El rayo de la muerte

Arnould Galopin fue un autor todo terreno de novelas para jóvenes: de viajes, de detectives, de aventuras de toda clase… y de ciencia ficción.

Le pasó lo mismo que a Ziehrer: Un magnífico músico valses vienés, que tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de los Strauss, y hoy nadie le recuerda y sólo un vals suyo, ‘muchachas de Viena’, suena alguna vez.

Galopin escribió de todos esos temas en Francia, en la época de Julio Verne. Por no aparecer, ni siquiera sale en la Wikipedia en castellano o en catalán, y la única obra suya que algunos viejos recordarán, en versión abreviada, es ‘la vuelta al mundo de dos pilletes’.

En Barcelona se publicaron por fascículos, al estilo de la época, principios del S. XX, Las aventuras fantásticas de un joven parisién, atroz traducción del original francés, muy al estilo de lo que publicaba Sopena en aquellos tiempos. Un golfo de la calle es recogido por un sabio loco y su ayudante. El sabio, loco pero no tonto, ha inventado una aleación que rechaza la gravedad. Con ella construye una nave, la Excelsior, que les lleva a los tres a Marte, donde se ven envueltos en una guerra entre los buenos y los malos. El arma de los buenos es un rayo azul, que mata pero poco. La de los malos es un rayo verde que fríe mucho más. El origen de ambas eran unas piedras que se encontraban bajo tierra. Fue la primera vez que me encontré, ‘en serio’, no con vagos tebeos de rayos que matan (yo ya conocía los efectos del rayo en los árboles y lo del pararrayos de Franklin) o que te convierten en el Capitán Marvel (¡Shazam!), sino con algo mucho más desarrollado y que pretendía transmitir un tufo de ciencia.

Cuando años después apareció en los periódicos el L.A.S.E.R. – y, según el catedrático de Termodinámica, que dio la lección inaugural en la Escuela de Ingenieros, también el ‘maser’, aunque su explicación de ambos conceptos dejó perplejo al auditorio –  y supe que eran rayos de colores y que se generaban a partir de cristales de piedras preciosas, yo reconocí inmediatamente a los rayos de la muerte, azules y verdes, de los marcianos.

Ahora, un siglo después de las aventuras del joven parisién, medio después de la llegada del láser, cuando ya cualquier gamberro puede disponer de uno de bolsillo para molestar a los futbolistas del equipo contrario, los americanos lo han convertido en arma de guerra.

¿Avanzamos? ¿Hacia dónde?