Elecciones Reino Unido

Elecciones en el Reino Unido. Una campaña de errores

En las elecciones en el Reino Unido, Theresa May ha caído víctima de la post-política rajoyesca: en vez de dormir al electorado y convertir las elecciones en un trámite, se ha encontrado con una oposición que osa no contentarse con ser una versión descafeinada del orden conservador

Beñat Gurrutxaga Lerma
Fellow. Universidad de Cambridge

Al resplandor de los flashes de fotógrafos y periodistas, el 18 de Abril Theresa May decidió desdecirse, y anunció orgullosa que convocaba elecciones generales para el 9 de Junio. Sus razones podrían resumirse en ese eslogan, tan propio de Lady Macbeth, que May ha repetido hasta la saciedad desde entonces: ‘fortaleced mi mano’.

En efecto, con estas elecciones pretende apuntalar su posición política a la cabeza del gobierno británico en los dos grandes frentes que la han debilitado desde que se convirtió en Primera Ministra: la escueta mayoría que su partido tenía en el parlamento, con la consiguiente y constante amenaza de que alguna rebelión interna motivada por el Brexit la derrocara; y su propia falta de legitimidad democrática, tanto interna –por cuanto heredó el partido conservador por defecto, al ser la única candidata en pie antes de que se celebraran las primarias–, como externa –por cuanto hizo campaña en contra del Brexit, pero ahora ha de servírselo al pueblo británico.

Elecciones en Reino Unido
Jeremy Corbyn

Además, el momento no podía ser más halagüeño, pues la oposición está hecha trizas. El líder del laborismo británico, Jeremy Corbyn, es percibido como un izquierdista pusilánime y sin carisma, con tantos principios como poco instinto político, y con todos los gerifaltes de su partido en contra. El ultra-derechista y xenófobo UKIP, otrora amenaza del flanco derecho de los conservadores, está sumido en una crisis existencial desde que su objetivo último, ganar el referéndum del Brexit, se convirtiera en realidad. Los nacionalistas escoceses, con sus repetidas llamadas a un segundo referéndum independentista, no hacen sino avivar las llamas del nacionalismo inglés del que se nutre el partido conservador. La pérfida Unión Europea, con su insistencia en secuenciar a la griega las negociaciones del Brexit, y en hacer al Reino Unido pagar por abandonar la Unión, no hace sino ganar votos a los conservadores. No es de sorprender que el 18 de Abril las encuestas dieran a los Conservadores una ventaja de 20 puntos en intención de voto: son el único partido unido, y los únicos que lo tienen claro.

Eleccions en Reino Unido
Theresa May en el momento de tomarle el relevo a Cameron

May nunca ha sido particularmente popular. Como ministra del Interior en el gobierno David Cameron, se deshonró a sí misma prometiendo rebajar la inmigración al tiempo que ésta tomaba vuelo, y llegó a enviar furgones propagandísticos pidiendo a los inmigrantes ilegales que se entregaran para ser deportados. También fue la ministra de los disturbios de 2011, donde tardó dos días en reaccionar mientras los disturbios se extendían por Inglaterra, y luego los achacó a un cierto ‘oportunismo criminal’ (las explicaciones sociológicas que los conservadores británicos ofrecieron, que van desde la degeneración moral de la sociedad hasta el ocaso de la familia tradicional, son en sí mismas un testimonio sociológico de primer orden). Pese a su modesto e irregular desempeño, su fama como mujer dura y de ideas fijas la hizo popular en amplias capas del electorado inglés, sobre todo como bête noire del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo (que los británicos confunden con el de la UE en Luxemburgo): su prestigio se cimienta, de hecho, en haber afirmado (falsamente) que Estrasburgo no permitía deportar a un notorio predicador islamista porque su gato se quedaría abandonado sin dueño.

Una dama gris, autoritaria y con fama de testaruda y exigente, “una mujer rematadamente difícil”, a decir de su colega el conservador Ken Clarke. Una mujer carente de imaginación y de sentido del humor, pero extremadamente ambiciosa; graduada por Oxford y casada con un riquísimo banquero de inversión, pero humilde por ser hija de un vicario anglicano. En suma, unas manos seguras (a falta de la requerida fortaleza), casi matriarcales, y evocativas de una nueva Thatcher, en las que dejar el futuro de un país que se asoma al abismo del Brexit con una frivolidad terrorífica.

Con May a la cabeza, los conservadores más que una campaña electoral idearon una procesión triunfal, destinada a coronarla el 9 de junio. Por desgracia, más que un triunfo, la campaña se está convirtiendo en una pantomima: no va la cosa según lo esperado, y las humillaciones son ya demasiadas como para ignorarlas.

La primera y más extraordinaria decisión estratégica, que ya se barruntaba y es sintomática de lo que nos cabe esperar en los próximos años, fue la decisión tomada por May de no discutir el Brexit: puede que esté pidiendo al electorado que la elijan para negociar el Brexit, pero May se niega en redondo a explicar su posición al pueblo que la ha de elegir, porque según May ello revelaría sus cartas de cara a la negociación con Bruselas. Pero, asegura, “Bréxit significa Bréxit”. May desea “un acuerdo que funcione para Gran Bretaña’” y recuerda que, dura como el hierro, está “preparada para abandonar las negociaciones” porque “un mal acuerdo es peor que no tener acuerdo“. ¿A qué se refiere? ¿Qué es un mal acuerdo? Nadie lo sabe, pero para garantizar una negociación exitosa, el país necesita “un gobierno fuerte y estable”: el pueblo británico ha de “fortalecer su mano” –lo que los laboristas de Corbyn ofrecen es una “colación del caos” (con los nacionalistas escoceses y los liberal-demócratas, se entiende).

No se les puede culpar por no querer discutir el Brexit, porque coloca a May en una posición delicadísima, de la que ni un Gladstone saldría indemne. Por un lado, debe ofrecer al pueblo la sensación de que realmente se ha salido de la UE: el corte ha de ser limpio, claro, y rápido. No valen medias tintas como las opciones Suiza o Noruega, pues ello supondría aquiescer a la normativa comunitaria sin tener ni voz ni voto, y además pagar por ello. Absurdo. Ello inmediatamente aboca a tener que definir qué clase de relación se tendrá con la UE –la pretensión de que el país tiene margen y opciones para negociar es muy real dentro del Reino Unido–: ¿se aceptará la aborrecida libertad de movimiento? ¿Se tendrá que contribuir al presupuesto comunitario? ¿Se mantendrá el pasaporte bancario? ¿Estará el país sometido a los veredictos del aborrecido tribunal de Luxemburgo? El electorado de derechas no entendería ni aceptaría ese estar sin estar o híbridos y compromisos parecidos, y si May acabara por inclinarse por algo así, posiblemente destruiría a su propio partido en el proceso. Por otro lado, May se enfrenta a una mitad del país que no quería el Brexit, en mayor o menor medida: la oposición no lo tendrá claro, pero asustar a la mitad del electorado con el delirio del Brexit duro y el risible sueño de un Imperio Británico 2.0 no ayuda a la causa electoral. Además, May sabe que un Brexit duro significa el fin de toda ambición globalista que el Reino Unido todavía pueda albergar: la nación de tenderos se retiraría del mayor mercado mundial, y se pondría en manos de un Estados Unidos en repliegue, y un mundo en el que el peso de una nación de 60 millones cada vez importa menos. El consecuente shock económico es difícil de valorar, pues habría que establecer el contrafactual con el que compararlo – el consenso, no obstante, parece rondar la idea de que el Reino Unido dejará de crecer tanto como habría podido; de momento, hasta Italia crece más que el Reino Unido.

Elecciones en Reino Unido
Colbyn según el ‘Daily Mail’

Así que May decidió no discutir su posición sobre el Brexit, y como su coronación era fait accompli, dejó todo lo demás en un estado de absurda vaguedad, pues uno no puede romper las promesas que nunca hizo. ¿Qué ofrecen los tories al país? Presumiblemente, más austeridad. Y un gobierno fuerte y estable. Bréxit. Y un gobierno fuerte y estable. Quieren garantizar los servicios públicos. Y un gobierno fuerte y estable. Ningún detalle, una nube de vaguedades y peticiones de principio. Y un gobierno fuerte y estable. Y todo tan aburrido y repetitivo que poco a poco los conservadores han ido desapareciendo de las páginas de la prensa de extrema derecha que, como el Daily Mail o el Daily Telegraph, prefieren lanzar vitriólicas acusaciones a la campaña laborista que alabar a un partido conservador con tan poco que ofrecer.

“En este mundo lo único peor que se hable de ti es que no se diga nada”. Los laboristas dominan la campaña simplemente porque están venga a salir en la prensa y hacen propuestas. Corbyn ha hecho de su pusilanimidad una virtud, y se muestra siempre sereno y amable ante los embates de la prensa escrita británica, tan de derechas. Sale a la calle, habla con la gente, y lo que el partido laborista ofrece parece ser bastante popular: nacionalizar los detestados ferrocarriles, carísimos y siempre con retrasos y cancelaciones; incrementar la financiación del servicio de salud; subir impuestos sólo a los ricos; mejorar la educación y abolir las tasas universitarias; acabar con la política exterior basada en ser el perro faldero de Estados Unidos; una política de vivienda razonable. Todas ellas cosas muy populares, pero “que no nos podemos permitir”, según los conservadores.

Sea como fuere, los conservadores han perdido el compás. En el mejor de los casos, están a dar la réplica a los laboristas: que si quieren devolver el país a los años 70, que si sus números no cuadran. Pero mientras May repite eslóganes vacíos, los laboristas ofrecen concreción, políticas positivas, muchas quizás pasadas de moda, pero una visión de país completamente alternativa, con la que prometen mejorar la vida de la mayoría. Y lo que es más importante, han convertido la agenda doméstica en el principal foco de la campaña. Lo cual es inaudito: ¡el Reino Unido es el país que va a abandonar la Unión Europea el 29 de marzo de 2019, y se dedican a discutir la financiación de la sanidad! El Brexit, ni está ni se le espera. La inmigración, puntal de lanza conservador, se centra en la ridícula política de May de establecer cuotas arbitrarias –y como no puede prometer gran cosa, no la discute.

May se niega a participar en debates con otros políticos, y visita fábricas Potemkin, donde se rodea no de obreros sino de miembros de las agrupaciones conservadores locales. Ofrece entrevistas enlatadas, y se dice que exige que los periodistas que vayan a entrevistar a otros políticos conservadores le envíen las preguntas primero a ella, que al parecer ejerce de censor de su propio partido. Ni tan siquiera pudo usar su imagen de mujer dura y eficaz con el atentado de Manchester: fue ella misma quien recortó el presupuesto de los servicios de seguridad, y abanderó el bombardeo de Libia.

Elecciones en Reino Unido
Manifestación de jubilados contrarios al “impuesto de la demencia” propuesto por May

El ápice de la campaña se produjo cuando, a seguidas de la presentación del programa electoral laborista con bastante éxito, May presentó a bombo y platillo el programa conservador: lasciate ogni speranza, quien esperara concreción. Lo único en lo que todos se fijaron fue en el llamado “impuesto a la demencia”, por el cual los ancianos dependientes se verían obligados a contribuir a los costes de sus cuidados cediendo su casa y sus ahorros al estado. Un error estratégico de bulto: los jubilados son su granero electoral, y de repente ¡May les dice que no van a poder dejar su casa en herencia! El estruendo mediático fue tal, que al cabo de dos días May cedió a la presión y decidió retirar la propuesta que ella misma había puesto en el programa electoral.

Además de patético, esto ha destruido su imagen: ¿quién puede creerse la cantinela del gobierno fuerte y estable si May se desdice de su propio programa electoral a la primera señal de oposición mediática? En una vergonzante entrevista con Jeremy Paxman, donde hasta el público se rió de ella, éste la sentenció: “Si estuviera sentando en Bruselas y te mirara como la persona con la que tengo que negociar, pensaría que eres una fanfarrona que se derrumba a la primera señal de disparos.” May le regaló una mirada heladora, y frases entrecortadas.

Ante tanta inanidad, los 20 puntos de ventaja se han recortado a 10, o incluso 5. May, en definitiva, ha caído víctima de la post-política rajoyesca: en vez de dormir al electorado y convertir las elecciones en un trámite burocrático donde nada se discute, se ha encontrado con una oposición que osa no contentarse con ser una versión descafeinada del orden conservador, sino que ofrece un mensaje político totalmente alternativo. Ya ni importa si gana: si después de convocar estas elecciones por vanagloria no consigue ganar por goleada, May será sacrificada (y habrá tres primer ministros en un año).

Un pensament a “Elecciones en el Reino Unido. Una campaña de errores”

  1. Sugiero a los lectores de La Lamentable que no se pierdan este articulo. Leyéndolo, presten atención, por el final del artículo, a la frase que le dirigió Jaremy Paxman, un histórico de la BBC, a la primera ministra. Y una vez leida esa frase, pregunto a nuestros lectores ¿hay en España medios de información realmente imparciales que toleren en su nómina periodistas capaces de formular entre nosotros esa pregunta a un presidente de gobierno? Gran Bretaña ya no es lo que era… pero sigue siendo algo serio.

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