El Salvador, los jesuitas y el Vaticano

José Martí Gómez
Periodista

En el Salvador se han detenido diecisiete ex mandos militares a los que se acusa de estar implicados en la masacre en la UCA, universidad que regentaban los jesuitas y dirigía Ignacio Ellacuría. La detención parte de un exhorto dirigido a la Interpol por un juez español. Dado que el crimen, siete personas fueron asesinadas a sangre fría, se cometió en 1989 tiendo a sospechar que todo acabará en nada.

Un mural con las caras de los asesinados recuerda a los mártires de la UCA
Un mural con las caras de los asesinados recuerda a los mártires de la UCA. En la foto superior, Ignacio Ellacuría

Los crímenes fueron obra de militares o paramilitares salvadoreños pero la responsabilidad moral habría que buscarla en el Pentágono vaticano  que desde hacía años los había dejado solos, colocando a los jesuitas y a su obra social en el punto de mira de países gobernados por dictaduras.

En el Vaticano, cardenales conservadores como Oddi, Palazzini o Basso, opuestos al Concilio Vaticano II, hacían sordas labores de zapa y en la conflictiva Latinoamérica de aquellos años nuncios como Montalvo en Nicaragua, Guidice en Guatemala o Lajos Kada en El Salvador, eran  las correas de transmisión que hacían llegar a los dictadores el disgusto de la jerarquía vaticana por lo que de progresista tenía la Teología de la Liberación. Les ayudaba  López Trujillo, personaje nefasto autor de la mayoría de los documentos  demoledores que frustraron la esperanza que se depositó en Medellín.

Es cierto que tras el Vaticano II la Iglesia vivía tensiones internas. Las vivían los propios jesuitas. Su superior, el padre Arrupe, era víctima de esas tensiones. Su carisma, su talante profético, parecía inmunizarle pero no era cierto.

Años antes de los crímenes en El Salvador, Pablo VI había escrito siete folios durísimos  sobre los jesuitas, exhortándoles a no inmiscuirse en problemas sociales pero no fue más allá porque afortunadamente era un hombre que dudaba. Su sucesor, Juan Pablo II, no era, desgraciadamente hombre de dudas y desde el principio  de su pontificado estuvo en la línea de las voces conservadoras de la Curia que repetían que el mayor problema de la Iglesia de aquellos años eran los jesuitas.

Se ha escrito mucho sobre el papel de Juan Pablo Pablo II en la caída del muro de Berlín y del comunismo y se ha tardado más en analizar en negativo su protagonismo en Latinoamérica de ese largo papado. Al fulminar doctrinariamente la Teología de la Liberación que apostaba por el compromiso activo de la Iglesia  con los pobres  y los perseguidos el Vaticano dio cobertura a los sectores más reaccionarios  de Latinoamérica en años en los que se impuso la doctrina Kissinger, puesta en práctica en tiempos de Nixon y siguió haciendo estragos en años de Reagan. No fueron años de esperanza para los frágiles intentos democráticos en Latinoamérica. Los jesuitas y las órdenes religiosas comprometidas con la Teología de la Liberación fueron masacrados intelectualmente y como personas se les humilló o se les dejó caer en el vacío.

Victimas UCA el SalvadorCuando se produjo la matanza en la UCA trabajaba como corresponsal de la SER en Londres. Fui a conversar con el provincial de los jesuitas en Gran Bretaña, Michael Campbell-Johnston. Durante ocho años había sido colaborador del padre Arrupe en la curia generalicia de la Compañía de Jesús en Roma y durante tres años había convivido con los jesuitas de la UCA. Me recordó unas palabras de Ellacuría

–Es irracional, absurdo, que alguien quiera matarme. No me ocurre que motivos tendría para hacerlo.

Y discrepó de esas palabras:

–Cuando se está con los pobres de El Salvador siempre se corre el riesgo de ser asesinado.

–¿Cómo recuerda sus años relacionándose con la Curia?– le pregunté.

–Tuve suerte. Cuando el mundo curial me hacía correr el riesgo de perder la fe el padre Arrupe me la preservaba.

-¿Le gustaría volver a trabajar en El Salvador?

-Sí. Mucho.

-Vivir aquí, en Mayfair, le debe parecer un balneario…

-Desgraciadamente, sí.

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