Falles

Misty Water-Colored Memories

Miguel Aznar
Consultor

Cuando en la segunda mitad de los años cincuenta comencé a recorrer el Pirineo con mi pandilla, escuchamos una historia muy curiosa: Espinás, nuestro escritor del terruño, Cela, el cachondo de los cuentos, las anécdotas y la Catira, y otros amiguetes, se habían dado un garbeo por el Pirineo de Lérida e iban a sacar un libro. Inmediatamente apareció el de Espinás, en el ’57, un librito simpático hoy absolutamente olvidado y en el que daba a entender

llibres_cela_espinasque básicamente viajó solo. Cela, en plan viajero solitario, no publicó el suyo hasta el ‘65. Para entonces yo ya me había pateado todas aquellas trochas y, para no obligar a los amigos que por allí me había echado a esforzarse con su paupérrimo castellano, ya había comenzado a hablar catalán.  

Josep Maria Espinàs, subido encima de Camilo José Cela
Josep Maria Espinàs, subido encima de Camilo José Cela durante el viaje al Pirineo

En aquellos años el Pirineo era el país de Nunca Jamás pero en melancólico: Nada había crecido, pero allí no había niños perdidos; lo que allí había eran tradiciones perdidas: Antes se hacía esto, y aquello, y lo de más allá… Ahora…

Había pueblos en los que desde los tiempos de la República no se habían impreso tarjetas postales con vistas locales. ¿Para qué, si no había visitantes? Maria Antònia Senpau, una muchacha alegre y tranquila de Casa Ignacia, en Isil, familia antaño poderosa y que entonces regentaba el bar del pueblo (único, si descontamos una mísera taberna), me cedió la última postal que guardaban cuando, a su pregunta de para qué la quería le respondí que para enviársela a una muchacha alegre y tranquila de Barcelona que, a veces, también subía hasta allá. Maria Antònia se casó con un hereu de Espot y allí llevaron el hotel de la familia; y su pueblo se quedó más solo. La chica alegre y tranquila de Barcelona se fue a América y una vez cada veinte o treinta años recuerda aquellos ríos, y aquellos bosques, y aquellos lagos, y, quizá, aquella gente.

Cuando años después, la lotería favoreció a Sort, su alcalde, Quico, montó en su pueblo, Llesui, un restaurante sensacional donde recrear los platos perdidos de aquellas tierras. Lo primero fue localizar el queso que él recordaba de su infancia. Pateó todos rincones de aquello montes y no lo encontró. Ya a comienzos de los sesenta yo había buscado auténticos quesos tradicionales y no los encontré en ninguna parte: Lo que había eran productos de fabricación industrial, traídos desde las tierras bajas. Quico no se resignó: siguió corriendo el Pirineo, hasta que llegó a Navarra. El queso de su niñez, el que se hacía en aquellas casas y cuyas recetas se perdieron, era exactamente el Idiazábal antes de ser ahumado. Encontró su amor perdido en los productos de los ganadores del mejor idiazàbal de aquel año y les encargó una partida especial, sin ahumar:

– Sin ahumarlos se te estropearán…

– No en mi tierra, que es más seca.

– ¿De dónde vienes?

– De Llesui, en el valle de Àssua.

– ¿Asua de Bizcaia?

– Àssua de Lleida…

Las viejas conexiones de los pueblos pirenaicos se perdieron hace siglos, pero la práctica totalidad de la toponimia y los perfiles de los rostros se mantuvieron. Mi mujer se quedó extasiada, bajando del Port del Cantó cuando la carretera era una trocha miserable que llevaba décadas en obras, ante un viejo encorvado apoyado en una gayata:

– ¡Es euskaldún!

– Sí. De los de dos mil años antes de Sabino Arana…

Incluso quedó en la parte de aquí algún sonido silbado que suena como en la ribera del Urola: Isil, en la pronunciación local, sonaba Tzil, en transcripción fonética usando las normas del batúa. Y Alins, Lintz…

Mi maestro en estas sutilezas fue mossèn Josep Miró. En aquellos lejanos tiempos ya se había empezado a perder la norma de un pueblo, un cura, y los pocos polivalentes que iban quedando eran, o viejos trastos irrecuperables o jóvenes rebeldes a los que los obispos enviaban dende pudieran hacer menos daño y provocar menos escándalo al facherío adicto.

Mossèn Josep llegaba rebotado desde Ribes de Fresser. Su obispo, el príncipe de Andorra, no sabía qué le daba más miedo, si sus ideas avanzadas o los suspiros de las veraneantes adolescentes ante ese vicario tan guapo; de forma que lo traspasó de un extremo a otro de su diócesis, hasta Isil. El curita, además de progre y agraciado, tenía una curiosidad insaciable y don de gentes. Al poco tiempo se había hecho amigo de todas los habitantes del valle, incluidos los republicanos más descreídos, desde Esterri hasta Mongarri, conocía todo sobre arte y costumbres locales y recibía a unas decenas de amigos de Barcelona, estudiantes progres y católicos comprometidos, más algún que otro curilla de su cuerda, que subíamos solos o en mejor o peor compañía, a charlar, pensar, observar y tomar decisiones. Nos considerábamos un club muy selecto…

Debo confesar que he tenido maestros muy inhabituales, desde el viejo señor May, en el colegio, que nos enseñaba el teorema de Pitágoras antes de hora y el esoterismo de los dones de Espíritu Santo, hasta Joan, el hijo de señoritos del delta del Llobregat, monaguillo hace un siglo en la ermita de Bellvitge, entonces entre marismas, al que el cura, allí desterrado por el obispo por ser un heredero de los viejos chamanes de la tierra, le enseñó (y él a mí) los viejos encantorios que producen la sanación por las manos, convenientemente reconvertidos, eso sí, a las creencias de la Santa Madre Iglesia.

Pero de todos los maestros inhabituales que he tenido, el más vital y el más divertido, sin duda, fue Mossèn Josep. Así, subiendo a su pueblo en días lectivos, conocí la mejor posición de la llosa para asar costillas, la manera de pronunciar los nombres locales, las historias de la vieja iglesia de sant Joan, las obsesiones del viejo párroco de Alòs, que mutiló las pétreas desnudeces de Adán y Eva, las tallas medievales que él hizo esconder en casa de las familias cristianas y honestas de aquellos pueblos, para que no las robaran los señoritos de Barcelona, que subían a arrasarlo todo. Y los sitios adecuados para montar unas pistas de esquí (que nunca se instalaron) para dar vida a aquellos valles. Y los puntos buenos del río para bañarse (solos o en buena compañía) en verano, donde el sol caliente compensaba la frigidez del agua helada. Y la maravilla de las patatas de montaña (los trumfos) ideales para aquellos trinxats que en invierno nos permitían sobrevivir a la noche helada cuando en casa Gausachs, después de participar en la batida de la nata en una lata de neules hasta conseguir una pella de manteca que la jove de la casa, la mujer de Navidad (éste era el nombre de pila del hereu Gausachs), decoraba a punta de cuchillo con unos dibujos mágicos mientras recitaba viejos sortilegios en voz baja, nos íbamos a dormir a nuestras respectivas habitaciones, el cura, que había huido de su rectoría, la maestra, que había renunciado a su inhóspita vivienda sobre la escuela en la isla del río, y yo, el visitante habitual. Esas habitaciones, bajo el tejado, ostentaban, siempre creí, el record de frío del Pirineo central.

Estany d'Airoto
Estany d’Airoto

Años después, el obispo, desesperado ante aquella continua romería, lo envió a Àreu, al fondeo de la Vall Ferrera, el último punto civilizado en la ascensión a la Pica de Estats, cuyo sendero comenzaba más allá de la serrería que embalsamaba el valle. Y hasta allí le seguimos los más fieles. Y un mal día se hartó, y cundo volvimos ya nadie supo dar razón de él. Y hasta hoy.

Una de las obsesiones de mossèn Josep era mantener vivas las tradiciones que se perdían a la velocidad del segundero. Los fuegos de san Juan eran casi cosa del pasado: en algunos pueblos los abuelos intentaban, con los críos, mantener alguna especie de hoguera en esa noche mágica del solsticio, ante la indiferencia de los adultos que no estaban para gilipolleces. En Isil, quizá el último pueblo del Pirineo donde los mozos intentaban mantener la tradición con más rigor, unos pocos subían al monte (hacia la parte de los estanys d’Airoto) el 23 de junio, cortaban pinos, ni grandes ni pequeños, y los despojaban de sus ramas hasta dejarlos en un mero tronco, encendían una hoguera en la que esos pinos se prendían por un extremo y, al acercarse la noche, bajaba cada uno con su pino al hombro y el extremo en llamas. Naturalmente, al poco esa inmensa tea tendía a apagarse: entonces se reunían todo, juntabas esos extremos ardientes hasta avivar una fogata y, ya reactivadas las llamas, seguían su camino hacia el valle. En algunos puntos el descenso era demasiado complicado. Entonces, por el barranco, se lanzaban los troncos ardientes hacia abajo y los mozos descendían al galope para recuperarlos y reemprender la procesión.

Ser un visitante asiduo de mossèn Josep te daba carta de naturaleza y te permitía formar parte del cortejo, con tu tronco de pino y tus angustias por el peso, el fuego, el descenso peliagudo y la falta de aire en los pulmones. Cuando, con los años, te rendías y te limitabas a esperar desde el pueblo, en la plazuela de la isla, ante la iglesia, veías en la negra noche cómo las procesión de llamas bajaba por la montaña, cómo al llegar a los barrancos los fuegos volaban hacia abajo, como de vez en cuando se detenía el cortejo y se formaba la hoguera reconstituyente, y cómo, poco a poco, iban llegando los mozos agotados (y con las manos como papel de lija, recordabas) y formaban la última hoguera delante de la puerta de la iglesia. Entonces todos, mozos y viejos y especialmente las jóvenes mamás con sus niños (los jóvenes padres, que aún se tenían por mozos, estaban tirados derrengados por cualquier rincón) bailaban en torno al fuego mientras cantaban unas canciones sencillas, inocentes y nada pretenciosas.

Allioli de codony
Allioli de codony

Todo eso, hace ahora cincuenta y tantos años, estaba exactamente al borde de la desaparición. Como el queso de oveja. Como el chorís de verdad, que a penas elaboraban cuatro gatos. Como el allioli de codony que in extremis rescató Quico en Llesui. Como el curtido de las pieles de caballo o de vaca, que ya venían todas de Igualada. Como todo lo que era auténtico en aquellas valles dejadas de la mano de Dios.

Falles d'Isil
Falles d’Isil
falles d'isil 3
Falle d’Isil. Fotos: Xavier Calzada

falles d'Isil 4Las falles de Isil se mantuvieron porque mossèn Josep se partió el alma para convencer a todos, especial-mente a los mozos, de que aquello no se podía dejar morir; y a los forasteros, de que si tanto amábamos aquella tierra, no podíamos permitir que aquello muriera. Durante años fuimos y llevamos allá a amigos y conocidos y a todos los que pillábamos. Había que salvar las falles del Pirineo.

Quizá nos pasamos un poco. TV3 incorporó las fiestas a su santoral. La última vez que pudimos ir, a penas pudimos aparcar a un par de kilómetros. Las falles estaban salvadas, pero para nosotros, viejos con poca movilidad, perdidas para siempre. Aquella última vez comimos un cordero de buena calidad en casa Gausachs, ahora una fonda muy decente. Navidad, más viejo que nosotros, no se prodigaba. Su hijo, algo mayor que mi hija, era el ocupadísimo amo del cotarro. El país y sus tradiciones estaba salvado, y nosotros perdidos.

Hoy me entero de que las falles del Pirineo han sido declaradas por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad. Ni Dios se acuerda de mossèn Josep. Creo firmemente que de no haber sido por su obsesión de salvarlas hoy estarían tan perdidas como el minueto o el rigodón.

5 pensaments a “Falles”

  1. Gracias a usted Concha, y un comentario:

    No pretendo hacer Historia, para eso se precisa capacidad sintética, ecuanimidad y mucha información. Estoy satisfecho con la dosis que me tocó de lo primero, no así de lo segundo, y tengo muy poca, de lo tercero. Sólo pretendo, en este sentido, presentar algunos elementos que conocí de primera mano, para que alguien que sí sea historiador, con ellos y muchos más que recoja, escriba ese pequeño trozo, que tantos queremos tanto, de nuestra Historia .

  2. Antropología,historia,naturaleza, q buen artículo!!! Y agradecimiento doble, al mosen y a usted. Gracias

  3. Ángel, Francesc, permeteu que us contesti conjuntament, perquè el que m’heu dit em suggereix quelcom més que un ‘gràcies pels vostres amables comentaris’:

    Verás, Ángel, el saber es una mancha de aceite de la que sólo eres consciente de su borde. Se extiende y tú, situado en la frontera de tu conocimiento, te olvidas de lo que quedó detrás (¡Claro que sabes quién fue Eça de Queiroz y su Crimen del Padre Amaro!, pero ese conocimiento y muchos otros te importan un carajo…) y te concentras sólo del perímetro hacia fuera: Entrevés e intuyes más alla unos centímetros, o kilómetros, de conocimientos aún para ti desconocidos, y los anhelas. Es una trampa: a medida que los vayas conquistando los conocimientos que desprecies y vayas dejando atrás serán más y más, la mancha será mayor, su perímetro será mayor, el campo de desconocimientos intuido en el borde será mayor, tu ansia será mayor. Tu desazón será mayor. No es un consejo, pero yo a estas alturas me giro hacia atrás a descubrir – y a disfrutar – cuántos conocimientos viejos dejé atrás habiendo sólo lamido superficialmente su substancia. Esta idea me la trasladó hace muchos años Eugenio Trías cuando me dijo que estaba volviendo a interesarse por Pico de la Mirandola; “De Omni Re Scilbili a estas alturas!”, me reí; “tiene mucho más de lo que os creéis…”, murmuró; y tenía razón. En el reciclaje y el espigueo de los conocimientos pasados descubro joyas muy superiores a las que en su día admiré.

    Más: Experimentar… La experiencia no es lo que vives – lo digo siempre –sino lo que reflexionas sobre lo que vives. Y eso a menudo es duro de tragar. Conocer todo es experimentar todo, si no: palabras, palabras, palabras… Experimentar todo es vivir todo y reflexionar esas vivencias. Y, jodida condición humana, sacar consecuencias. Si quieres las consecuencias para escribir un artículo o un libro, feliz tú. Y si encima te lo pagan, ya, ni te cuento… Si las quieres para seguir viviendo entonces ya depende: Como decía Bob Gilbreath, una cosa es prever el futuro y otra aprovecharse de él. Si encima tienes en el ADN la undécima de Feuerbach, que no se trata de estudiar el mundo sino de cambiarlo, esta tercera opción es una maldición. Y encima una maldición coherente: porque sólo conocerás la realidad si la manejas: sólo observarla nada más te facilitará un foto vaga, plana y borrosa.

    I tot això, de jove, genera ràbia que, per dissimular, en diem rebel•lia, i de vell, tristesa, que per seguir dissimulant, en diem melancolia. Senyor Cuadrado, em diu que de vegades no està d’acord amb mi. No sap com el comprenc! Tantes vegades jo mateix no estic d’acord amb mi mateix… El mecanisme es senzill: Mires al voltant, descobreixes un problema (que vol dir un perill), el vius i el comprens, apliques els teus coneixements obtinguts vivint i reflexionant, treus conseqüències… Fins aquí la primera part: demanes butaca d’amfiteatre primera fila per veure el que s’acosta, que serà gruixut… Però, i si se’t desperta la ètica? I si et reclama l’onzena de Feuerbach? Sobre el paper està clar: no pots fer-hi res. No pintes res. No ets ningú. No fer-hi res et produirà melancolia. Fer alguna cosa, cridar, patalear, cridar ‘fills de puta!’… saps que provocarà trolls d’un color i de l’altre, i reconvencions dels mestres, i desacords, i incomprensions… Això no et produirà melancolia, sinó cansament, un infinit cansament. I tot això, i a més el cansament, és el preu que pagues per l’esperança de que alguns entenguin que cal fer alguna cosa i, si està a les seves mans, la facin. Ni que sigui fotre un clau a una vulva de plàstic el 20 D.

  4. Sr. Aznar el llegeixo freqüentment i com és i a de ser, vegades no comparteixo els seus criteris. Però avui haig de donar-li les gràcies pel seu article, ja que jo que començo a ser vell, m’estimo en molta força el Pirineu i per damunt de tot les valls del Noguera Pallaresa i les d’els seus afluents.

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