidas en las mismas orillas del río, al amparo de unas fábricas que tampoco resistieron la fuerza de la riada. Más de cuatro mil personas perdieron su casa y la mayoría se quedó sin trabajo. En esta exposición las fotografías se sirven solas, es decir, sin pie de foto. Los datos los hemos escuchado en el relato de los visitantes a la inauguración, que resultó masiva, quienes repasaban con extrema atención todas y cada una de las fotografías para reconocer los espacios y las personas retratadas para reconstruir su propia biografía. En su mayoría, incluso las que hicieron los amateurs como reporteros improvisados, son fotografías cuyo principal objetivo es la información. Separar el fotoperiodismo de la causa de la realidad que está ilustrando es quererlo llevar a un terreno intemporal y universal en el que las causas de la desgracia se vuelven inevitables y la respuesta del ser humano ante ellas es un nudo de resignación. En esta muestra las fotografías no apelan a un universal, sino a la memoria de los supervivientes que las contemplan. No logran ser tan universales como para separar la anécdota privada del interés público. Hoy todavía hay visitantes que tienen conocimiento y experiencia de lo que pasó hace cincuenta años, fuera cual fuera su posición en la escena, y acudieron ansiosos a la inauguración. Pero ¿cómo la han de ver las nuevas generaciones?

Fotografia de Juanita Biarnés

Juanita Biarnés es otra de las fotógrafas excepcionales que expone sus fotografías de esta tragedia. Opina que cualquiera podría captar el espectáculo terrible de la naturaleza desatada y el agua bajando a raudales. Pero hay que tener una sensibilidad especial para estar atenta a los detalles de humanidad, al dolor sordo, al movimiento de solidaridad que se produjo entre los habitantes de Terrassa. Su cámara capta gestos en los refugios, silencios y penumbras en las iglesias y en los cementerios. Ya conocíamos alguna fotografía magistral de estas riadas, presentadas en la muestra “Pioneras de la fotografía catalana” (Palau Robert, Barcelona, 2005) comisariada por Colita y Mary Nash. Fotografías que se separaban de manera elegante de la cruda tragedia sin dejar de mostrar el horror y la violencia sobre los más desfavorecidos: el cadáver de una anciana envuelto en una sábana, o aquella otra fotografía de las vías de tren colgando como un collar entre dos cerros, dos fotos que, por cierto, no se encuentran en esta muestra. La mirada de Biarnés es incisiva, clara y resuelta. Nada ambigua. Como buena periodista sabe lo que está contando y es breve y contumaz. Dosifica las anécdotas pero no ahorra los espacios vacíos en sus composiciones. Y espera por el instante humano que pone en escala y anima el escenario dramático, como en la fotografía en la que una niña esquiva un coche que invade la acera por la que ella está pasando como si en ese mismo momento se hubiera precipitado a la calle desde el interior de una casa.

La muestra mezcla los autores en la sala agrupando las fotografías según la cronología de los hechos o temas generales. Pero una presentación más diferenciada de los trabajos de cada fotógrafo podría haber ayudado a entender lo que allí pasó. El fotógrafo subraya con su actitud frente a la realidad unos aspectos y calla otros. Se indigna, se emociona, se enternece… Manipula, es evidente. El respeto por ese testimonio primigenio de la toma en el montaje suele ayudar a señalar ciertas claves para actualizar el mensaje.

Las fotografías en color de Eduard Bros están agrupadas, sí, y ponen luz y realidad a la tragedia. A medida que se recorre la exposición otros nombres llaman la atención, como el jovencísimo por entonces Virgili Vera, que hoy día es un reputado fotógrafo de moda, o el ya veterano Carles Duran, fotógrafo profesional de la ciudad. También llaman la atención las fotografías firmadas por Fotos Francino, aunque no son de un único autor. Pertenecen en realidad a un equipo de fotógrafos que trabajaba para una empresa fundada en el año 1950 por una mujer, Antònia Cos Vila, cuyo archivo fotográfico está depositado en el Arxiu Municipal de Terrassa.

A la fotografía se la pone a menudo a prueba para que sirva por sí misma todos los detalles y convoque todos los sentimientos. Pero la fotografía fácilmente puede paralizar o complacer, en vez de servir de reflexión. En este sentido, y como despedida, quedémonos con la sutil ironía, real aún así, de la foto de Boada que muestra a los egarenses bien vestidos y peinados, todo ya en orden, a la espera del paso de los coches oficiales, y como telón de fondo una gran lona tapando una fachada con una fotografía que muestra al caudillo saludando a las víctimas. Aquí una fotografía, dentro de la fotografía, nos sirve sutilmente de pie de foto.

 

 

Un pensament a “Dos exposiciones de fotografía -sin pie de foto- en Terrassa”

  1. Las fotografías de Terrassa en 1962 son muy buenas, la mayoría eran desconocidas pues estaban en archivos privados o restringidos al público. También mencionar a Toni Monka, o Antoni Montcaujussá, fotógrafo de Terrassa que se hizo famoso en los 60 , 70 y 80 fotografiando a los famosos y que también nos dejó miles de fotos sobre Terrassa.

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