Un viaje circular a Can Cervera

ESPACIOS URBANOS AMENAZADOS (1)

Aqüeducte i horts Can Cervera (Foto S. Garcia)
Acueducto y huertos de Can Cervera. Foto: S. García

Sergi Garcia
www.asgalanthus.org

Se lee en la prensa: la población de osos cantábricos ha aumentado. Noticia excelente. No se lee, sin embargo, en ninguna parte, pero se echa de ver con solo darse una vuelta por los límites, esto otro: todos los espacios libres no urbanizados de la conurbación de Barcelona y de la misma Barcelona que milagrosamente han sobrevivido a la vorágine, siguen estando amenazados. Lo sospecho. Ni con la crisis desbocada, se evita la sensación de la amenaza latente, de la intención encriptada, que pesa sobre ellos; qué duda cabe, todos estos rincones acabarán siendo devorados por el monstruo de las plusvalías una vez sea reanimado y vitaminado. Se está trabajando en ello. España y Catalunya  son y en esto no hay diferencias, naciones en perpetua construcción.

Hoy el azar me ha llevado a Can Cervera, sus huertos y un acueducto, en Esplugues de Llobregat. Mansión, huertos y acueducto están rodeados por los cuatro costados de rondas, calles o bloques de pisos. Can Cervera es una masía señorial del s. XVIII, actualmente en estado de aparente abandono. Es un bien de interés cultural. De su torre he visto salir una hembra de cernícalo vulgar que ha inspeccionado en vuelo y en ocasiones cernida los huertos espontáneos que desde hace años se han ido instalando en el fondo del torrente de Can Clota, detrás del caserón. Pronto empezarán a criar los cernícalos, pequeños halcones que tienen su patria en estos ambientes. Por entre los huertos se puede transitar por una red de estrechas sendas, jalonadas de los inevitables somieres viejos y oxidados, convertidos en cerca, un clásico de los huertos furtivos. Cobertizos acabados o a medio hacer, armados con los más variopintos elementos, bidones y recipientes colmados de agua, paraíso de los mosquitos tigre, o rudimentarios espantapájaros, son consustanciales también. A pesar de toda la precariedad, las huertas están hermosas, empieza la floración y las cochambrosas cercas se van ocultando por afanosas trepadoras que, a tramos, ayudadas por el ramaje de algunos árboles, techan la senda por donde desciendo y la convierten en galería. Correhuelas, hiedras, madreselvas y las invasoras campsis, además de maquillar el feísmo de las cercas tipo Frankenstein, son excelentes soportes para que currucas, mirlos o verderones hagan su nido o busquen alimento. Se acerca la primavera, se conoce porque se oye el canto de estas avecillas (ojo, para lo que nosotros es canto para ellas es pugilato). En un recodo, me encuentro con dos campesinos urbanos, a quienes pregunto por el Canal de la Infanta, por los restos del canal, quiero decir, porque se me barrunta que no debe de andar lejos. No saben darme razón, de no ser que me refiera al río, que encontraré si sigo descendiendo. Un río, me asombro, un río que desconocía, un río recóndito ¿estoy en Esplugues, en el límite con l’Hospitalet o adónde he ido? Me olvido del Canal de la Infanta, uno de los paisajes del agua borrados, finiquitados por el desarrollo urbano. Continúo con renovado interés, no puedo por menos de recordar aquellos versos de Garcilaso

En la ribera verde y deleitosa
del sacro Tormes, dulce y claro río,
hay una vega grande y espaciosa

y, en efecto, llego a un arroyuelo. Demasiado optimismo, las aguas que se deslizan por él son grises y pestilentes, de cloaca. Qué decepción. Es el torrente de Can Clota, hubo de tener momentos mejores, desde luego, podría mejorar, si se quisiera. Vuelvo a ascender para encontrarme con el cauce del acueducto, que actualmente hace las veces de puente y que antaño se construyó para salvar el desnivel de la hondonada. Llevaba agua al Baix Llobregat que traía de una de las cimas más meridionales de Collserola, la de Sant Pere Martir, también conocida como Puig d’Ossa, o sea de la osa (había osos, había agua oh!); veo a un paseante que pasa de parte a parte, como un funambulista, por el pretil del acueducto. Veo por qué no lo hace por el seno del cauce, que sería lo más indicado y prudente: las lluvias lo han encharcado y lo han hecho intransitable. Por poco tiempo y un poco, el acueducto vuelve a ser un acueducto. Es una magnífica estructura de obra vista con arcos rebajados construida en el tercer cuarto del s. XIX. Entre las ranuras que dejan los ladrillos se deben de ocultar murciélagos, los encargados de los mosquitos y lagartijas y salamanquesas, las encargadas de alentar dañinas y malévolas travesuras a los niños, por lo menos a los de antes.

Acabo, en un trayecto que ha sido en círculo, en Can Cervera. Cuando todo vuelva a su sitio, el caserón se convertirá en un centro cívico, en los huertos crecerán edificios con toda la batería de medidas ecológicas imaginables de ahorro, de materiales reciclables, de orientaciones bioclimáticas, se harán 4 jardines con parterres y se plantarán 10 arbolitos, se tapará el torrente, se dejará el acueducto, porque está protegido, y todos tan contentos. El número de osos cantábricos seguirá aumentando, pero hasta cierto punto.

 

2 pensaments a “Un viaje circular a Can Cervera”

  1. Contra Can Cervera ja fa temps que hi treballen, ja l’últim ajuntament falangista va planificar carregar-s’ho i el van aturar els veïns per mitjà de les comissions d’urbanisme que havien aparegut de la mà del PSUC clandestí. D’aquell alcalde falangista, José Catalá, hem passat a un ajuntament democràtic que té com a primer tinent d’alcalde l’Enric Giner, deixeble de Catalá, que des de l’ombra ha anat fent allò que els veïns van aturar. Reviseu tots els plans parcials que s’han perpretat i que han esborrat els pocs racons verds d’Esplugues. Un home hàbil el Giner, mà dreta de tots els alcaldes d’Esplugues des de els anys 70…

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