La especulación financiera como amenaza ambiental

Alberto Fraguas
Observatorio de Ecología Política. Attac Madrid

El capitalismo, y muy en particular su representación paradigmática que es el neoliberalismo, es el gran responsable de la crisis sistémica que aún padecemos y genera una suerte de mecanismos ambientales de autodefensa que, lógicamente, tienen que ver esencialmente con su propia supervivencia y por tanto con la salvaguardia de un modelo que por principio fundamental considera que los recursos naturales son en magnitud, infinitos (falacia en sí misma) o en todo caso, en su versión “más verde”, que es su uso lo que es casi infinito pues pueden articularse sistemas cíclicos de reciclaje y regeneración. Esta última visión casi dominante en el mundo empresarial hoy en día, es también falsa pues pretende que todo se restituye a su punto de partida olvidando los procesos de degradación a que se somete al sistema ecológico global (procesos entrópicos por definición en términos termodinámicos).

Bajo esta perspectiva del “todo vale”, que hoy se va consolidando como “capitalismo verde” afloran estos anticuerpos de autodefensa (según denominación de R. Keucheyan) no solo para amortiguar supuestamente los devastadores efectos ambientales del modelo neoliberal sino, en la manifestación de su rostro más cínico, sacar provecho al problema … por el mismo actor que lo causó: el sacrosanto Mercado.

Estos mecanismos tienen que ver con los Seguros y los Productos financieros aplicados al Medio Ambiente y realmente son muy variados aunque vinculados en su gran mayoría con el Cambio Climático.

terra-planeta-foc-canvi-climatic-_257895191El mismo Mercado de Carbono generado en origen por el Protocolo de Kyoto en un proceso que hoy mueve unos 150.000 millones de dólares y supone un mecanismo especulativo donde ilusoriamente se pretende que el mercado corrija los déficits que ha generado él mismo, con el lógico resultado de que el CO2, causante del calentamiento global, no solo no se ha reducido sino que se ha incrementado a nivel mundial y con él, el negocio empresarial añadido, con independencia de que los efectos del Cambio Climático los sufran millones de personas, fundamentalmente los países menos desarrollados que menos responsabilidad tienen en la causa del problema.

Los Seguros siempre han estado en el corazón del capitalismo como dispositivos de protección de inversiones pero hay otros y muy variados “productos”. Así los mercados financieros crean supuestos “activos”, bonos o créditos que generan derechos de propiedad (con independencia de que los bienes naturales son bienes comunes) que crecen en valor proporcionalmente a la escasez de los bienes naturales, incentivando así la destrucción ambiental. Por ejemplo, los seguros climáticos o bonos “catástrofe” o “bonos cat” (sí, se llaman así) cubren desastres naturales (un mercado de casi 40.000 M$ en los últimos cinco años) ligados a huracanes, maremotos, tifones, etc… son lanzados por aseguradoras o reaseguradoras para trasladar el riesgo que asumen. El mecanismo es el habitual: las empresas de seguros venden, los bonos para ayudar a cubrir potenciales reclamaciones de indemnización debidas a estos desastres naturales muchos de ellos (en realidad casi todos) ligados al cambio climático. Indirectamente se erosiona la funcionalidad del Estado y su función regulatoria, que es quien debe ser el garante del bien común medido en el uso adecuado de los recursos naturales, en pro de un sector; el de los Seguros, una indirecta privatización de la naturaleza.

En los últimos años incluso la Biodiversidad es también objeto de una mercantilización, un tanto imprecisa aún pero que va tomando rostro en algunos países carentes de la necesaria regulación. Así los “Bancos” de conservación o de hábitats, el propio concepto de “capital natural” (la terminología neoliberal cala en la sociedad) o las reforestaciones como sumideros de CO2, pueden generar “créditos” o bonos intercambiables también en el mercado financiero perpetuando el problema de desaparición de especies animales y vegetales que afecta directamente a nuestra calidad de vida.

La realidad es que a más capitalismo, mayor probabilidad de desastres naturales por la desregulación que conlleva (el TTIP y el CETA son buenos ejemplos), incrementando incluso posibles riesgos fiscales en los Estados, pues cuando los costes de corrección de los efectos ambientales son excesivamente caros para la cuenta de resultados de las empresas, estas transfieren el costo al Estado. Es la lógica misma de este sistema: socialización de los costos, privatización de las ganancias.

La paradoja de todo esto es que a efectos de contabilidad nacional y de Producto Interior Bruto (PIB), no hay repercusión negativa pues las grandes catástrofes sanitarias y/o ambientales que le cuestan cientos de miles de millones de euros a la colectividad, no se contabilizan como tales sino como aportaciones de riqueza en la medida en que generan actividades económicas (su resolución) que se expresan en dinero; todo ello gracias a la singular alquimia de nuestros sistemas de contabilidad (PIB), que miden mal la realidad de un país.

La financiarización de la naturaleza, pues, no solo no resuelve los problemas sino que los incentiva, los recrea, en su lógica de rentabilización de inversiones especulativas favoreciendo así a los generadores de los efectos ambientales. Por mucho capitalismo “verde” o de “rostro humano” que se nos quiera vender la realidad es que el problema en sí es el capitalismo. No valen adjetivos.