España, país de impunidad

Escuchamos los relatos de Chato, Felisa y Lidia, víctimas de las torturas de Billy el Niño.

Conchi Cejudo
Periodista
A vivir que son dos días

Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, “era el funcionario ideal de la Brigada Político Social del Régimen franquista. Era un torturador compulsivo que disfrutaba haciendo daño” dice Chato. “Lo mostraba con su media sonrisa, que era risa, mientras sus ojos se salían de las órbitas” afirma Lidia. “Su aliento, que apestaba a alcohol, lo sentíamos especialmente cerca las mujeres. Era su manera de imponerse” narra Felisa.

Varían los matices pero, en los relatos de estas tres víctimas de tortura, hay un recuerdo muy vivo, demasiado reciente de Billy el Niño. Han pasado cuarenta años pero, para ellos, y para tantos otros, sigue resultando difícil y doloroso recordar los días que pasaron detenidos en la Dirección General de Seguridad, conocida como DGS.

José María Galante, Chato, era un joven estudiante de Telecomunicaciones de apenas veinte años cuando fue detenido, hasta en cuatro ocasiones, en Madrid. Formaba parte del Sindicato Democrático de Estudiantes y más tarde se uniría a la Liga Comunista Revolucionaria. “Al régimen se le abrían las costuras”, sin embargo, todavía faltaban años para que llegara la democracia y, su forma de pedir cambios en este país, le haría pasar casi cinco años en las prisiones de Carabanchel, Zaragoza, Segovia, Zamora e incluso Segovia, donde protagonizó dos intentos de fuga.

Ha pasado el tiempo pero él se sigue despertando empapado en sudor por las noches. Las pesadillas de las torturas que sufrió en los sótanos del edificio que alberga el reloj de la Puerta del Sol, son constantes. El relato de lo que allí vivió ayuda a comprender por qué. En una de las detenciones pasó 11 días en la DGS y, desde que entró, supo que había entrado “en el reino de irás y no volverás”. Allí supo qué eran la bañera o la barra, dos de las prácticas habituales de tortura. “Te colgaban desnudo en una barra y te golpeaban en los genitales, en el estómago, en las piernas hasta que te dolía hasta el aire que respirabas. Llega un momento en el que deseas morirte pero al mirar a tus torturadores te salva pensar que eres el único ser humano que está en aquella sala”. Uno de aquellos torturadores ha quedado clavado en su memoria. “Una de las veces que Billy el Niño me abrió la cabeza con la culata de la pistola con la que le gustaba jugar me dijo: ahora ya puedes ir diciendo por ahí que yo te he abierto la cabeza”. Cuando le recogieron del suelo y le lanzaron en la parte trasera de un furgón vestido con un mono empapado en vómito y sangre, él no podía sostenerse en pie. Pensó que iban a matarle. Ya habían asesinado a varios de sus amigos así que temió lo peor. Sin embargo, “cuando vi que entraba más gente en el furgón me entró un ataque de risa tremendo. Aquello significaba que seguiría con vida. Nos llevaban a la cárcel”.

Chato, Felisa y Lidia con Javier del Pino / Conchi Cejudo

Felisa Echegoyen también terminó en prisión pero no sin antes conocer a Billy el Niño. Él mismo fue a detenerle a su casa, en el barrio madrileño de Lavapiés. Antes de que llegara consiguió quemar todos los documentos que la relacionaban con la Liga Comunista Revolucionaria pero, “a aquellos miembros de la Brigada Político Social les cabreó no encontrar “la vietnamita”, como se conocía entonces a la multicopista con la que se preparaba la propaganda. Me golpearon frente a la ventana y me amenazaron con lanzarme al vacío”. Con los demás compañeros, Felisa se había preparado para soportar la tortura en el caso de que algún día fuera detenida pero fue, en aquel instante, “cuando Billy me ahogó el grito con un pañuelo en mi casa”, cuando imaginó lo que viviría en los próximos días. También conoció los sótanos de la DGS recubiertos de azulejos amarillentos manchados de la sangre de otra gente torturada, también fue golpeada hasta perder el aliento y hasta entrar en shock. Apenas lo ha contado en dos ocasiones y se le quiebra la voz al narrar tres días que han marcado para siempre la vida de aquella joven de 26 años que luchaba a finales de los 70 por cambiar el país en que vivía.

La abogada Lidia Falcón abanderaba por entonces la lucha feminista en España. Su relación con el Partido Comunista hizo que la detuvieran hasta en siete ocasiones. Una de ellas, fue arrestada junto a sus dos hijos y su pareja. Días antes se había producido el primer atentado de ETA que dejó víctimas civiles en España. “Cuando llegué a Madrid después de viajar detenida toda la noche desde Barcelona y vi la Cafetería Rolando destrozada imaginé que me iban a relacionar con aquello”. No consiguieron encontrar ninguna prueba de que ella tuviera relación con aquel atentado pero, durante nueve días, en pleno Estado de Excepción, supo que la brutalidad que se vivía en Vía Laietana en Barcelona no era muy original. En la Puerta del Sol de Madrid pasaba lo mismo. Eso sí, el protagonista de la violación de los derechos más elementales de un detenido era allí Billy el Niño. “Cuando me golpeaba en el vientre me decía: ¡Puta, así no parirás más! Lo soporte como pude pero mi gran preocupación era mi hija. Estaba en un lugar donde se violaba a las mujeres y uno de los policías me dijo nada más entrar en la DGS: Tu hija está en los calabozos. Allí puede encontrar novio”. A su hija no le pasó nada pero a ella sí. Tras nueve días de tortura fue directamente a la enfermería de la prisión.

Chato, Felisa y Lidia tienen hoy secuelas psicológicas y físicas de lo que vivieron. Chato nunca más volvería a correr como antes. Lidia ha pasado en varias ocasiones por quirófano para ser operada de lesiones que llevan la firma de Billy el Niño, pero sus relatos no han servido para que, por ahora, quien fuera condecorado por sus superiores, entre ellos, Rodolfo Martín Villa, ex ministro de Gobernación, haya pagado por sus delitos, por haber marcado para siempre la vida de muchas personas. Quienes luchan contra sus fantasmas y continúan relatando lo que vivieron para que el pasado no se olvide, quienes luchan contra la impunidad, han abierto esta nueva semana un nuevo camino. Con la Coordinadora estatal de apoyo a la Querella Argentina contra crímenes del franquismo, Luis Suárez-Carreño ha presentado una querella contra Billy el Niño a la que pronto se sumaran otros, entre ellas las de Chato y Felisa. Las firme quien las firme, todas esas rendijas judiciales tienen un denominador común, hablan de una de las páginas más oscuras de la historia de España pero, como dice Chato, “hay que leerla para que este deje de ser un país de impunidad y porque solo así seremos una sociedad plenamente democrática”.

 

Foto de portada: ‘Billy el Niño’, exinspector de la policía de Franco. Foto: EFE

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