El último abrazo de Rafael Blasco

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Rafael Blasco. Foto: La Marea

e-Mail del País Valenciano
Javier Andrés Beltrán
Periodista

En la política valenciana, y muy probablemente en todo el estado español, no hay otro caso igual. Algunos, seguro, llevan tanto tiempo como él ‘en activo’, pero nada que ver. Ninguno supera su trayectoria. No es fácil, no. De militante del FRAP, por lo que conoció la cárcel, a conseller del PP, por lo que puede ser condenado a volver a ella. Él es Rafael Blasco Castany, Alzira (Valencia) 1945, y fue primero Carlos en sus años de clandestinidad en el PCE cuando abrazó  la ortodoxia marxista-leninista. Más tarde militó en el FRAP cuando prefirió abrazar la lucha armada como vía para transformar la sociedad: conoció la cárcel y tras la muerte del dictador a quien combatía abrazó el indulto.

Ya en las filas del PSPV-PSOE llegó el abrazo del amor y se casó con Consuelo Ciscar, la secretaria personal del president Joan Lerma y hermana de Ciprià Ciscar por entonces conseller en el primer gobierno socialista de la Generalitat Valenciana y más tarde secretario de organización del PSOE. Con el puño y la rosa pudo, por fin, abrazar el poder… del que nunca más ya se separó. Porque en la madurez abrazó el conservadurismo y el nacional catolicismo del PP y fue así que compartió carné con Manuel Fraga, el ministro del interior que mandaba la policía represora del dictador fascista al que combatió. Y hasta aquí.

Conseller de Presidencia primero (1983) y de Obras Públicas después con Joan Lerma, quien le cesó por una denuncia de corrupción urbanística de la que resultó absuelto por la nulidad de las grabaciones telefónicas, Eduardo Zaplana lo fichó para el PP y tras un ‘periodo de pruebas’ al frente de la subsecretaría de planificación en el segundo mandato de Zaplana ocupa las consellerías de Empleo (1999-2000) y de Bienestar Social (2000-2003). No le va peor con Francisco Camps quien le confía la consejería de Territorio y Vivienda (2003-2006) y después Sanidad. Debió quedar contento Camps y tras la victoria electoral en 2007, Blasco asume la nueva consellería de Inmigración que más tarde se transforma en Solidaridad y Ciudadanía.

Y ahí llegó el escándalo que hoy le tiene lejos del poder por vez primera en los últimos treinta años. Tras estallar el caso Cooperación, que investiga el desvío de fondos destinados a proyectos de desarrollo en Nicaragua para la compra de tres inmuebles y un aparcamiento, Camps se ve obligado a prescindir de él en su gobierno pero nombra a Blasco portavoz del grupo parlamentario. La caída de Camps y el ascenso teledirigido desde Génova de Alberto Fabra a la presidencia de la Generalitat significan el principio del fin: Fabra le cesa como portavoz al ser imputado y Blasco se convierte en el décimo representante de una bancada que conforma la mayor concentración de diputados encausados por escaño cuadrado que a día de hoy puede encontrarse en cualquier  parlamento europeo.

Hasta que un sábado de junio, en reunión urgente y en la víspera de la Nit de Sant Joan, el Comité de Derechos y Garantías regional del PP enciende la hoguera para incoar expediente disciplinario y suspender cautelarmente de militancia al diputado Blasco. Habían pasado sólo setenta y dos horas desde que éste acudiera a la televisión de los obispos y acusara a Fabra de estar detrás de la decisión de la Abogacía de la Generalitat de solicitar para él once años de cárcel por el caso Cooperación. Perdido el pulso con Fabra, Blasco cede y se va minutos antes de que le echen. Deja del grupo pero no el escaño.

Puede ser, dicen unos, el definitivo adiós de Blasco de la política. Va a ser, aseguran quienes mejor le conocen, un punto y aparte. Va a intentarlo hasta el final y sí resulta absuelto como Camps nadie duda que volverá a abrazar la política como forma de vida. En el PP si finalmente Fabra acaba siendo devorado por los suyos o por las urnas, ó en un nuevo partido siguiendo su trayectoria de las últimas tres décadas. Porque lo que nadie duda es que Rafael Blasco flota, siempre flota; y se abraza, siempre se abraza.

Mientras Fabra saca pecho, aunque sigue dando muestras de una debilidad de la que acabarán pidiéndole cuentas en el partido: incapaz de expulsar a un diputado para el que se piden hasta once años de cárcel, sólo se atreve a prescindir de él cuando éste pone en duda su liderazgo. Vamos, que Blasco es indigno de militar en el PP no por lo que presuntamente haya trincado, sino por lo que realmente ha largado contra su jefe. Y por ello mantiene en su  grupo a ocho imputados más… claro, que todos estos callan. A lo sumo, y como pasó con la alcaldesa Sonia Castedo el día que el AVE llegó a Alicante, el único quebradero de cabeza que le dan a Fabra es cómo hacer para que no salgan en la foto al lado de Mariano Rajoy.

Poca maldad parece esa comparada con la infidelidad de un Rafael Blasco quien en su estreno en el grupo de los no adscritos del Parlament Valencià recibió el último abrazo y el beso afectuoso de la alcaldesa Rita Barberá mientras la oposición coreaba aquello de Viva los novios, justo en una sesión centrada en la corrupción.

La política como esperpento… y como forma de vida.