Enrique, el botones

Vivimos dentro de una nube tóxica de monólogos narcisistas. Escuchar a Enrique, el botones del Ritz, es una práctica periodística.

Fabricio Caivano
Periodista

Escuchar es escrutar la memoria de la gente. Y dejar sorprenderse, a menudo, ante las cicatrices con las que la memoria nos revela nuestra historia personal, su arbitrariedad selectiva y, en ocasiones, también su incoherencia. Escuchar es la esencia del periodismo callejero, conversar y contarlo.

Pero hay normas: custodiar la palabra de los otros con empatía, acoger sus ideas sin enjuiciarlas desde la sólida atalaya de las nuestras. Vivimos dentro de una nube tóxica de monólogos narcisistas. Por eso dialogar es, según con quién, respirar aire limpio.

Ahí va un apunte.

Estación de Sants, inicio de la línea bus 27, cuatro de la tarde. Sube conmigo un anciano muy apersonado, más flaco que delgado, vestir severo, pero de una elegancia antigua y pulcra. Se sienta frente a mi. Tiene ganas de hablar, se le nota en la posición corporal, adelantando el tronco y con una expresión abierta, sonriente. De modo que eché el anzuelo con una frase tan tópica como eficaz: Vaya calor, no ?, le dije.

–Mucho, pero qué quiere que le diga, yo lo aguanto bien, con el frío no puedo…

Hizo una pausa bien medida y añadió:

–A pesar de mi edad.

La pregunta era obligada:

–¿Qué edad tiene usted?

–Noventa y siete. Me llamo Enrique.

–Se conserva usted muy bien.

Y ahí empezó una jugosa conservación que duró nueve paradas. Yo preguntaba y él contestaba en un castellano pulido, con algunas expresiones y giros coloquiales en catalán.

Nació en 1920 , en un pueblo de Tarragona (creí entender que Benifallet). Le gustaba mucho ir a la escuela pero fue solo cuatro años. Su padres, necesidad obliga, lo mandó a Barcelona con 13 años, a buscarse otra vida. Su hermana mayor murió de tuberculosis a los nueve años. Su padre era jornalero agrícola, republicano moderado, buen lector y mejor cantante de jotas. Pocos años mas tarde desapareció en el frente del Ebro. No sabe dónde está enterrado.

–Estará en una de esas fosa comunes o en una cuneta…Como un perro. Fue un buen padre.

Hotel Ritz de Barcelona

Al poco de llegar a Barcelona Enrique entró pronto a trabajar de botones en el hotel Ritz. Pronunció el nombre del mítico hotel de lujo con reverencia. Con su uniforme verde inglés con ribetes dorados, se afilió a la UGT, mayoritaria en el sector, y continuó en el Ritz hasta el final de la guerra. Cuando acabó la guerra aceptó un traslado al Ritz de París, que sufrió más tarde la ocupación alemana.

Muertos causados por el bombardeo fascista sobre Barcelona, en 1938

En su tiempo libre colaboró con la Cruz Roja –otra reverencia verbal– donde cumplió la mili de camillero y, como tal, estuvo de servicio cuando los bombardeos de los aviadores fascistas italianos sobre el ensanche barcelonés.

–¿Vaya experiencia debía ser, no?

Cogió carrerilla:

–Bueno… Los muertos no impresionan, están quietos, como muñecos rotos. Pero los vivos, esos sí que daban pena, como una opresión en el pecho que me duraba días. Los muertos los amontonábamos en una vieja ambulancia encharcada de sangre que llamábamos “la nevera”.

–Lo más duro era ayudar a los que aún estaban vivos: los sacábamos de entre los escombros, gritaban de dolor, preguntaban por sus familiares y lloraban diciendo que se iban a morir. Yo era muy joven… El cabo me enseñó que si les dabas la mano parecía que se calmaban, que se les mitigaba la angustia. No dejaban de apretártela con fuerza. Había niños pequeños. Terrible, oiga. A algunos los fui a visitar luego en el Clínico y hasta me cogieron cariño.

Se queda pensativo y, como pasando página, me cuenta que al acabar la guerra se marchó a trabajar al extranjero, siempre de botones y en grandes hoteles europeos: después de París, Berlín, luego Londres, Roma…Más de treinta años.

–Hice buena carrera y llegué a ser ayudante de recepción. Era joven y me gustaba mi trabajo, hacerlo bien, con educación y esmero. Aprendí lo que se llamaba antes urbanidad, buenos modos, idiomas, saber estar en tu sitio… Y me daban buenas propinas. En Berlín estuve más de siete años …¡eso si que era pasar frío¡

–¿Cuántos idiomas habla usted, don Enrique?

–El alemán perfecto; inglés y francés muy bien; como el italiano. Me defiendo con el portugués y con el rumano que no son idiomas complicados… ¡Ah¡, claro, y el catalán que mamé en mi casa.

–¿Cuándo volvió usted a Barcelona?

–No recuerdo el año… debería ser a primeros de los setenta. Mi mujer estaba enferma y al poco de llegar murió la pobre.

Calla, mira por la ventanilla el tráfico de la plaza de Lesseps. Mi parada hace rato que pasó.

–Seguía mandando Franco. Le llamaban el generalísimo. Nunca nos quiso a los catalanes, era un dictador…

Me mira a los ojos y, decidido, afirma:

–Pero a mi me lo dio todo…

Puse cara de sorpresa:

–¿Qué quiere decir con todo, don Enrique ?

–Pues todo. Todo: trabajo, un piso y muchos años de ir tirando dignamente. Hace tiempo que soy viudo, no tuvimos hijos y cobro una buena pensión para estos tiempos… No me quejo. Pero, ahora, ahora….

Se frota las manos, atropella las palabras:

–Ahora está todo patas arriba, se meten en política para engañarnos, llevarse el dinero y hacerse ricos. Primero prometen y luego meten la mano en la caja. Han robado todos, los de aquí y los de allá, y los pobres cada vez más pobres y ellos nada….No puede ser. No hay justicia, ha vuelto el hambre y crece ese odio antiguo, como el de entonces.

Y sentencia en catalán:

-–Tenim una mala peça al teler… Han dicho en la tele que quieren sacar a Franco de su tumba y, y…

Calla, respira con afán y me mira a los ojos:

–Los muertos se merecen respeto, todos. Están muertos. Entiéndame: Franco era un dictador, de acuerdo, estaba contra la democracia, de acuerdo.

Baja la cabeza:

–Pero eso… eso no se hace… Mi padre, el pobre… Yo no sé donde están los restos de mi padre. Los muertos están muertos, hay que dejarlos tranquilos señor. Que descansen en paz como dicen los curas en los entierros.

Habla sin vehemencia, bajito, como contándoselo a sí mismo, con una melancolía íntima, derrotada.

Echa un vistazo al exterior:

–Me bajo en la próxima… Gracias señor, ha sido un placer hablar con usted. Adéu.

–Para mí también lo ha sido, don Enrique.

Se levantó sin dificultad, trastabillando avanzó hasta la salida y bajó en la parada del Parc Rovira i Virgili.

Tenía que haber bajado con él pero lo pensé tarde. Me quedé con ganas de preguntarle más, de continuar hablando con ese conversador anónimo y amistoso. Estuve lento; cosas de la edad.

Desde la acera me saludó llevándose despacio la mano a la frente y esbozando una sonrisa abatida. Por la ventana se alejó la figura, frágil, menuda, de Enrique el botones.

 

4 pensaments a “Enrique, el botones”

  1. Me encantaría encontrarme un día, frente a frente en un autobús, con Fabricio Caivano.
    Le diría: Vaya calor, no?

  2. Franquisme versus democràcia franquista? D’això va l’article? Certament, l’espanyolisme constructiu accepta “l’accent” local sempre que sigui domèstic i inofensiu per discutir la primacia a la llengua del seu estat. En resum, Madrid i tot el que és castellà-andalús són “l’universal”, i la resta, “el particular”. La cort és “cosmopolita” i fora d’allà hi ha el que és “local”. La cort, aquesta fantasmagoria, és la seva realitat. Aquesta tendència la van expressar des de la segona restauració de la monarquia borbònica el PSOE i el grup Prisa, però es va actualitzar amb Podem i la seva escenografia castissa a la Puerta del Sol, amb la cervesa Mahou a la mà.
    Quan un es fa gran es torna conservador, fins i tot, pot enyorar el sistema franquista i tornar-se, sense adonar-se, molt i molt reaccionari. Vigili!

  3. Quina és la conclusió que ens ofereix aquest article? Què és millor l’agraïment cap al règim franquista per part d’un nonagenari que certs monòlegs narcisistes? Però a què es refereix amb aquest tipus de monòlegs? Potser a la determinació per fer front al maltractament material, cultural i lingüístic del poble de Catalunya, amb una revolució democràtica, pacífica, no sotmesa als interessos d’una sola classe social, sinó profundament transversal i que s’expressa amb diverses llengües?

    Quan un s’ha passat tota la vida somiant amb una revolució violenta, comandada pel proletariat, -perquè així li havien ensenyat que era la única manera d’introduir canvis significatius en la manera de fer funcionar el món-, però que, en canvi, no arribava mai i a més no comprometia a res, ni posava en risc el patrimoni ni el rol social, és possible que quan li passi per davant una revolta real, és a dir, imperfecta, no la sàpiga reconèixer.

    Però, deslliurar-se de la monarquia encarnada per Felip VI, “El Preparao”, de les elits que practiquen exclusivament el capitalisme “d’amiguets”, d’una política clientelar, d’una corrupció estructural, d’una acceptació acrítica de les desigualtats creixents i cada cop més brutals, de negar un futur digne a les noves generacions, que no sigui fer de cambrers ? ¿això no és alguna cosa que val la pena? ¿No és la única revolta que hi ha a curt i mitjà termini? O és que encara creu en utòpiques i “fraternals” revolucions que només refermen l’”statu quo” i que només ajornen els canvis profunds “ad calendas graecas”, però que sostenen al nou “Trio de les Azores” (Felipe González, Aznar i Zapatero), aparentment tant llunyans políticament… ?

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