Escoltas y sirvientes

José María Mena
Jurista. Ex fiscal jefe de Catalunya

Un político de tiempos de la transición fue designado para un alto cargo del gobierno, con su coche oficial y sus escoltas. Como estaba muy atareado con su nueva ocupación, ordenó a un escolta que le hiciera un encargo particular. El escolta, muy respetuoso, le dijo que eso no entraba en sus funciones profesionales. Que su misión era protegerle de eventuales agresiones, y que, por lo tanto, no podía distraerse con otros cometidos. El político, entre sorprendido y avergonzado, agradeció al policía la lección.

El contable Marco Antonio Tejeiro
El contable Marco Antonio Tejeiro

En el juicio de Mallorca por el caso Nóos, o caso Urdangarín, el fiscal preguntaba al contable, testigo “arrepentido”, si la Infanta le había dado alguna factura o no. El testigo contestó que no, que ella solo había ido una vez a la sede de la empresa. Pero luego dijo que enviaba facturas de gastos domésticos, entre los que figuraban las de un viaje de toda la familia a Brasil, total, pequeñas cosas…, que, pese a ser gastos domésticos, corrían a cargo de Nóos. Esa es la sustracción que se imputa a Urdangarín, entre otros delitos.

Pero ahora no quiero referirme a esto, sino resaltar que la Infanta no se había molestado en ir nunca a la sede de la empresa, sencillamente, porque mandaba a los escoltas. Si era capaz de encargarles ir y venir con las facturas con que se consumaba la sustracción, cabe sospechar, fundadamente, qué otros encargos cotidianos ordenaría a los escoltas. A diferencia de aquel político que aprendió la lección de su escolta, ella, hija del rey de España, no tenía nada que aprender. Había nacido así, rodeada de empleados públicos que le hacían los recados. Y a su marido, al parecer, ningún escolta se atrevió a darle la lección que recibió el político de la transición. Más bien aprendió lo que se usaba en casa del suegro.

Los funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía adscritos a la unidad encargada de la protección personal de los integrantes de la Casa Real, con preparación especializada para el ejercicio específico de esa función, eran utilizados para una actividad de empleados domésticos, para hacerle recados privados a la señora. Nadie se ha escandalizado por esta malversación del servicio público policial, como si se asumiera que unos miembros de la Policía Nacional pudieran degradarse a la condición de criados de la familia Urdangarín. Como si la autoridad, el mando o la jerarquía llevaran naturalmente aparejada la disponibilidad práctica ilimitada de los instrumentos materiales y personales con los que se desempeña la autoridad, el mando o la jerarquía. Se empieza tolerando socialmente que se convierta a los funcionarios en domésticos, luego se admite que se utilicen los vehículos oficiales fuera de las estrictas ocasiones de la función pública, y se acaba teniendo a los gastos domésticos como costes del cargo, de la función o del rango institucional. La tolerancia social con los abusos del poder es como circular cuesta abajo sin frenos.

4 pensaments a “Escoltas y sirvientes”

  1. ¡Qué poco ha cambiado todo señor Mena! En los grises tiempos del franquismo, los oficiales del ejército designaban un recluta que debía hacer las funciones de “asistente”, era “su asistente”, desde un principio quedaba claro y que consistían más o menos en las de un empleado doméstico, incluso llevar los niños a colegio cada mañana, hacerle la compra a la señora y un largo etcétera. Ni que decir tiene que el “afortunado” recluta ni siquiera pisaba el cuartel. Historias, memoria….¡yo que sé!
    Gonçal Évole

  2. Como en La Lamentable no existe el botón “Like” me veo obligado a escribir este comentario. ¡Bravo!

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