Esplendor en la hierba

“Though noting can bring back the hour
Of splendor in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind”

 William Wordsworth, Intimations of Immortality

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Cementerio de Montjuïc. / Foto: El trolley de las nieves

Marta Solé
Periodista

Visitar el cementerio –en vida y por placer– tiene algo parecido a comer –como niño– en la mesa de los mayores. Y es que morirse y hacerse mayor tienen algo en común: son capítulos que se acaban protagonizando por más que la medicina y la cirugía luchen a brazo partido contra ello.

Esta semana he visitado el cementerio de Montjuïc por placer y en vida. Cumple 130 años y abre sus puertas a todo aquel que quiera conocer las sepulturas de ilustres conciudadanos a través de visitas guiadas.  Si usted ha visitado necrópolis de medio mundo, ha dejado una flor en la tumba de Lord Byron o le han brillado los ojos delante de la de Machado al comprobar que aún le llegan misivas… dese una vuelta por Montjuïc y comprobará que morimos como vivimos.

No, no les extrañe: ni siquiera la muerte nos iguala, a no ser que se imponga por decreto ley.

Este camposanto reproduce de alguna manera el espíritu de la Barcelona fin de siècle, la ciudad de los prodigios sacudida por una fiebre especulativa y la crisis económica que buscó soluciones –alehop!– en el ladrillo. En 1883 se inauguraba el cementerio y cinco años más tarde llegaba la Exposición Universal.

Si un hipotético cementerio moderno tendría que contar con las firmas de Frank Gehry; Jean Nouvel, Calatrava –¡ah, no! Este ya no…- o Toyo Ito, el de Sud-Oest cuenta con Domènech i Montaner, Albareda, Jujol o Llimona entre sus artistas invitados. Y es que la burguesía barcelonesa quiso tener su Paseo de Gracia postmortem para placer de sus  futuros visitantes. De lo que no se han librado es de estar rodeados por esos bloques de nichos, ciudades dormitorio del más allá, como los que se extienden en el más acá, pasados Pedralbes o el Club de Polo. Y es que la estructura de clases pervive así en el cielo como en la tierra.

La historia política y económica barcelonesa han ido modelando su arte funerario y pueden comprobarlo en esta necrópolis de un millón de habitantes que se levanta en la ladera de una montaña que ya fue cementerio entre los siglos IX y XIV, como demuestran las de 170 tumbas judías declaradas bien de interés nacional a principios de la pasada década.

El primero cementerio oficial de la ciudad, pero, fue el de Poblenou, arrasado por las tropas napoleónicas en 1813 y reabierto en 1819. También tuvo el honor de inaugurar en 2004 las Rutas de los Cementerios. En Sant Jordi, además, reabrirá la capilla restaurada con una velada literaria-musical abierta al público.

Me cuenta Jordi Valmaña, el director general de Cementiris de Barcelona, que desde 2007 no se ejecuta ninguna orden de desahucio en el cementerio de Montjuïc –en este país, ya ven, se respeta más a los muertos que a los vivos-. También me explica que esto del nicho con vistas al mar va perdiendo interés: las incineraciones han aumentado un 44%. Saquen sus propias conclusiones de cómo se vive y cómo se muere.

El tema musical que hoy les adjunto tiene poco que ver con las melodías que escucharán en estas rutas –solemnes, sobrias, clásicas e interpretadas en directo-.  Habla de las primeras veces, que hay que tomarse tan en serio como las últimas y lo hace con la misma sana autenticidad ingenua que los versos de Wordsworth con los que he abierto y que escuché por primera vez de los labios de Natalie Wood en la espléndida y melodramática Esplendor en la hierba.  Y es que, por si James Bond anda equivocado y no se vive dos veces sino una, que dirían Azúcar Moreno, vale la pena hacerlo siempre como si fuera la primera. Collige virgo rosas…

El detalle de todas las actividades aquí: http://www.cbsa.es/rutesculturals.asp

La canción:

Jackie DeShannon, Splendor in the Grass

Spotify

Youtube

Goear

 

Natalie Wood en Esplendor en la hierba http://www.youtube.com/watch?v=lWbd8uOsbBE