El legado (de Jordi Pujol)

A pesar de los estragos del cambio climático, ya ha llovido bastante desde que en el verano inolvidable de 2014 Jordi Pujol hiciese pública su confesión ambigua y preventiva sin bajarse ni un centímetro del burro de su ego.

Josep Maria Cuenca
Escritor

Desde 2014, el catalán más influyente de las últimas décadas y su clan de parientes y compadres han ido ocupando de forma guadianesca portadas escritas y televisadas según el imperioso dictado de la rutilante actualidad. Así hasta el penúltimo episodio de la serie, protagonizado por Jordi Pujol júnior y su reciente cambio de domicilio, del oasis barcelonés a la austera Soto del Real que, ironías de la toponimia, antiguamente se llamaba Chozas de la Sierra.

El caso es que, tres años después del giro copernicano sufrido por la biografía de Jordi Pujol y lo(s) suyo(s), tengo algo más que la ligera sensación de que para la inmensa mayoría de quienes le juraron amor eterno (aunque sólo fuese por vía electoral) la figura del President apenas ha sufrido erosión negativa alguna. Se puede constatar a través de algunos integrantes del mainstream tertuliante e indígena, pero también ―y más sorprendente e hirientemente― entre vecinos, conocidos y saludados ajenos por completo al ejercicio de cualquier intelectualismo orgánico. Sea como fuere, el asunto ofrece un inmejorable indicador acerca de la atmosfera moral que respiramos día a día y que nos constituye sin disculpas posibles, sin inocencia. Y en este caso tampoco la ignorancia, por oceánica que sea, puede entenderse como un atenuante.

Jordi Pujol
En 1984 doscientas mil personas vitorearon a Jordi Pujol cuando apareció en el balcón del Parlament, después de terminar la sesión de investidura en la que fue reelegido presidente por una amplia mayoría absoluta / EFE

El repertorio verbal con el que se pretende neutralizar cualquier intento de afear la conducta moral e ideológica de Pujol y los suyos es amplio y variado. El más descarado ―y por ello escasamente formulado en público― es el que alaba al prohombre por haber escamoteado sus dineros al fisco hispano. A quienes defienden semejante “idea” disfrazándola de audacia militante, ni se les pasa por la cabeza señalar que dichos dineros son de origen público y que, por tanto, el escamoteo en cuestión afecta tanto a la Hacienda con sede en Madrid como a ellos mismos. Un día de estos habrá que calibrar si no estamos ante el primer caso en la historia de la humanidad en que los atracados elogian a su ladrón.

Otro argumento jibarizado y muy extendido en defensa del ídolo ahora tambaleante consiste en ponerse técnicamente estupendo y afirmar con voz segura de sí misma que todavía no se ha demostrado que Pujol haya cometido algún delito. Se trata de un enunciado que presenta dos notorias vías de agua, una diacrónica y otra sincrónica. La primera: basta con conocer dos o tres episodios de la vida del protagonista (por ejemplo, su gestión empresarial del sello editorial Destino o su gloriosa etapa como banquero patrio) para no permitirse dudar con facilidad de su propensión al chanchullo y de su insaciable ambición política, ambas inveteradas. La segunda (vía de agua) resultaría chistosa si no fuese escandalosamente arbitraria: sólo con respecto a Pujol cabe ponerse exquisito y exigir pruebas “definitivas”, pero no en lo tocante a aquellos casos de corrupción en los que estén implicados adversarios políticos.

En fin, que los indicios razonables, las pruebas parciales, las informaciones contrastadas y las convicciones morales construidas desde la sensatez y no desde el estómago a veces bastan, pero no siempre. Por no bastar, en este caso no es suficiente ni siquiera una confesión pública. En este punto me resulta irresistible evocar una anécdota personal, cuando en el año 2010 estuve presente en una conversación informal de un grupo de siete u ocho personas entre las cuales se hallaba la hija de uno de los hombres de máxima confianza de Jordi Pujol en el frente cultural. Dicha mujer, avanzada la tertulia, alzó la voz y muy solemnemente dijo estar dispuesta a poner la mano en el fuego por la hija de Millet, cuando esta aseguraba no saber nada de los tejemanejes de su progenitor.

Ahora bien, en la defensa del longevo sucesor de Tarradellas la añagaza que se está difundiendo con mayor éxito no es ninguna de las expuestas hasta aquí. Es otra bien distinta que, en la trastienda de su sofisticación, oculta una indigencia intelectual y ética ciertamente pasmosa. Se trata del recurso a la alusión (muy esquizoide, por lo demás) al legado político pujoliano. Alusión cuyo despliegue básico es el siguiente: “Es preciso distinguir entre el Pujol imputado y su legado, entre el individuo y su obra política; son dos cosas completamente distintas”. Los menos lacónicos, dicho sea de paso, suelen adjetivar “legado” para que así el sustantivo no duerma el sueño de la razón en soledad, por lo que le adjuntan: “espléndido”, “magnífico” o, en el caso de los más pusilánimes, “notable”. Bien estaría que alguno de los subscriptores de la posición ahora expuesta describiera un poquito el legado presidencial que dice percibir; que indicara en qué obra perceptible se puede localizar; en qué día, a qué hora y dónde se materializó.

Finalizada la década de los noventa del siglo pasado (qué lejos suena, y sin embargo qué cerca está todavía), pasé una larga temporada entrevistando a gentes que formaron parte de los primeros gobiernos democráticos de otros tantos municipios catalanes; gentes que militaron en todos los partidos con representación parlamentaria. Más allá de peculiaridades individuales, al evocar su experiencia en la gestión política, todos coincidían en una cosa: en aquel momento, todo estaba por hacer. Y lo hicieron. Con mayor o menor pericia; con comisiones o sin ellas; con motivaciones sinceras o impostadas: la piscina pública, el pabellón deportivo, la biblioteca municipal, el dispensario, la perrera, el asfaltado de muchas calles, los semáforos en las esquinas y en los cruces… Algo similar le tocó llevar a cabo a Pujol en la Generalitat. Pero hoy sabemos que no se limitó a realizar lo que ejecutaron los demás; también perpetró ciertas osadías, prolongada y tranquilamente. Y todo al mismo tiempo y desde la misma posición, de forma indisociable.

Jordi Pujol

Me pregunto si quienes loan el legado fantasmagórico del señor Pujol también disculpan a Hitler porque bajo su psicótico y sanguinario mandato miles de alemanes salieron del paro y la miseria; o si consideran excusables las purgas criminales de Stalin porque nos legó la victoria ante los nazis en la Segunda Guerra Mundial. En cualquier experiencia social un todo no puede ser nunca la mera suma de las partes. Por la sencilla razón de que estas, necesariamente, solo existen como una totalidad si están articuladas entre sí.

No creo que quepa oponerse a simplificar cuando se trata de enunciar una opinión política o periodística (es más: resulta inevitable por razones de “formato”), pero sí a las simplificaciones partidarias y/o directamente ignorantes. De manera que, puestos a simplificar, por qué no decir que si Pujol dejó algún legado perceptible y eficaz no ha sido otro que el de una televisión de titularidad pública cuya orientación ideológica no ha tenido jamás en consideración a más de la mitad de los ciudadanos que la financian (y, aunque el matiz resulte inútil a los ojos de los recalcitrantes, no lo digo por motivos lingüísticos). Se trabaja mucho mejor tras construir socialmente la ficción de que el expolio local se debe a manos forasteras. De ahí una de las fragilidades programáticas y morales más sobresalientes de los capitanes del Procés. Se mire por donde se mire, no es de recibo hablar de la decadencia actual de Cataluña sin incluir en sus causas el legado (el tangible y comprobable, no el metafísico y emocional) de los gobiernos nacionalistas que iniciaron su singladura en 1980 y, para infortunio de casi todos, aún no la han concluido.

8 pensaments a “El legado (de Jordi Pujol)”

  1. Per a completar el fil argumental d’en Javier i seguint l’anàlisi que fa Antonio Baños en el seu últim llibre afegiria les següents consideracions: A Catalunya en els últims 40 anys hi hagut dues faccions burgeses oposades: la catalanista i la “progre”, és a dir, la burgesia que tenia un projecte català per a Espanya i la que volia aplicar un model espanyol a Catalunya. Sobre la primera se’n ha parlat molt, però ben poc o gens sobre la segona.

    La segona o “gauche caviar” va optar per emmascarar-se i fer veure que no tenia res a veure amb les quatre-centes famílies que constitueixen la troca del poder al país. Vestits com a pobres, parlant dels pobres, però mantenint les feines i les influences dels rics. Passada la joventut aquests “criptopijos” van tornar als seus llocs i als seus mètodes habituals: els despotisme il·lustrat pels afers públics, el lucre privat i la construcció d’un hedonisme que desmobilitzaria les classes inferiors amb el miratge del luxe democràtic. Eren anomenats, amb to sarcàstic, pel historiador Josep Termes, els “marxistes-lerrouxistes”.

    L’habilitat dels “gauchistes” per a mantenir a l’imaginari popular una imatge amable d’antifranquisme de gintònic era suportada per una cort d’escriptors i periodistes a sou que van crear el “lobby” de “xarneguisme il·lustrat”, la mitologia del bon espanyol perifèric explotat pel malvat català que justificava una Catalunya lligada a Madrid per evitar que les classes populars fossin devorades pel catalanisme inevitablement dretà (i racista), un imaginari que encara ara, el 2017, i de manera agònica, han intentat rescatar els nostàlgics d’aquella guerra freda catalana, els Comuns i els seus pregoners. L’èxit innegable d’aquest doble joc és que, tot i tenir entre 70 i 80 anys, han aconseguit que encara se’ls anomeni “fills de la burgesia”, i no pas “burgesia”. Encara que a Barcelona han protagonitzat una de les operacions d’especulació immobiliària més bèstia que es recorden.

    S’ha parlat molt de la decadència de la vella burgesia a partir del cas Pujol. Però molt menys (i no és casual) del que significa per a l’altra facció burgesa la imputació i el currículum cobdiciós de l’altre gran mariscal de la burgesia, Narcís Serra. I és evident que en Jordi i en Narcís pertanyen a la mateixa troca del poder. Resumint molt: Pasqual Maragall va anar a la mateixa escola que Roca, Millet i Pujol (Virtèlia).Els Maragalls i els Millet estiuejaven plegats. Serra és fillol de Narcís de Carreras, president de la Caixa, i pare de Francesc de Carreras, home del PSUC desencisat que quan abandona la lluita dogmàtica contra el catalanisme funda “Ciudadanos”, partit constituït per quadres de saltataulells d’aquesta mateixa burgesia i buròcrates de nivell mitjà del Reino.

    I per acabar d’entendre tot plegat no és suficient assenyalar amb el dit a la burgesia que Maragall va denunciar com a lligada al 3%, perquè en l’època dels dos tripartits cap escàndol d’aquesta facció burgesa va sortir a la llum, mentre que els “bussines friendly” d’IVC i PSC continuaven amb tendinitis i problemes al túnel carpià de tant signar compulsivament permisos d’hotels, requalificacions, obres inútils i pasta per als amics.

    I la gran burgesia espanyolista, personificada en el “lobby” del Punte Aereo ha funcionat a base del “divide et impera”, tant per mitjà de “condottieri” del portland (FCC, ICS) com de la materixa aristocracia burocràtica espanyola i així ha pogut governar el Principat sense ensurts fins a principis del segle XXI.

    Com deia Jules Renard “els burgesos són sempre els altres”

  2. Después de leer este articulo, lo encuentro duro pero justo. Sin embargo, quería añadir algunas matizaciones. La primera si ud. habla de legado, yo no hablaría de un legado personal, sino del espectro ideológico que ha pertenecido el sr. Pujol y su familia, el de la derecha catalana. Muchos, cuando atacan a l´expresident parecen olvidar a qué ideología pertenece y que carece de contexto el desarrollo de su acción política. Para empezar este individuo era/es un hombre conservador. Parece que olvidamos qué es la derecha catalana en su construcción intelectual, desarrollo político, sus odios y sus medios. Y Jordi Pujol, en concreto, ya en su etapa de opositor al franquismo no ocultaba su conservadurismo. Él demostró con su conservadurismo que las ideas de Prat de la Riba estaban aún vigentes a pesar que la mayor parte de esa derecha había hecho esa renuncia debido no sólo a la violencia de la Guerra Civil, sino para obtener la indulgencia de un ejército, el franquista, que era la garantía de la vuelta al orden tradicional, de asistir a misa y dedicarse al sus negocios. No cabe duda que Pujol supo construir, al menos en Cataluña, una alternativa no de izquierdas al Franquismo.
    Y es en la falta congénita de generosidad y de flexibilidad de una derecha catalana, frente a su rival, la izquierda catalana, donde debemos ver el auge del pujolismo. Durante el franquismo y gran parte de la Transición, la izquierda, con el PSUC en la cabeza, mostró un dinamismo y imaginación reivindicativa, al menos en lo que es Barcelona y su área metropolitana que la preocupaba. La Transición, por mucho que se diga, era profundamente anticomunista y se temía la italianización de España y por apendice de Cataluña (en su recién instaurado gobierno autonómico). Era necesario buscar un antídoto a esa situación y Jordi Pujol y su recién creada Convergencia, era una alternativa respetable para la derecha catalana de entonces. Eso explica la sorprendente victoria de Jordi Pujol en las elecciones catalanas de 1980.
    Pero paralelamente, la antaño visible izquierda catalana con el PSUC y el PSC durante la Transición empezaron a presentar síntomas de agotamiento ideológico debido a la crisis económica de los años setenta (no supieron analizar y entender la profunda crisis estructural del capitalismo de entonces) como también padecían el desgaste de acceptar las condiciones para su legalización que los posfranquistas les impusieron. Si a ello añadimos la falta de liderazgos carismáticos capaces de medirse al desafío pujolista, lo cierto es que el juego político catalán autonómico quedó empobrecido y a merced del nuevo presidente. Un vacio que duró años.
    A estas fuerzas del destino si se le suma uno de los defectos de la política catalana, como es el característico personalismo encarnado por los líderes de las formaciones políticas de todos los espectros ideológicos catalanes, no debería extrañarnos el comportamiento político de Pujol que actuó como una espercie de nuevo Macià tanto dentro de su partido como en su actuación política en la política catalana como española. Además, tampoco al poder central español, no le iba mal la presencia de un personaje que apostaba en el fondo por el autonomismo y el intervencionismo en la política española, como destino de Cataluña dentro de España.
    Con esta exposición quiero que los lectores entiendan que si Jordi Pujol pudo gobernar durante ventitrés años no fue sólo por un sutil engaño y seducción a los catalanes, sino a las contradicciones históricas de una sociedad catalana que no sólo son políticas (izquierda-derecha) sino culturales e incluso geográficas (comarcas-Barcelona). Si no se entienden esas contradicciones, la mediocridad política de los rivales durante aquellos años, y el consenso básico que obtuvo de la mayor parte de la derecha catalana entorno a su figura, se hace difícil entender esta figura. Para mí, el principal legado de Pujol es poner de manifiesto no sólo la poca generosidad e inflexibilidad de la derecha catalana, sino su propia corrupción. Entiendo que para el que ha redactado el artículo, el sr. Josep Maria Cuenca, es fácil demoler esos cimientos porqué no es pujolista, pero para gran parte de la derecha catalana no es fácil desdecirse de un personaje que les ha mimado durante mucho tiempo permitiéndoles controlar el poder autónomico desde sus inicios con relativa comodidad.

  3. No conec cap espanyolista – autodenominat anti-nacionalista “faltaria plus”- que hagi deixat de ser-ho, o que ni tan sols s’ho hagi plantejat,
    a causa dela immensa la fosa sèptica espanyola.
    Alguns diuen que la TRANSICIÓ va ser més aviat la SUCCESSIÓ….

  4. Aquí la corrupció fa olor d’eau de CARRINCLONRIA i en el borbònic Reino de España de gansterisme pur i dur.

  5. Escoltant algunes reaccions d´incredulitat davant la darrera notícia relacionada amb la familia Pujol, l´esperpèntica carta de la Sra Marta Ferrusola , seria necessari recordar que aquesta senyora va tenir durant molts anys un programa setmanal a Catalunya Radio. Suposo que el nivell i els temes tractats haurien de ser massa diferents al que demostra la nota de la Mare Superiora i el missal, com no ho era el nivell que demostrava cada vegada que se li feia una entrevista convidava a opinar de qualsevol cosa. Ningú dels que ara s’esquinçen els vestits sentien “verguenza ajena”. Recordem l’elogiós comentari del seu marit: “Això és una dona”, coretjat i repetit durant molts anys per tants admiradors.
    Certament aquesta és la deixa més important, la que perdurarà en el temps, el legado, que ens queden d’aquells llargs i foscos anys, amb tantes complicitats, actives i passives, la desorientada i desubicada Catalunya actual. La de “l’avi Florenci” pecata minuta i ni extraòrdinaria ni excepcional en el nostre entorn.

  6. Suposo, Antoni, que com jo deus anar ensopegant amb freqüència variable amb persones que defensen Pujol en els termes que exposo en el meu articlet. I que no hi falten “progres” i gent d’esquerres “de tota la vida”. I això és el que produeix estupefacció. Perquè no crec que ni a tu ni a mi ens sorpregui el que puguin dir una tieta o un avi convergentons; de vegades, fins i tot em resulten entranyables.

    La degradació derivada de la despolitització universal (constatable aquí, a França i arreu, i que es manifesta com una “performance” grotesca incapaç de bastir el més mínim argument racional) ens ha dut a la nostra actualitat tristíssima i inquietant. Ens esperen temps prou durs; de fet, ja hi som. I nosaltres estem en el racó de món privilegiat…

    Moltes gràcies pel teu comentari i una abraçada,

    Josep Maria Cuenca

  7. Completament d’acord. El seu legat polític i de tota mena, per a mi no va variar després de la seva falsària autoconfessió. Sempre el vaig trobar desastrós, inclòs quan molts encara li reien les gràcies.
    Salutacions
    Antoni Seguí

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