El Papa, su ‘mamma’ y los blasfemos

baixaJosé María Mena
Jurista. Ex fiscal jefe de Catalunya

El papa ha dicho que si se insulta “a la sua mamma” es natural que responda con un puñetazo, y tras las breves risitas de su séquito, ha añadido que no se puede provocar, insultar o burlarse de la fe. Estaba refiriéndose a los asesinatos de fanatismo religioso de París. Las previas condenas contundentes pero abstractas de los crímenes y de la violencia, hechas por el pontífice, quedan desdibujadas por esa afirmación concreta. Parece insinuar que la violencia no es admisible, pero que si se ofende a la fe, “a la sua mamma”, es natural el puñetazo, la respuesta violenta.
La ofensa a la fe es la blasfemia. La historia de la iglesia de Roma es la historia de la respuesta violenta a la blasfemia. Con demasiada frecuencia las Constituciones españolas establecieron que la religión católica es la única verdadera, y por ello la del Estado. Consecuentemente la blasfemia era delito, con las excepciones derivadas de las Constituciones de 1869 y 1931. Sólo en los Códigos Penales nacidos de estas dos Constituciones se castigaba “el escarnio público de los dogmas o ceremonias de cualquier religión”, con pena de arresto de hasta seis meses y multa. Pero en todas las demás se protegía con penas de cárcel las ofensas y las blasfemias contra la religión católica.

El Código de Franco castigaba expresamente como delito la blasfemia realizada por escrito y con publicidad, o cuando se realizaba con palabras o actos que producían grave escándalo público. La pena también era de arresto de hasta seis meses, y multa.
Algunos comentaristas han señalado que las ofensas a la fe son inadmisibles pero que su reprobación debe ser proporcional. Este es el problema. Desde una perspectiva terrenal dios es un concepto por el que determinadas personas muestran un especial sentimiento, merecedor de indiscutible respeto. Pero desde la perspectiva teocrática dios es un ser suprarreal, infinito, y por lo tanto las ofensas a dios son infinitamente graves. Cualquier respuesta a las ofensas a dios será insuficiente, por severa que sea, ante la infinita calidad del ofendido. Este es el sentido teocrático de la proporcionalidad de la respuesta a la blasfemia. Esta última perspectiva, multisecular, parece que no se ha borrado del todo de la mente del pontífice.

Charlie Hebdo se dedicaba, y esperemos que siga dedicándose, a burlarse de todos los dogmas, los credos las religiones y los dioses. Sin embargo no debe deducirse de esto que sea una publicación blasfema. La blasfemia requiere una voluntad inequívoca y directa de herir los sentimientos religiosos. La intención de Charlie Hebdo no era esa. Era provocar lCharly1a risa o la sonrisa, tratando desenfadadamente, cómicamente, conceptos y sentimientos de máxima trascendencia pensados con abrumadora seriedad. En esta subversión del destino del concepto está, precisamente, la hilaridad.
Una sociedad democrática debe asumir, soportar y hasta apoyar la existencia de estas perspectivas subversivas de la apreciación de los conceptos sagrados o mitificados. La libertad de expresión también está para eso, y para no sentir la necesidad de reaccionar contra las ofensas a su santa madre iglesia con una reacción física agresiva. No es de recibo insinuar que cabe responder con un puñetazo.

Y si su madurez democrática no le permitiera tolerar el sentido del humor pellizcando sus dogmas, si no pudiera esbozar ni una sonrisa, entonces lo proporcional sería, en todo caso, contestar con una reacción de la misma especie e intensidad. Contra un chiste, otro chiste. Contra una caricatura, otra caricatura.
El sumo pontífice, esta vez, la ha cagado. Aunque tratando de lucir su gracejo de teólogo porteño, no ha podido evitar que veamos la tenebrosa mueca de sus ancestros multiseculares ante lo que considera una ofensa blasfema.