El nacionalcatolicismo del ministro converso Jorge Fernández Díaz

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Ángel Sánchez de la Fuente
Periodista

No se pretende en este artículo arremeter contra las creencias religiosas de nadie ni burlarse de ellas. Al contrario, nos merecen todo el respeto, más aún en estos momentos de crisis de valores trascendentes. De lo que se trata es de cuestionar el espíritu nacionalcatólico del actual ministro del Interior, que precisamente por fomar parte del Gobierno de un Estado aconfesional no puede ir diciendo públicamente que “España será cristiana o no será,”   como en octubre pasado hizo en Roma, inspirándose en el lema del decimonónico obispo Torras i Bages referido a Cataluña.

El caso de Jorge Fernández Díaz es diferente al de otros políticos –desde López Rodó a Federico Trillo– que siempre fueron del Opus Dei, por ejemplo. Él ya había desarrollado una amplia trayectoria política (gobernador civil de Asturias y de Barcelona, senador y presidente del PP catalán, entre otros cargos de responsabilidad) cuando, en 1991, en un viaje a EEUU y visitando Las Vegas (quién lo diría), empezó su “camino de retorno.” Textualmente, según sus palabras: “Dios salió manifiestamente a mi encuentro […] Yo no negaba a Dios, simplemente vivía como si no existiera.” No obstante, todavía tardó seis años en alcanzar la conversión total y su comunión en el Opus. Era ya secretario de Estado de Administraciones Públicas (siempre a la sombra de su gran valedor, Mariano Rajoy) cuando en 1997… “Fue el año en que el Señor dijo: ‘Hasta aquí hemos llegado. O caixa o faixa’.”  Y decidió jugarse el todo por el todo, recordando aquella frase de otro converso como fue san Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.”

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Foto: EFE

“Dios está en el Congreso de los Diputados”

A partir de entonces, el discurrir de Fernández Díaz ha sido un constante teresiano vivo-sin-vivir-en-mí. Y si, para Teresa de Ávila, Dios estaba hasta en los pucheros, para nuestro ministro del Interior, “Dios está muy presente en el Congreso de los Diputados. Las Cortes son el órgano legislativo, y Dios, el gran legislador del universo.” Desde esta perspectiva ha ido desgranando su visión de la realidad española en comparecencias públicas. En 2007, en la católica Universidad CEU-San Pablo de Madrid, manifestó: “Vivimos en una sociedad donde el pecado original está en estado químicamente puro. Es el legislador ordinario el que decide cuándo empieza la vida, quién es el titular del derecho a la educación, qué está bien y qué está mal.”  Dos años antes, en otra conferencia, había ventilado los últimos 500 años de la historia de la Iglesia con una inusitada capacidad de síntesis. Esta: “Alguien me dijo una vez que, en el siglo XVI, la Reforma [protestante] quitó la Iglesia a Dios; en el siglo XVII, la Ilustración le quitó a Jesucristo; en el siglo XIX, el marxismo y el ateísmo quitan ya a Dios y se coloca en el centro el hombre; y, finalmente, Satán se colocará en el lugar del hombre. Quizá esto sea el Apocalipsis, aunque realmente no sé dónde estamos ahora.”

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Jesús Martín Rodríguez, del PSOE

La polémica pervivencia de la especie

Apocalíptico y religiosamente angustiado, Fernández Díaz no parece haber sabido resolver el conflicto entre su fe y la razón que debe regir en el gobernante que se debe a los ciudadanos que profesan diferentes religiones o simplemente la increencia. Hace apenas tres meses lanzó este lamento: “Si el 75% de la población española que se declara católica actuase en coherencia, determinadas leyes nunca se habrían aceptado.”  Fue en el mismo acto celebrado en la Embajada de España en Roma donde rechazó el matrimonio homosexual con el argumento de la perpetuación de la especie, que provocó tanta indignación como chanzas. “Si nos oponemos al matrimonio entre personas del mismo sexo, no podemos usar argumentos confesionales. Existen argumentos racionales que dicen que ese matrimonio no debe tener la misma protección por parte de los poderes públicos que el matrimonio natural. La pervivencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada.”  A su lado estaba el cardenal Antonio Cañizares (apodado cariñosamente como el pequeño Ratzinger), quien como buen célibe tampoco ha hecho nada por esa pervivencia. El caso es que si el Tribunal Constitucional ya había avalado en noviembre de 2012 dicho matrimonio gay, el Fernández Díaz ultracatólico lo seguía teniendo muy claro: [La sentencia] No me cambiará la conciencia, mis creencias ni tampoco mis convicciones.”

El tema de la protección del matrimonio homosexual coleó lo suyo, hasta el extremo de que Fernández Díaz fue interpelado en el Senado por la oposición y respondió: “Convendrá conmigo que el desempeño de una responsabilidad pública como la que tengo yo no puede ser nunca un límite al ejercicio de dos derechos fundamentales reconocidos en la Constitución: libertad de expresión y libertad de conciencia.” Entonces, el senador socialista Jesús Martín Rodríguez le replicó: “Usted juró cumplir y hacer cumplir la Constitución y para justificar sus declaraciones apela a la moral. En Derecho Canónico, si se jura en falso se comete perjurio, y en el orden jurídico español tiene el nombre de falso testimonio.”

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Rouco saluda a Rajoy durante el funeral a Fraga en la catedral de La Almudena. Foto: EFE

La Religión, una asignatura fundamental

En su afán de considerar la política como “un magnífico campo para el apostolado, la santificación y el servicio de los demás,” da la sensación de que el ministro actúa más como un obispo que adotrina a sus feligreses que como un gobernante que ha de regir la voluntad democrática de un pueblo plural en lo ideológico y en lo religioso. Muchas de sus exigencias (“la Religión no puede ser considerada una maría y debe tener el mismo rango que otras asignaturas fundamentales”) se asemejan a las del miembro más inflexible de la Conferencia Episcopal que preside Antonio Rouco Varela, a quien Fernández Díaz hace tiempo que facilitaba cenas periódicas de políticos con él. Pese a esta amistad, el ministro no ha conseguido en año y medio de Gobierno del PP que Rouco y Rajoy se vean en público de presidente a presidente. Quizá tampoco le haga mucha falta a la Iglesia católica si consigue lo que está consiguiendo.

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Foto: EFE

“El aborto tiene algo que ver con ETA”

¿Durará mucho Fernández Díaz al frente del ministerio? En algunos círculos periodísticos se le da como caído en una futura (y sin fecha) remodelación del Gobierno. Se citan problemas como la marcha del secretario de Estado de Seguridad Ignacio Ulloa, a raíz de los dosieres policiales anónimos que circularon en la campaña electoral catalana contra Artur Mas y Jordi Pujol, de los que el propio ministro dijo no saber nada. Y también  ha habido presiones de los sectores más cerriles del PP cuando se decretó la excarcelación del etarra Bolinaga. “No, Jorge, no; ETA no está derrotada, está a punto de ganar unas elecciones,” dicen que le espetó Jaime Mayor Oreja a Fernández Díaz, en vísperas de los comicios autonómicos vascos, a fin de afearle que diese a ETA por finiquitada. Curiosamente, fue en una comparecencia para hablar del terrorismo etarra cuando, días atrás, sufrió un inadmisible lapsus freudiano al preguntarle un periodista sobre el aborto, que no era el tema. “El aborto tiene poco que ver con ETA. Bueno, tiene algo que ver, pero, en fin, no demasiado,” fueron sus palabras surgidas del subconsciente. Por cierto, suponemos que el subconsciente católico de Jorge Fernández Díaz ha de sufrir muchísimo cuando vea que su partido, salpicado de sobresueldos y comisiones millonarias, apoya en plena crisis unas medidas económicas y sociales que desprotegen a los más pobres. No en vano, Jesús de Nazaret defendió a los desfavorecidos y atacó a los poderosos. Y, por supuesto, jamás recibió honores como el de entrar en los templos bajo el palio nacionalcatólico.

3 pensaments a “El nacionalcatolicismo del ministro converso Jorge Fernández Díaz”

  1. Reflexionant sobre l´afer, tampoc hauríem de ficar-nos massa amb aquest senyor. No ho dic perquè n´estigui d´acord, sinó que comparant-t´ho amb altres països i altres polítics, ni són noves les temptacions de fer la religió majoritària d´un país en l´essència del mateix, és a dir, un ingredient del nacionalisme (sigui d´Estat o de partit). El problema és que els polítics i els dirigents d´un país, pensen que actuen de bona fe, recolzats per una majòria electoral i parlamentària, i es clar, no entenen que la primera víctima del poder és el mateix poder. Les societats contemporànies són inestables, som el resultat de la ruptura amb la tradició com deia Hannah Arendt, el canvis que propicia el capitalisme són vertiginosos i ara més quan la clau de la volta és una economia basada en les TIC. En aquest sentit, certs polítics és pregunten com poden gestionar una inestabilitat que han propiciat amb la desregularització dels mercats i la globalització més l´individualisme. Aleshores la temptació a utilitzar la religió com a estabilització social els hi ve al cap. Jo, una vegada vaig assistir a una conferència sobre violència de gènere i la meva sorpresa fou que un del públic -no els ponents, que van fer una exposició exquisida- que parlava d´una conversa amb un polític “progre”, que segons deia que la millor manera de solucionar la violència de gènere era ni més ni menys que tornar a la família tradicional. No discutiré sobre la violència de gènere que no és el tema, però que voldria dir que la temptació a la religió com a font d´estabilitat social, no es quelcom de països endarrerits, sinó que els progres més tradicionalment laics el burxa el diable de posar-se la sotana i impartir resignació davant la inestabilitat neoliberal que han conduït les seves mesures econòmiques. La cosa crida al cel.

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