Ells i elles

Por Maria Eugenia Ibáñez

Mariano Meseguer

Por Maria Eugenia Ibáñez

 

Mariano Meseguer

“Os dejo en paz”. Era ordenado y meticuloso, así que, cuando pudo hacerlo, eligió esta escueta despedida y un breve texto inserto en el recordatorio que recibirían los asistentes a su funeral, lo que ocurrió el pasado 16 de octubre. Mariano Meseguer no había sido hombre de muchas palabras, por lo que no puede extrañar que su adiós fuera lacónico y el texto en cuestión un ejemplo de lo que había sido su comportamiento humano y su activismo vecinal. En el papel que nos dejó a todos a modo de testamento recordaba la dimisión del último concejal franquista de Sarrià, el vacío de poder consiguiente, la actitud del sargento de la guardia municipal que se puso a sus órdenes por el mero hecho de representar a una entidad y las dudas que le rondaron sobre la conveniencia de convertirse en alcalde de su barrio durante dos o tres días, posibilidad que desestimó “no por trasnochados prejuicios éticos o morales, sino porque sabía con certeza que en la caja no había ni un céntimo”. Original despedida la de este hombre que ya forma parte de esa historia de Barcelona hecha a golpe de constancia, en excesivas ocasiones de enfrentamientos con la administración municipal de turno, de persistencia en la defensa de un modelo de ciudad que tuviera en cuenta las necesidades de sus vecinos.
Mariano nació en Barcelona en 1927, hijo de un albañil que emigró desde su Calaceite natal en búsqueda de trabajo, y en este pueblo de Teruel pasó la guerra civil con sus abuelos para regresar en 1940. Se doctoró en arquitectura y en 1964 se instaló en Sarrià, donde ha dejado un rastro intangible pero perdurable entre sus vecinos, en plazas, zonas verdes y rincones por los que ofreció lo mejor de si mismo. Se involucró en el recurso contra las recalificación de los terrenos de los laboratorios Sandoz, del estadio del RCD Espanyol, de Piscinas y Deportes; se sumó a vecinos y técnicos para lograr el uso público de la finca y jardines de Villa Cecilia, hoy centro cívico de Sarrià, y participó en la reforma de Can Carralleu para evitar la transformación especulativa de un barrio hasta entonces marginado y olvidado. Meseguer dejó también sus huellas en le Colegio de Arquitectos, en la Federación de Asociaciones de Vecinos (FAVB), en el barrio de La Mina, donde realizó el proyecto de un instituto, y aportó conocimientos y tenacidad en pequeñas y grandes luchas ciudadanas llamadas a diluirse frente a la burocracia municipal o la prepotencia del poderoso. Rechazó convertirse en el arquitecto firmante de constructores que le buscaron para dar prestigio a proyectos que querían mangonear, y se enfrentó compañeros de profesión o de vecindad cuando los intereses de la ciudad se sometían a la militancia política. Fue casi 15 años presidente de la Asociación de Vecinos de Sarrià, pero siempre fue “el presi” para la gente de su barrio. Una de sus últimas aportaciones a la historia de Barcelona fue la sugerencia para que la FAVB y su publicación, La Veu del Carrer, rindieran un homenaje especial a otro luchador, el periodista Josep Maria Huertas Claveria, fallecido en el 2007.
Nadie recuerda a Mariano Meseguer levantando la voz en reuniones ni asambleas. Sus armas fueron un humor sarcástico, el talento, sus frases lapidarias y una gran humildad. El jueves, 10 de octubre asistió a la fiesta mayor de su barrio y comió con sus convecinos la tradicional paella en la recoleta calle Canet. Murió cuatro días después. Barcelona, Sarrià, le echarán de menos.

Pepe Molina

El 30 de agosto de 1957, pasadas las 10 de la mañana, Pepe y su amigo Julianín, cogían caracoles en el descampado próximo al manicomio, en el cruce de los paseos de Pi i Molist y Verdúm. Se pararon en seco al escuchar unos ruidos para ellos extraños, petardos quizá, pensaron, al tiempo que veían que un hombre corría al otro lado de un pequeño muro construido para salvar el desnivel del terreno. El hombre cayó al suelo y los dos chavales se acercaron a él, vieron que estaba boca arriba y que vestía una camisa blanca empapada en sangre. Otro hombre se acercó dando gritos y los dos niños, horrorizados, optaron por huir hacia su casa. Días después, la prensa informaba de la muerte de un bandolero, de un asesino, pero pasado el tiempo, cuando ya Pepe había iniciado su particular lucha contra la dictadura, supo que aquel 30 de agosto él y su amigo habían sido testigos de la muerte de Josep Lluís Facerías, anarquista, miembro activo de las Juventudes Libertarias de Catalunya, detenido en varias ocasiones y finalmente asesinado a tiros por la policía franquista junto a un muro del paseo de Verdúm.
Pepe Molina, nacido en el barrio chabolista de La Perona en 1949, lider vecinal en su día, militante clandestino de CCOO y PSUC, hoy abogado, conservó en el silencio aquella historia de su niñez durante 50 años, hasta el 2007, cuando él y Julianín decidieron grabar un documental con aquel episodio de su niñez y sumarse así a la conmemoración del 50 aniversario de la muerte de Facerías, el Face, también Petronio. De recordar aquellas vivencias ha pasado a recuperar, poco a poco, su propia vida que ha trasladado de la memoria al papel, que se convirtió en libro que él mismo se ha editado, Detrás del muro, al que ha seguido un monólogo que ha teatralizado en dos ocasiones, siempre ante espectadores que de vez en cuando necesitan refrescar la memoria.
Pepe ha conseguido romper su silencio. A Facerías no le dejaron.

Maruja Ruiz

Nadie hasta el pasado lunes, 28 de noviembre, había tenido el santo coraje de dejar plantado al alcalde de Barcelona en un Saló del Consell de Cent vestido de gala, atravesar el pasillo ante la mirada estupefacta de los asistentes y cruzar de nuevo con la cabeza alta, muy alta, las puertas que poco antes se habían cerrado para dar inicio a una ceremonia que ella ya daba por terminada. Pero conociendo la trayectoria de Maruja Ruiz no extraña en absoluto que aquel lunes renunciara ala Medallade Honor de Barcelona concedida por el ayuntamiento a propuesta de las entidades de Prosperitat, en Nou Barris, y que lo hiciera con todo lujo de detalles y dejando a Xavier Trias con la palabra en la boca. Ni siquiera llegó a tocar la distinción, solo cogió el micro para decir a los presentes que, por coherencia, no podía aceptar una medalla que le iba a entregar un alcalde, miembro del partido que, desde el gobierno dela Generalitat, recortada en sanidad, enseñanza y equipamientos las mejoras por las que ella había luchado toda su vida.
No sé si Maruja (Guadix, Granada, 1936) nació con el gen de la rebeldía engastado en la médula o bien incorporó el inconformismo a su forma de vida a medida que descubría que la desigualdad, la injusticia y la falta de oportunidades impregnaban su entorno habitual. Llegó  Barcelona a los 13 años y en Nou Barris empezó su lucha por la mejora de una zona de la ciudad con calles sin pavimentar, sin plazas, sin árboles, sin equipamientos de ningún tipo. La lucha contra la dictadura empezó en Barcelona por la mejora de esos barrios y recuerdo a Maruja siempre presente en esas reivindicaciones puntuales que iban más allá de convertir un montón de casas en un barrio digno. Fue la fuente informativa de referencia para muchos de nosotros que aspirábamos a convertir el periodismo en un arma de lucha; fue la llamada que recibíamos cuando se trataba de hostigar al porciolismo con la excusa de una fuente que no manaba, o por un solar, o por un plan urbanístico especulativo. Y siguió en sus cuarteles contra un cinturón de ronda que querían convertir en autopista, o por la plaza de Ángel Pestaña, o por la llegada del metro a Nou Barris, y participó en la lucha de los trabajadores de Motor Ibérica y en el secuestro de un autobús que conducido por el mítico luchador Manuel Vital demostró que, efectivamente, al barrio de Torre Baró podía llegar el transporte público. Y muchas batallas más. Ahora se empeña en explicar a chicos y chicas de los institutoso que estamos todos dormidos, que ellos son la esperanza de la rebeldía y que no tienen derecho a pensar solo en si mismos. Y hace pocos días, Maruja se topó en un hospital con la nueva cara de la sanidad que los recortes dela Generalitatimponen, una realidad con  quirófanos cerrados y con intervenciones quirúrgicas pospuestas, con gente mayor con caderas rotas que no pueden ser operados y con viejitos que no tienen ambulancias a su disposición para regresar a casa. Y Maruja se preguntó cómo podía ella aceptar que un alcalde, corresponsable de esa situación, le impusiera una medalla de honor. Y se contentó que no, que no podía. Y se largó.

Nihad Talal al Hareni

No conozco a esta mujer. No la he visto nunca y es más que probable que nuestras vidas nunca se crucen. Pero sé que tiene 24 años, que es madre de tres hijos, que es palestina y que su hogar es una casa de plástico en la aldea de Emnaziel, en Cisjordania. Y también sé que Nihad y su familia sobreviven gracias a los quesos que esta mujer fabrica con la ayuda de unas placas solares y que el ejército israelí ha querido derribar porque los considera poco menos que un problema contra su seguridad.
Y sé todo eso porque la breve historia de esa mujer y de sus quesos apareció en El periódico y, en esta ocasión, y sin que para Israel sirva de precedente, por supuesto, la historia ha tenido un final casi feliz. Las placas solares se levantaron con la ayuda de la oenegé catalana Seba, con financiación de la Agencia Española de Cooperación Internacional, de lo que cabe deducir que no ha sido el respeto a los derechos humanos, sino la presión de la diplomacia lo que ha impedido su desaparición. Porque, en el fondo, el problema no son las placas, el verdadero peligro para el ejército israelí son los quesos que fabrica Nihad, convertidos en la supervivencia diaria de una familia palestina, y la esperanza es un grave peligro cuando se trata de ahogar al enemigo en la desesperación.
Nihad, de momento, podrá seguir trabajando, hasta que un día las placas solares se conviertan en el daño colateral de un ataque aéreo contra vaya usted saber qué. Los ejércitos, y algunos más que otros, nunca olvidan.

Un pensament a “Ells i elles”

  1. MªEugenia,
    ¿Te acuerdas de los bloques de Riera Marsá en Montornés del Valles? Creo que fue Maruja la que me llevó allí.Veo que aún resiste, y que tú tambien.
    Un abrazo des de los años 70.

    Isabel

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