“El movimiento vecinal debe molestar al poder”

ENTREVISTA a Marc Andreu Acebal

El historiador y periodista Marc Andreu. Fotos: Salvador Sansuán
El historiador y periodista Marc Andreu. Foto de portada: La periodista M.Eugenia Ibáñez junto al entrevistado. Fotos: Salvador Sansuán

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

Marc Andreu Acebal (Barcelona, 1973) ha mamado luchas vecinales y reivindicaciones de barrios. Como periodista ha robado tiempo a su vida para dar continuidad y supervivencia a Carrer, publicación oficial de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB), quizá la única publicación que en la actualidad se empeña en mostrar la cara oculta de la ciudad y en mantener la crítica a la gestión de los gobiernos municipales de turno. Con ese bagaje no es de extrañar que escogiera el movimiento asociativo como tema de su tesis doctoral tras finalizar sus estudios de Historia Contemporánea. La tesis, cum laude, se ha convertido en libro, Barris, veïns i democràcia. El moviment ciutadà i la reconstrucció de Barcelona (1968-1986).

¿Era necesario escribir la historia del movimiento vecinal de Barcelona?

Sí, porque es una parte de la lucha antifranquista mal explicada y menos conocida. El trabajo de investigación de la tesis ha sido una oportunidad que debía aprovecharse para convertir esa historia en un libro que pudiera llegar al gran público. Las años que limitan el contenido, 1968 y 1986, podían haber sido otras, porque no hay fechas que marquen un principio o un final, pero tienen su simbolismo.

 

En 1968 salió a la calle la primera octavilla documentada firmada por una comisión de barrio, la de Sant Andreu, y también ese año se creó la Asociación de Sant Antoni y apareció la revista Bandera Roja. 1986 fue el año de la nominación olímpica de Barcelona y en marzo se celebró el referéndum para el ingreso en la OTAN. La preparación de los Juegos relegaron las reivindicaciones de los barrios y el referéndum supuso el fin de una ideología de izquierdas muy clara.

¿Por qué la historia del movimiento vecinal ha sido mal explicada?

Por dos factores, uno porque el movimiento asociativo, como otros grupos, cristianos de base por ejemplo, nunca se han reivindicado a sí mismos. La investigación sobre la historia social se ha centrado en el movimiento obrero y el sindicalismo, pero nunca le ha tocado el turno al movimiento vecinal. Por otra parte, el relato que propone el movimiento asociativo no encaja en la interpretación canónica de la Transición ni en la versión oficial del llamado modelo Barcelona, pero tampoco en los discursos alternativos ahora están tan en boga, los que defienden que la Transición fue un desastre, una traición, que no dejó nada aprovechable. Todas esas interpretaciones de lo que ocurrió en Barcelona ignoran lo que el movimiento vecinal consiguió, que supuso, ni más ni menos, que romper el sistema y obtener muchas cosas. El discurso oficial de la transformación de Barcelona vendido por los ayuntamientos se refiere siempre a lo hecho desde las instituciones, los Juegos Olímpicos, y olvida la presión que hicieron los vecinos para conseguir esos logros.

¿El protagonismo vecinal tapado por otros intereses?

 La historia la escriben los ganadores y son ellos los que dan su versión de lo que ha ocurrido. Pero no se puede olvidar la fuerza de un movimiento que, en años muy difíciles, forzó el cese de tres alcaldes (José María de Porcioles, Enrique Masó y Joaquín Viola), un gobernador civil (Tomás Pelayo Ros) y un ministro de la Vivienda (Vicente Mortes Alfonso). Ningún movimiento, político o cívico, consiguió algo similar en la lucha antifranquista.

¿Qué queda de aquella fuerza?

La memoria de unas luchas, la experiencia de mucha gente que aún está en activo y la conciencia colectiva de saber que se pueden provocar cambios y conseguir cosas si hay un esfuerzo común.

¿Es hoy suficiente la memoria histórica para forzar los cambios?

 No, no lo es, pero sin experiencia es imposible asumir según que retos. En la década de los 60 y los 70 el contexto político empujaba a luchar y ahora también estamos viviendo un proceso de cambio que abre muchas posibilidades a las reivindicaciones ciudadanas. Si en aquella época las asociaciones de vecinos fueron el núcleo central de las luchas ciudadanas ahora hay más pluralidad asociativa. Por lo demás, en este país se dimite poco y cuando se hace es porque hay escándalos de corrupción por en medio. Hoy, los efectos del movimiento asociativo se notan de otra manera, pero no hay que olvidar que son los vecinos los que están detrás de la denuncia del Caso Palau-Millet, que la FAVB está personada en el caso Jordi Pujol y está por ver la incidencia que el asociacionismo de Barcelona tiene en las próximas elecciones municipales.

Tu libro quita el protagonismo a los partidos políticos en la lucha contra el ayuntamiento de la dictadura para dárselo al movimiento vecinal.

Sí, porque estamos acostumbrados a la versión canónica de que la Transición se hizo desde arriba, con los dirigentes políticos al frente, y sorprende saber que, además, había mucha gente que, con carnet o sin él, se echó a la calle para exigir escuelas, sanidad pública y transportes. Era más fácil enfrentarse a la dictadura por cuestiones cotidianas, una escuela, un autobús, que salir a pecho descubierto exigiendo democracia. Había muchas necesidades cotidianas por cubrir, nadie se las inventó. En un barrio era el alcantarillado, en otro no había escuelas y los barraquistas pedían viviendas dignas. Fue relativamente fácil, casi espontáneo, que los barrios se organizaran para exigir esos mínimos vitales y, dado el primer paso, resultó más fácil pasar a pedir la amnistía y el estatuto de autonomía.

¿Qué le debe la Barcelona del 2015 al movimiento vecinal de esos casi veinte años que has investigado?

Los equipamientos y la urbanización de la Barcelona de hoy, de algunos barrios en especial, nada tienen que ver con la situación de los años 70. Pero a partir de las elecciones municipales de 1979 se frena en seco fue la colaboración con aquel primer ayuntamiento democrático. Se rechazó la petición de que las entidades tuvieran voz, no voto, en los plenos, la elecciones de los concejales de distrito y la revocación de los cargos públicos mediante consulta o referéndum. Del 77 al 79, con el alcalde Socias, los vecinos entraban y salían del ayuntamiento y de los despachos sin grandes problemas, pero el 79 esa relación se rompe. Los socialistas habían tenido poca incidencia en el movimiento vecinal y Narcis Serra dejó muy claro que la participación se había acabado y que la representatividad la tenían ellos en exclusiva. La democracia participativa se rompe.

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Rodolfo Martín Villa. Foto: Paco Elvira

Las entidades vecinales plantearon incluso que la Constitución, en el capítulo que reconoce la representatividad de los partidos políticos, consumidores y otras entidades, incluyera a las asociaciones de vecinos.

En este aspecto jugó un papel muy inteligente Rodolfo Martín Villa, gobernador civil de Barcelona entre 1974 y 1976, una época de gran actividad del movimiento vecinal que le permitió comprobar los peligros que para el régimen podía suponer el movimiento vecinal. Una vez ministro del Interior, esta experiencia le llevó a maniobrar en la estructura del Estado para cortocircuitar la incipiente democracia participativa. El reconocimiento de las asociaciones de vecinos en la Constitución no hubiera significado otra cosa que tener derecho a exenciones fiscales y subvenciones del Estado. UCD votó en contra de esta posibilidad y los socialistas se abstuvieron.

Analice la relación que tuvieron con el movimiento electoral los políticos y los partidos que ha investigado. Empecemos por José María de Porcioles.

Fue nombrado por Franco en 1957 y cesado en 1973 como consecuencia del incremento de las protestas en la ciudad y al día siguiente de que vecinos del Carmel y Nou Barris ocuparan el salón de plenos para exigir el fin del barraquismo y contra el plan urbanístico de Torre Baró. Porcioles fue la bestia negra de las asociaciones vecinales, permitió la degradación de la ciudad a todos los niveles y fue un alcalde especulador y corrupto que puso en marcha el Plan de la Ribera, que acabó paralizándose. El Régimen decidió que Porcioles estaba quemado y que lo mejor era sacárselo de encima.

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Porcioles junto a Franco en su vita a Barcelona el 18 de junio de 1970

 

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Enric Masó

Enric Masó, alcalde entre 1973 y 1975.

 No procedía del sector inmobiliario, era industrial, ingeniero, no tenía el pasado de corruptelas urbanísticas que envolvieron a Porcioles. Masó intentó reconstruir la ciudad de otra manera y maniobrar con un cierto aperturismo, quizá acorde con el espíritu tímidamente reformista del 12 de febrero de Arias Navarro. Las asociaciones de vecinos le reconocieron un talante dialogante pero el bunker franquista local presente en el consistorio no permitió el cambio. Masó no supo maniobrar en el pleno de marzo de 1975 cuando 18 concejales pidieron 50 millones de pesetas para la enseñanza de la lengua y la cultura catalana. El pleno rechazó esa partida y se montó una protesta ciudadana a todos niveles que llegó a preocupar al Régimen hasta el extremo de que, finalmente, se aprobó un ayuda para el catalán. Masó tuvo la osadía de poner en marcha el Plan Comarcal que Porcioles ya había paralizado por temor a las protestas en todas direcciones que la nueva planificación pudiera generar. Salío a información pública, la comisión de urbanismo que dependía del gobernador civil lo aprobó y el ministro de la Vivienda, Vicente Mortes Alfonso, fue cesado por no haber previsto que la nueva normativa urbanística no era acorde con los intereses inmobiliarios.

La alcaldía de Joaquín Viola fue corta, entre septiembre de 1975 y diciembre de 1976, pero organizó mucho ruido.

Era un hombre de Porcioles. Llegó a la alcaldía con el objetivo de restaurar el statu quo anterior a Masó, pero no lo consiguió. Su relación con el movimiento vecinal fue nefasta hasta el extremo de que le organizaron una gran campaña en contra, la famosa Viola a la cassola. Fue intransigente y poco dialogante. Dos años después de dejar la alcaldía fue asesinado por Terra Lliure.

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Josep Maria Socias. Foto: TV3

Josep Maria Socias, alcalde entre enero de 1976 y enero de 1979, llegó con la concordia como bandera.

Fue nombrado poco antes del referéndum sobre la reforma política con el objetivo claro de serenar los ánimos porque el gobierno de Suárez no tenía muy claro qué podía ocurrir en Barcelona. Era un hombre de Martín Villa que procedía del sindicato vertical, dialogante, dio juego a las asociaciones de vecinos y acabó siendo un alcalde que, según en qué materias, resultó más abierto y participativo de lo que, poco después, resultaron ser los alcaldes de la democracia. Con el delegado de servicios Joan Aanton Solans al mando compró 126 hectáreas de suelo donde, con el paso de los años, se han ido construyendo equipamientos y parques. Pasqual Maragall siempre ha recordado que Socias compró, pero fue él quien tuvo que pagar. Lo cierto es que dquirió a buen precio porque los propietarios de los terrenos, ante la incertidumbre política que vivía el país, vendían sin grandes exigencias. El punto de populismo de Socias creó un ambiente de buena relación con el movimiento vecinal, que consiguió muchas de sus reivindicaciones, asumió un papel que, como el general Della Rovere de la película de Rossellini, se acabó creyendo.

Rodolfo Martín Villa, gobernador civil de Barcelona entre mayo del 74 y diciembre del 75.

Durante esos dos años representó todos los papeles posibles en un político. Fue un hombre muy inteligente, también maquiavélico y en consecuencia muy peligroso. Un gobernador de la dictadura que una vez al mes se reunía con la junta de la FAVB para negociar todo lo que surgiera, que podía pasar toda una tarde hablando en tono distendido, pero también era la misma persona que, por acción u omisión, tomaba decisiones policiales y se convertía en inductor de acciones de grupos descontrolados de la extrema derecha. Barcelona supuso para Martín Villa algo así como un curso acelerado sobre lo que estaba ocurriendo en la calle. Ya había estado en la ciudad en 1965 como responsable del sindicato vertical, así que cuando regresa ya sabe que se encontrará con una situación muy complicada por las luchas estudiantiles y obreras, pero le sorprende la oposición activa del movimiento vecinal que en España no existe. El propio Martín Villa ha reconocido que hizo una especie de master para entender lo que estaba ocurriendo. Años más tarde, esa experiencia barcelonesa le servirá para intervenir en el proceso de la Transición, primero como ministro de Relaciones Sindicales, de la Gobernación, y de la Administración Territorial, y finalmente como vicepresidente primero del Gobierno de España.

Turno para los partidos políticos: PSUC.

Fue el gran partido de la lucha contra el franquismo y comprendió la importancia del movimiento vecinal, si bien le costó renunciar a su instrumentalización y aceptar su autonomía. Aportó muchos cuadros al movimiento asociativo.

Parece que ese intento de instrumentalización fue habitual en todos los partidos.

Sí, pero todos acabaron entendiendo que el movimiento asociativo representaba el espíritu unitario interclasista e interpartidista. Por lo que se refiere al PSUC, es muy gráfico lo que ocurre en 1976, cuando la FAVB organizó el primer Carnestoltes en el Pueblo Español. La barra del bar la llevó un grupo de gente que, a posteriori, se supo que había destinado la recaudación al PSUC, entonces clandestino. Cuando la FAVB se entera se monta un gran debate que concluye cuando un miembro de la comisión ejecutiva del partido, Jordi Conill, dió explicaciones a la FAVB, pidió disculpas y devolvió el dinero, incluida carta de autoinculpación.

Bandera Roja, extrema izquierda y maoísta.

Fue el primer partido en descubrir la potencialidad del movimiento vecinal. Entre 1968 y 69 dinamizaron las primeras comisiones de barrio en pugna con el PSUC. Bandera creó el front de barris y acabó aportando grandes teóricos del movimiento vecinal, como Jordi Borja, Carles Prieto y Prudenci Sánchez. Fue un partido pequeño que supo evolucionar y aprovechar el empuje de los movimientos sociales.

¿Cuál fue la relación de los socialistas, el PSC, con el movimiento vecinal?

Lo cierto es que anduvieron un poco despistados, llegan tarde, se organizan tarde y, de hecho, en las primeras elecciones generales se presentan como coalición, Socialistas de Catalunya. El PSC tuvo muy poca presencia en el movimiento vecinal y esto marcará su trayectoria porque ya en democracia la gente con experiencia en movimiento vecinal procedía del PSUC. Los socialistas siempre mantuvieron un cierto recelo hacia el movimiento asociativo, quizá porque en los momentos de gran actividad no tuvieron presencia en él.

¿Qué actividad mantuvo Convergencia Democrática de Catalunya (CDC) en los barrios de Barcelona?

Este partido ha tenido pocos representantes en el movimiento asociativo, pero uno de los fundadores de CDC, Miquel Esquirol, figuró en el grupo de los bombillaires, asociaciones que se organizaron para recibir las subvenciones municipales destinadas a la iluminación navideña de las calles. Esquirol, catalanista y, como él mismo se definió, “no progresista”, jugó un papel interesante al activar esas asociaciones, muchas veces con pactos con las de izquierdas para conseguir que las FAVB tirara adelante. A partir de las elecciones municipales de 1979, CDC se desentendió de las asociaciones de vecinos. Pons Valón, otro convergente, fue presidente de la FAVB. Jordi Pujol intentó interferir en el movimiento urbano, con frecuencia a través de Amics de la Ciutat, e incluso maniobró en las elecciones municipales por el tercio familiar, pero los candidatos de su cuerda nunca fueron elegidos. Sí lo lograron las asociaciones de vecinos en 1973 cuando presentaron a Rodríguez Ocaña, que no pudo tomar posesión como concejal porque su elección fue invalidada.

¿Se movió Jordi Pujol entre las asociaciones de vecinos?

Físicamente no, pero enviaba a su gente, por ejemplo en las elecciones en la FAVB de 1975. A las reuniones que convocaba Martín Villa para controlar a las asociaciones de izquierdas siempre asistían los representantes de las bombillaires. Pujol negociaba en la sombra, no acudió nunca a estos encuentros, pero enviaba a su gente, a Josep Miró Arderiu con frecuencia. Miquel Esquirol explica que en 1975, en el discurso para cerrar un acto de Amics de la Ciutat, Pujol acabó elogiando a Porcioles. Algunos de los activistas del movimiento vecinal próximos a Pujol le hicieron ver que se había equivocado al mostrar su conformidad con la Barcelona de Porcioles, pero no rectificó. Nunca le interesaron las reivindicaciones vecinales. Quería estar en todas partes, controlar los cambios que se estaban produciendo, pero sin involucrarse en aquellas luchas, su trinchera era otra. No hay que olvidar que tenía intereses en el Plan de la Ribera.

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Narcís Serra

¿Cuál fue el papel de Narcís Serra cuando se convierte en el primer alcalde democrático tras la dictadura?

Habría que analizar cual fue la verdadera posición ideológica de Narcís Serra porque hasta el mismo año en que es elegido alcalde mantuvo despacho abierto con Miquel Roca como abogado y él como economista. Hay que recordar que a finales de los 60 Serra y Roca fueron claves en el polémico Plan de la Ribera, apoyado por Jordi Pujol. Narcís Serra no procedía de la trinchera ciudadana pero fue alcalde en las filas de un partido de izquierdas y esta ambivalencia le generó contradicciones, no sé si consigo mismo pero sí con el movimiento vecinal que esperaba un alcalde dialogante y se encontró con unos modos menos democráticos que Socias, el último nombrado por la dictadura.

¿Aceptó el diálogo con las entidades vecinales?

A partir de su elección, Serra tuvo muy claro que la fiesta se había acabado, que como alcalde legítimamente elegido ostentaba todo el poder y no tenía por qué dar explicaciones a los vecinos organizados. Él mismo, al comentar su pase por el ayuntamiento, ha repetido en diversas ocasiones que nunca tuvo en mente transformar la ciudad, sino gestionar lo que había recibido para que la gente pudiera vivir un poco mejor. El objetivo de un alcalde de izquierdas debía ser transformar la ciudad, pero siempre dejó claro que su pretensión era ordenar lo que ya existía. Serra nunca se planteó que el poder conseguido en las elecciones debiera convertirse en palanca de cambio. Hay un hecho muy significativo que explica cuál fue la relación de aquel primer ayuntamiento democrático con el movimiento asociativo. Serra fue elegido el 3 de abril de 1979 y un mes después convocó un encuentro de trabajo con la junta de la FAVB y una cincuentena de representantes de las asociaciones. La fecha prevista para esta reunión coincidió con la llegada a Barcelona del Barça tras ganar en Basilea la Recopa de Europa. El alcalde dejó plantados a los vecinos y dio prioridad a asomarse al balcón del ayuntamiento para festejar la copa. Nadie avisó a los vecinos, nadie se acordó de que esperaban en una sala. El mismo año de 1979, la FAVB solicitó en una audiencia pública poder participar con voz en los plenos, pero Serra rechazó esa petición y acabó menospreciando a líderes vecinales. Algunas de las reuniones que mantuvo con la FAVB acabaron de mala manera.

Serra negó su apoyo a la campaña para exigir más dinero al Ministerio de Hacienda.

La FAVB se planteó exigir que los impuestos que se recaudaban en Barcelona revirtieran en la ciudad y el alcalde Serra, quizá para no tener deudas pendientes con los vecinos o por su concepto de la política, se desentendió de la campaña y de la manifestación y decidió basar la estrategia municipal en recorrer todos los despachos ministeriales de Madrid. Barcelona y la izquierda perdieron en aquel momento una gran oportunidad porque si hubieran insistido con fuerza en el tema fiscal quizá las cosas podrían haber sido de otra manera y hoy no estaríamos en el punto que estamos.

En diciembre de 1982, Serra se va a Madrid como ministro de Defensa y Pasqual Maragall se convierte en el nuevo alcalde de Barcelona.

Maragall fue hombre de ideas progresistas y durante la dictadura mantuvo contactos con el movimiento vecinal, incluso dio clases de capitalismo y contenidos del plan comarcal a dirigentes de Nou Barris, pero como primer teniente de alcalde y después como alcalde mostró el talante de Rey Sol, como se le llegó a llamar, una especie de despotismo ilustrado que le llevó a olvidarse del movimiento vecinal. Hizo aproximaciones humanas y físicas a los barrios, vivió durante días en las casas de algunos vecinos para acercarse a la realidad de los barrios, pero no fue permeable a su trabajo cotidiano. La dimensión olímpica de Maragall tapó muchas cosas y es significativo que en sus memorias apenas dedique cuatro páginas a comentar su relación con las entidades vecinales, lo que significa que le marcaron muy poco.

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El alcalde saliente de Barcelona, Narcis Serra, entrega la vara de mando a Pasqual Maragall, en 1982.

¿Es correcto decir que la junta de la FAVB fue en la década de los 70 un ensayo de lo que sería la democracia, un laboratorio de pactos con franquistas, derecha civilizada, izquierda y extrema izquierda?

Sí. Tanto Martín Villa como los sectores antifranquistas vieron en Barcelona y en el movimiento vecinal un laboratorio de lo que después sería la Transición. La FAVB, legalizada en 1972, fue para las fuerzas de la oposición un terreno de juego insólito e inédito en todo el Estado, y acabó convirtiéndose en la instancia unitaria durante un periodo corto, pero clave. En octubre de 1973 la Assemblea de Catalunya queda desarticulada tras la detención de los 113 en la iglesia de Santa Maria Mitjancera y no recuperó su actividad normal hasta después de la muerte de Franco. Durante ese tiempo la FAVB asumió las funciones de institución unitaria y de relación con todos los sectores. No es casual que las manifestaciones de 1976 las convocara la FAVB, ni que llegara a organizar el Carnestoltes. La lucha contra la dictadura suponía un cambio político e histórico y todo era válido, todo debía ser trascendental.

Leo unos datos de su libro: “De diciembre de 1976 a abril de 1979 se ganaron 29 luchas vecinales con Socias y el efímero alcalde Font Altaba como alcaldes; con los socialistas Serra, Maragall, Clos y Hereu hubo un promedio de dos victorias vecinales por año”. ¿Nos ponemos a llorar?

Son datos que dejan de manifiesto todo lo conseguido por la fuerza vecinal y sí, hay motivos para llorar si se compara con lo que se consiguió después. Pero también es cierto que la Transición fue un momento de cambio, el panorama político estaba abierto y todo era posible.

El movimiento vecinal fue una especie de cantera de cargos políticos y técnicos que ocuparon las instituciones democráticas y vaciaron las asociaciones de sus referentes más significativos. ¿Empezó ahí el declive de las asociaciones de vecinos?

Es cierto que hubo un traspaso de cuadros del movimiento asociativo a las instituciones pero en el caso concreto de Barcelona no fue tan alto como en el resto de Catalunya o del Estado. Y eso explica el substrato de crítica que sigue manteniendo el movimiento asociativo a lo largo de los años. Hubo cargos de partidos que renunciaron a figurar en las listas municipales porque optaron por seguir en la FAVB. Unos con carnet de partido político y otros sin carnet mantuvieron la apuesta militante de seguir en el movimiento vecinal

Manuel Vázquez Montalbán dijo que el triunfo del PSOE en 1982 rompió el modelo de Barcelona como ciudad abierta, democrática y participativa.

Ese modelo de ciudad de izquierdas, del movimiento asociativo y de todos los que lucharon contra la dictadura se frustró entre 1982 y 1986, cuando los socialistas convocan el referéndum de la OTAN. Otra versión es que ese imaginario se rompió con la ciudad de los Juegos Olímpicos. Yo me apunto al primer planteamiento, cuando los socialistas renunciaron a utilizar el poder democrático para acabar lo que no se pudo hacer durante la Transición, y ahí se pierde el sueño de la ciudad participativa.

En 1982, Carles Prieto en su despedida como presidente de la FAVB dijo: “Al Ayuntamiento le molestan las asociaciones de vecinos”. ¿Sigue vigente esa frase 33 años después?

Siguen molestando y mucho. Xavier Trias, actual alcalde, ha llegado a recriminar que la FAVB y sus presidentes hagan política. Por supuesto que hacen política, independientemente del voto que cada uno deposite en las urnas, todo es política. Si Trias no tiene clara esta cuestión es que el alcalde de Barcelona no entiende el papel de las asociaciones de vecinos. El Ayuntamiento convergente incluso ha llegado a recriminar a la FAVB que el carácter crítico de su revista, Carrer, ha cruzado líneas rojas que invalidan ayudas y subvenciones municipales. Eso pasa ahora y también ocurrió cuando el alcalde era socialista, pero la diferencia es que el ayuntamiento de izquierdas compartía códigos con el movimiento vecinal que les permitía entenderles, pero este ayuntamiento de CiU no entiende a los barrios, no entiende lo que significa el movimiento vecinal. Un ejemplo: Francisco Narváez, concejal socialista, era silbado durante el pregón de la fiesta Mayor de Poblenou, pero aguantaba, daba la cara. A Eduard Freixedes, actual concejal de CiU, no se le puede silbar porque no asiste al pregón.

¿Futuro del movimiento asociativo?

Debe renovarse, rejuvenecer, aprovechar el capital humano y la experiencia que se ha mantenido a lo largo de los años y aprender a relacionarse en red con otras realidades sociales de la ciudad. Y continuar molestando, porque si algún sentido tiene el movimiento asociativo es continuar ejerciendo de conciencia crítica de la sociedad.

Un pensament a ““El movimiento vecinal debe molestar al poder””

  1. Muy interesante la entrevista y el contenido, había leído algunas cosas sobre la tesis, pero la entrevista permite un acercamiento más rápido y eficaz al contenido del libro.

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