Falsedades científicas sobre las mujeres

Por gentileza de Editorial Catarata publicamos una parte del primer capítulo del libro Las mentiras científicas sobre las mujeres

S. García Dauder
Profesora de Psicologia Social
Eulàlia Pérez Sedeño
Profesora de Investigación en Ciencia, Tecnología y Género del CSIC

Recientemente, el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2001, Tim Hunt, fue objeto de múltiples críticas y comentarios debido a sus afirmaciones, supuestamente irónicas, sobre la conveniencia de tener laboratorios segregados por sexo, porque “las mujeres se enamoran de ti, tú de ellas y, cuando las criticas, lloran”1 . Periódicamente, aparecen en los medios de comunicación afirmaciones y comentarios de este tipo que tienen como trasfondo las supuestas diferencias biológicas, cognitivas, etc., que rápidamente se transforman en inferioridades.

Un caso de más repercusión aún fueron las declaraciones del entonces presidente de la Universidad de Harvard, Lawrence Summers, quien manifestó en una conferencia pronunciada el 14 de enero de 2005 que si las mujeres no lograban llegar a lo más alto en matemáticas, ciencias e ingenierías se debía a una incapacidad innata en ellas2 . Según Summers, tres hipótesis explicarían las “sustantivas disparidades en relación con la presencia de mujeres en profesiones científicas, en el más alto nivel”. La primera de ellas sería la hipótesis del dinamismo en el trabajo, es decir, las mujeres no quieren trabajar 80 horas a la semana, algo necesario para llegar a lo más alto en la ciencia. La segunda sería la diferente aptitud o capacidad en matemáticas entre hombres y mujeres; dicho de otro modo, pequeñas diferencias de aptitud media en matemáticas o ciencias se traducen en una gran disparidad en el nivel intelectual que se necesita para hacer ciencia. Por último, la tercera hipótesis se refiere a la diferente socialización y los patrones de discriminación: a las niñas y a las mujeres jóvenes se las expulsa de la ciencia y de la ingeniería y las que entran en esos campos padecen discriminaciones mientras tratan de progresar en sus carreras. Summers “aclaró” que las dos primeras hipótesis eran las que realmente servían para explicar la subrepresentación de las mujeres en los niveles más altos de las carreras científicas y que la última apenas tenía importancia3 .

¿Qué hay detrás de este tipo de afirmaciones? El recurso a la “naturaleza” de la mujer para defender las limitaciones intelectuales y sociopolíticas que se le han impuesto ha tenido múltiples defensores, aunque también detractores, a lo largo de la historia. Aristóteles fue el primero en dar una “explicación” biológica y sistemática de la mujer4 , en la que esta aparece como un hombre imperfecto, justificando así el papel subordinado que social y moralmente debían desempeñar las mujeres en la polis. Esa concepción siguió prácticamente intacta a lo largo de los siglos y sirvió de apoyo a los defensores de su supuesta inferioridad. La biología aristotélica, remozada por Galeno, sirvió de base a quienes abogaban por que las mujeres desempeñaran solamente el papel de reproductoras de la especie y sumisas esposas recluidas en la esfera privada sin papel alguno en la esfera pública y negándoles hasta un elemental derecho a la educación (Pérez Sedeño, 1997).

En los siglos XVIII y XIX, la biología comenzó la búsqueda de las diferencias sexuales con los métodos de la ciencia moderna. El debate sobre la capacidad y los derechos de la mujer se planteó, al parecer, de una manera distinta, dado que la ciencia supuestamente había probado su objetividad y neutralidad, empíricamente basada, así como su efectividad para el progreso social y tecnológico. A partir de entonces, las afirmaciones sobre la inferioridad de la mujer se basan en las diferencias biológicas o naturales entre mujeres y hombres de tres maneras distintas. La teoría de la conservación de la energía sirvió para que algunos se opusieran a la educación (sobre todo superior) de las mujeres, pues el esfuerzo que habrían de dedicar a su instrucción les quitaría una energía necesaria para el funcionamiento correcto de sus funciones menstruales y reproductivas; eso impediría su finalidad primordial, ser madres, pues se pensaba que con el estudio aumenta el cerebro y, al aumentar este, disminuían los ovarios5 . Por otro lado, las descripciones anatómicas de las diferentes dimensiones del cráneo y del cerebro se utilizaban para fundamentar diferencias entre hombres y mujeres, manteniendo que un menor tamaño indicaba una menor capacidad, por lo que de nada servirían las campañas en favor de la educación superior de las mujeres, pues nunca llegarían a alcanzar al hombre en ese aspecto6 . Por último, a finales del siglo XIX, los darwinistas sociales proclamaron que la mujer era un hombre que, ni física ni mentalmente, había evolucionado completamente (Gómez Rodríguez, 2004).

DARWIN Y LAS MUJERES

Una de las teorías “de la naturaleza” utilizadas para convencer de la inferioridad intelectual y social de la mujer fue la teoría de la evolución. Darwin estaba convencido de la diferencia mental entre los dos sexos, del sometimiento del sexo “débil” al fuerte7 y de la existencia de un continuo moral entre los seres humanos y los animales. Asimismo postulaba que los seres humanos y otros organismos complejos habían evolucionado a lo largo de enormes periodos de tiempo, a partir de formas de vida menos complejas, es decir, surgían y se complejizaban constantemente. Así, la escala de la naturaleza no era algo fijo, sino que estaba en proceso de ser, como resultado de la evolución de las formas de vida. Se entendía que la noción darwiniana de complejidad significaba grado de perfección, de modo que, cuanto más complejo era un organismo, más perfecto era. Darwin y los posdarwinistas comenzaron a hablar de especies “superiores” e “inferiores”, de modo que conllevaban claros juicios de valor sobre su perfección. Así pues, además de la extensión temporal y la idea del continuo, también la mutabilidad de las formas constituía un principio básico de su teoría de la evolución.

Desde el darwinismo también se postulaba la creencia en la unicidad y en la continuidad, en que no habría saltos en la escala de perfección. Como no podía haber vacío entre los monos y el hombre (sic), la hipótesis de la continuidad requería que hubiera muchos grados de perfección dentro de la especie humana. Según se descubrían culturas supuestamente “primitivas”, los evolucionistas aceptaban que el abismo percibido entre estas sociedades y las europeas mostraba que los pueblos “primitivos” se hallaban en la escala por encima de los monos pero debajo de los humanos “civilizados”. Georges Pouchet, antropólogo francés del siglo XIX, escribió que “no faltan ejemplos de razas situadas tan abajo que parecen de forma natural asemejarse a la tribu de los monos. Estos pueblos, mucho más cercanos que nosotros al estado de naturaleza, merecen por eso toda la atención por parte del antropólogo” (Pouchet, 1864: 14). En esa escala, la mujer —naturaleza por encima de todo— no estaba en el mismo escalón que el hombre.

Darwin se ocupa de la naturaleza de la mujer en su obra The Descent of Man and Selection in Relation to Sex. Publicado en 1871, el tema principal de este texto es el fenómeno de la selección sexual, que ya había definido en On the Origin of Species8 . Esta forma de selección depende no de la lucha por la existencia en relación con otros seres orgánicos ni de condiciones externas, sino de la lucha entre los individuos de un mismo sexo, generalmente los machos, por poseer al otro sexo: “Depende de la ventaja que ciertos individuos tienen sobre otros del mismo sexo y especie solamente con respecto a la reproducción” (Darwin, [1859]1909: 108). El resultado no es la muerte del competidor que no tiene éxito, sino poca o ninguna descendencia. Por consiguiente, la selección sexual es menos estricta que la selección natural. Por lo general, los machos más vigorosos, los más adecuados a su lugar en la naturaleza, dejarán más progenie. Pero en muchos casos, la victoria no depende tanto del vigor general, como de que se tengan armas especiales. Afirmaba que algunas estructuras e instintos se desarrollan como resultado de la capacidad para atraer al sexo opuesto. Entre estos se hallaban incluidos el coraje y la belicosidad del macho, las armas de ofensa y defensa que les permiten luchar y ahuyentar a los rivales, y los ornamentos, tales como plumaje, voz y olores que sirven para atraer y excitar a las hembras. Así pues, hay dos tipos de selección sexual, la competencia entre macho y macho y la elección de la hembra: “El macho por lo general es más impaciente y entusiasta por emparejarse con cualquier hembra, mientras que las hembras tienden a elegir la pareja más atractiva” ([1859] 1909: 70). Eso hace que la competencia entre machos mejore la especie, mientras que la elección por parte de la hembra genera atractivo inútil (como las colas multicolores de los pavos reales).

Pero Darwin no se limita solo a las características de los animales. Cuando examinamos las diferencias físicas y psicológicas entre la mujer y el hombre que según Darwin eran resultado de la selección sexual, encontramos que en cada caso los rasgos masculinos son los que generalmente se asocian con grados superiores de perfección. “Algunos autores dudan acerca de si hay […] diferencias inherentes en las capacidades mentales de los sexos”. Esa diferencia es, cuando menos, “probable debido a la analogía de los animales inferiores que presentan otros caracteres sexuales secundarios”9 : quienes crían animales domésticos o poseen animales salvajes estarán de acuerdo en que “el toro difiere en disposición de la vaca, el jabalí de la jabalina, el semental de la yegua y también saben de sobra los que tienen casa de fieras, los machos de los monos grandes de las hembras”10 . Darwin utiliza estos ejemplos para ilustrar sus ideas sobre las mujeres y los hombres, pero no se queda en la simple analogía, pues pasa a afirmar un auténtico compendio de características que constituyen los estereotipos socioculturales de los hombres y mujeres victorianos: aquellos superan a las mujeres en coraje, energía y agresividad, y en las facultades intelectuales de abstracción, razón e imaginación. Las mujeres son más intuitivas, de percepción más rápida y más imitativas. Pero su evidencia empírica se queda en meros “es probable”, “parecen diferir”, “posiblemente”, “difieren en disposición”, etcétera. “Por término medio, el hombre es más alto, más pesado y más fuerte que la mujer, tiene hombros más cuadrados y músculos más completamente pronunciados […] El hombre tiene más coraje, es más belicoso y enérgico que la mujer y tiene un genio más inventivo” (todas las citas en Darwin, 1871: 716-717).

Las características femeninas están asociadas, claramente, con estados menos evolucionados, más imperfectos e inferiores. En “la hembra […] se dice que la formación de su esqueleto está entre el niño y el hombre” (Darwin, 1871: 717). “Se admite por lo general que en las mujeres están más fuertemente marcados que en los hombres los poderes de intuición, percepción rápida y quizás de imitación; pero al menos alguna de estas facultades son características de las razas inferiores y, por tanto, de un estado pasado e inferior de civilización” (ibídem: 725-726). Aquí el sexismo de la teoría de Darwin se mezcla con su racismo. Darwin concebía las razas del “hombre” dispuestas jerárquicamente desde las más primitivas e inferiores a las más perfectas —esto es, las razas europeas civilizadas—. Dentro de cada raza, se consideraba que la mujer estaba en un estadio inferior de perfección que el varón de la misma raza. Esto permitía que algunas mujeres, a saber, las europeas, blancas y de clases elevadas, se consideraran más evolucionadas que algunos varones, tales como los africanos negros, dentro del principio general de que la mujer está menos evolucionada que el hombre.

Además de la selección sexual, Darwin mantenía que también era posible una mayor variabilidad y complejidad de los machos gracias a su papel en la procreación. Darwin se hizo eco de la tradición aristotélica al insistir en que la mujer debe gastar gran parte de su energía en alimentar al feto, afirmando que este gasto de energía impide la variación femenina (algo que, de un modo no muy distinto, recogerá después la sociobiología y la psicología evolucionista). El macho, al necesitar solo una pequeña cantidad de energía para formar su semilla y al no desempeñar papel alguno en el desarrollo del feto, dispone de una reserva de energía para su propio desarrollo. Y más adelante dice: “La mujer tiene que gastar mucha materia orgánica en la formación de sus óvulos, mientras que el macho gasta más fuerza en contiendas fieras con sus rivales, en vagar en busca de la hembra, en ejercitar su voz, emitir secreciones olorosas, etcétera” (Darwin, 1871: 295-296). Efectivamente, la teoría del instinto que Charles Darwin presentaba en The Descent of Man apoyaba la diferencia intelectual entre hombres y mujeres y justificaba su confinamiento en la esfera privada: el instinto maternal hace que las mujeres sean más tiernas y cariñosas y menos egoístas; por ese motivo, quienes se oponían al movimiento en favor de los derechos de las mujeres decían que ese instinto maternal era estupendo para la esfera privada, pero no así para la pública, pues iría en contra del desarrollo evolutivo de la sociedad. El instinto maternal haría que se fuera indulgente con quienes, según la teoría de la evolución social, debían desaparecer, ya que solo sobreviven los más adecuados11 . Una vez más, afirmaciones dudosas y no sustentadas empíricamente.

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NOTES:

1. Las referencias son muchas, pero véase, por ejemplo,  (último acceso, 20 de octubre de 2015).

2. Dicha afirmación tuvo gran eco en la prensa, como puede verse en:  (último acceso, 18 de octubre de 2015).

3. Hay que señalar que el 17 de febrero, Summers declaró: “Las observaciones que hice en enero subestimaron de manera importante el impacto de la socialización y la discriminación, incluyendo las actitudes implícitas, esto es, patrones de pensamiento a los que estamos sujetos todos de manera inconsciente. La cuestión de las diferencias de género es mucho más compleja de lo que se entrevé en mis comentarios y mis observaciones sobre la variabilidad fueron mucho más lejos de lo que la investigación ha establecido”. “Letter to the Faculty Regarding NBER Remarks”, aquí. No obstante, eso no le evitó una moción de censura y un voto de no confianza de la prestigiosa Facultad de Ciencias y Artes, algo que sucedía por primera vez desde la fundación de Harvard en 1636, y que concluyó con su dimisión el 21 de febrero de 2006.

4. Empleamos el término “mujer” (en singular o en mayúsculas) para referirnos a cómo la ciencia ha construido su discurso sobre la naturaleza de la mujer, obviando las diferencias entre mujeres, y asumiendo al tiempo un tipo particular de mujer (generalmente la mujer blanca burguesa occidental-anglosajona heterosexual). Muchas de las teorías que aquí recogemos como “teorías sobre las mujeres” no son aplicables a mujeres negras, obreras o lesbianas, que aparecían como “no mujeres”. “La Mujer” por tanto tiene un trasfondo no marcado de clasismo, racismo y heterosexismo.

5. Por ejemplo, H. Maudesley (1835-1918) en varias de sus obras. No obstante, en esa misma década, Mary P. Jacobi (1842-1906), en su obra The Question of Rest for Women during Menstruation (1876), argumentaba con datos en la mano que esa tesis no se sostenía, puesto que muchas mujeres instruidas tenían hijos.

6. Pero otros, como J. M. Allan, contraargumentaban que el tamaño menor del cerebro de las mujeres era efecto de su inferioridad social y que si las mujeres pudieran desarrollar plenamente sus cerebros, se remediaría ese efecto pernicioso. El hecho de que las mujeres lograran efectivamente el acceso a la educación superior y alcanzaran intelectualmente al varón convirtió en inaceptables las tesis y medidas de los craneólogos, que implicaban que eso era imposible (véase W. L. Distant, 1874). Sobre la craneología, véase Stephen Jay Gould (1981).

7. Véase en Frances Power Cobbe (1894), Life of Frances Power Cobbe, vol. 2, la reacción de Darwin ante la publicación de On the Subjection of Women de John Stuart Mill.

8. Publicada en 1859, en esta obra establece los dos principios fundamentales de la evolución, a saber, la selección natural y la selección sexual. El primero se da entre miembros de distintas especies y conlleva variabilidad y la supervivencia de los más aptos.

9. La analogía y los ejemplos son dos de los recursos favoritos de Darwin en The Descent of Man (Pérez Sedeño, 1997).

10. Las cursivas en esta y las siguientes citas de Darwin son nuestras.

11. Pero quienes apoyaban los derechos de las mujeres, como la filósofa pragmatista y activista Jane Addams (1922), también usaron la teoría darwinista para decir que, si los instintos de las mujeres hacían que estas fueran más cuidadosas y cariñosas, su intervención en la esfera pública provocaría un mayor bienestar social y menores conflictos bélicos.

Ilustraciones de Yang Liu

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