La escalinata del 9-N

José María Mena
Jurista. Ex fiscal jefe de Cataluña

El episodio de la consulta catalana del 9-N fue llevado por el Gobierno central ante el Tribunal Constitucional. Su sentencia suspendió las actuaciones realizadas por las instituciones de la Generalitat que estuvieran vinculadas con la consulta. Una interpretación discutible de esta resolución dio lugar a la querella ordenada por la Fiscalía General del Estado a la Fiscalía Superior de Cataluña, después de que ésta había decidido no perseguir la consulta, en decisión unánime de su Junta. La orden de interponer la querella fue secundada por Manos Limpias. Hoy, 6 de Febrero, se celebra el juicio oral contra Mas, Ortega y Rigau, únicos responsables penales de aquellos hechos para los acusadores.

Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau llegan a la sede del TSJC acompañados del president Puigdemont y  el vicepreseident Oriol Junqueras. Fotos: ARA

Esta vez comparecen ante el juez unos gobernantes sin imputación de lucro ilícito. No son presuntos ladrones. Son políticos imputados por sus decisiones políticas, que los querellantes interpretan como desobediencia delictiva al Tribunal Constitucional. En este sentido, es razonable que el proceso tenga clara apariencia de juicio político, y como tal sea considerado. Por ello es inevitable que genere reacciones políticas excesivas, apasionadas o instrumentalizadas. Reaccionan ante la escalinata del tribunal cientos de políticos y miles de ciudadanos manifestando sus simpatías hacia los querellados y su contrariedad hacia el proceso.

Desde instancias institucionales, corporativas, y jurídicas discrepantes, se responde a todo ello con durísimos comunicados y comentarios de defensa de la independencia judicial, según ellos gravemente atacada. La disparidad de opiniones, incluso vehemente, es parte ordinaria y positiva de la convivencia democrática. Por eso ahora toca evitar los tremendismos, amainar las pasiones, recuperar la serenidad, el buen juicio, y procurar que, pese a todo, los jueces lo conserven.

Las actuaciones y las resoluciones de los jueces son siempre discutibles y deben estar, y están, en el punto de mira de la libertad de crítica jurídica, cívica y mediática. Los ciudadanos, por su parte, tienen derecho a expresar su opinión en la calle, pacífica y ordenadamente. Aunque en mayor número, su comportamiento es el mismo que en las numerosas ocasiones en las que también se manifiestan, por otros motivos o reivindicaciones, ante los juzgados, los tribunales y la Audiencia Nacional. Y ninguno de estos órganos judiciales se ha sentido nunca presionado ni afectado en su independencia.

Posiblemente lo que ha desagradado más a quienes critican la manifestación es el séquito de Mas, Ortega y Rigau, con el President de la Generalitat, la Presidenta del Parlament, Consellers y alcaldes, porque lo perciben como una voluntad de presión de los Poderes Ejecutivo y Legislativo de Cataluña sobre el Poder Judicial. Y qué duda cabe que la manifestación, como tal, tiene un componente de demostración de fuerza moral y política opuesta al juicio. Sin embargo, debe saberse que los jueces del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya son íntegros, sólidos, independientes, y es imposible que unas voces en la calle, por muchas que sean, o unos políticos en la escalinata, por muy altos que sean, puedan mover mínimamente sus reflexiones y razonamientos, sus criterios, sus juicios.

Por otra parte, debe considerarse que las decisiones políticas enjuiciadas fueron decididas colegiadamente y asumidas colectivamente. Todos los políticos del séquito de Mas eran componentes de las instituciones de la Generalitat que cooperaron en esa decisión, o la secundaron. Es su decisión política lo que se enjuicia. Es razonable que se sientan políticamente imputados, porque, políticamente, todos son partícipes necesarios en los hechos objeto de la querella. Su presencia implica, lo busquen o no, una colectiva autoacusación pública de coautoría política, jurídicamente irrelevante. Y también, una manifestación colectiva de discrepancia, indiscutiblemente lícita, contra la imputación penal de su decisión.

El tribunal, para unos y otros, es solamente un instrumento, arma de ataque o coraza defensiva. Los querellantes dispararon la querella contra Mas, pero en vez de herirle le obsequiaron con el valiosísimo regalo de la escalinata del Tribunal Superior, y con un día de gloria que no merece por las brumas de corrupción que le envuelven, y por su deplorable gestión política. A su vez, Mas y su comitiva, acorazándose con su exhibición en la escalinata, obsequian a los querellantes con un tribunal acorralado, con una difícil salida jurídica creíble. Las ostentosas demostraciones de fuerza política y cívica, contradictoriamente, implican una dificultad accesoria para absolver, sobreseer o archivar el caso. Debe recordarse que cuando el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco absolvió a Atutxa, Presidente del Parlamento Vaco, de una acusación por desobediencia, el Tribunal Supremo revocó la absolución y le condenó a la pena de inhabilitación. Si en el juicio de Mas, Ortega y Rigau, que tiene muchas semejanzas con el de Atutxa, el Tribunal Superior de Cataluña absolviera a los acusados, daría la impresión de que las presiones fueron eficaces, que el tribunal actuó por cobardía o sometimiento. Y la cosa no acabaría así, porque después vendría el Tribunal Supremo que probablemente mantendría su criterio del caso Atutxa, o sea, que casi seguro que condenaría. Y si condena ahora el Tribunal Superior de Cataluña, o más tarde el Supremo, se volverá a oír el argumento, malintencionado, torticero y tendencioso, de “la jugada indigna” de 1984. Evidentemente, ni unos ni otros desean un tribunal de justicia. Sólo buscan y esperan disponer de un instrumento favorable de resolución de su problema político, por incapacidad, incompetencia o nula voluntad para agotar vías políticas de solución.

4 pensaments a “La escalinata del 9-N”

  1. Totalment d’acord amb el comentari i , per tant, l’anàlisi de Miquel. Hi afegiria les consideracions següents:

    Catalunya és un país on el seu Parlament aprova cobrar un impost als bancs per a grans fortunes i el Tribunal Constitucional ho tomba.

    ….és un país on el seu Parlament aprova protegir els ciutadans que han estat estafats per hipoteques o preferents i el TC. ho tomba

    ….un país on el seu Parlament aprova garantir que les famílies pobres tinguin llum, aigua i gas els mesos d’hivern i el T. C. ho tomba.

    …un país on el seu Parlament aprova cobrar un impost per cada pis buit i dedicar-lo a lloguer social i el T. C. ho tomba.

    …és un país on el seu Parlament aprova fer polítiques d’igualtat entre homes i dones i el T. C. ho tomba.

    … és un país on el seu Parlament aprova que el català és la llengua vehicular a l’escola i el T. C. ho tomba.

    … és un país on el seu Parlament aprova cobrar un impost a les centrals nuclears i destinar-ne l’import a la protecció ambiental i el T.C. ho tomba.

    …és un país on el seu Parlament aprova prohibir el fracking i el T.C. ho tomba.

    … és un país on el seu Parlament aprova cobrar una taxa a les operadores d’Internet per dedicar-lo a la cultura i el T. C ho tomba.

    …és un país on el seu Parlament aprova prohibir les corrides de toros i el T. C. ho tomba.

    La llista –que podria ser el triple de llarga- s’ha anat gestant amb anys.

    Hi falten les beques universitàries, les infraestructures ferroviàries, les matrícules als cotxes, els horaris comercials, i un centenar de competències més en les que se li ha deixat clar que, per més majories que hi hagi al Parlament, a l’hora de la veritat quedaran en paper mullat perquè la última paraula la té sempre Madrid.

    Després de 38 anys de Constitució i d’inici de la presumpta descentralització el llegat jurídic ens deixa ben clar el modus operandi: es traspassa la competència a la Comunitat Autònoma, s’exerceix, però si la llei no agrada a l’administració estatal, una de dos: o el Tribunal Constitucional la tomba o es redacta una llei espanyola que, tal com diu la Constitució, té un rang superior a l’autonòmica que, a la pràctica, queda anul•lada.

    I quan et preguntes si val la pena continuar amb un estat així, resulta que preguntar-t’ho també està prohibit. Com també està prohibit –i amb risc de presó- permetre fer un debat al Parlament sobre com podria ser un estat que no prohibís tant.

    Això també està prohibit.

    I així, de prohibició en prohibició, cada vegada hi ha més persones que enlloc de fer-se la pregunta prohibida comencen a tenir ja la resposta. Sense que ningú els ho hagi preguntat perquè està prohibit.

    I quan després d’una pregunta prohibida tens una resposta convençuda, llavors ja no hi ha tribunal que ho tombi.

  2. S’agraeix la ponderació però al darrera sempre hi ha la mateixa intencionalitat espanyolista: posar-nos a uns i altres en el mateix sac quan som en sacs ben diferents: uns volem el dret a decidir el nostre futur en llibertat i els altres volen mantenir la posició de privilegi i de sotmetiment de l’altre (nosaltres). A partir d’aquí… bla, bla bla…

  3. Crec que el seu article és força ponderat, sobretot, si considerem l’opinió histèrica, grollera, mentidear i manipuladora que es pot llegir en la major part de la premsa espanyola, tan provinciana d’altra banda, ja sigui en mitjans escrits o digitals.

    Ara bé, les seves paraules “le obsequiaron con el valiosísimo regalo de la escalinata del Tribunal Superior, y con un día de gloria que no merece por las brumas de corrupción que le envuelven, y por su deplorable gestión política” no segueixen , al meu parer, la línia de ponderació i objectivitat esmentada. Sobre la gestió política d’Artur Mas res a dir, cadascú té la seva opinió, i ben legítima. Ara, sobre l’al·lusió a les brumes de corrupció, caldria que un jurista com vostè distingís clarament entre la responsabilitat personal de l’ex-president, sobre la que no hi ha cap prova, ans el contrari (cal recordar les falses acusacions del 2012 i les del 2015?) i les sospites, amb molt més fonament, sobre el seu partit. Com vostè sap perfectament les responsabilitats són sempre personals, mai col·lectives.

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