El juego medio

En ajedrez, como todos saben, el juego comienza con la ‘apertura’, Los unos tienen algo de ventaja y los otros algo de desventaja, pero la vida es así. En este punto no se trata de ganar, es demasiado pronto para eso, lo que hay que intentar es colocarse de tal manera que se compense la ligera desventaja de partida, o que se mantenga la que se tiene… En esta fase no se gana, pero, si se hace mal, se pueden poner las bases de una cruel derrota.

Ir a ganar es lo que se hace en el ‘final de partida’. El que llega ahí con ventaja tiene que echar toda la carne sobre el asador y no pifiarla. El que llega mal sabe que está condenado, pero debe defenderse como un gato panza arriba por si su rival tiene un desliz.

Los ajedrecistas saben, porque lo dijo un gran maestro hace muchos años, que  afortunadamente, entre la apertura y el final el buen Dios puso el ‘juego medio’. Ahí es donde, con la ligera o ligerísima ventaja o desventaja con que se sale de la apertura, hay que demostrar que uno sabe lo que se lleva entre manos: analizar, combinar, desarrollar los principios estratégicos, usar recursos tácticos… y prever lo que podría pasar en dos, tres, cinco, diez jugadas si… y si… En resumen: jugar.

Y aún hay una pequeña, rápida e importantísima fase después del medio juego y antes del final: la ‘simplificación’. Cuando ya nadie ve la posibilidad de hacer un movimiento posicional coherente llega la ‘ruptura’, y ambos contendientes se lanzan como tigres: come – comes – como – comes – como – comes… Al terminar la carnicería se evidencia quién ha sabido desarrollar mejor el medio juego y quién ganará el final de partida… si no la pifia en el último momento.

Tenemos en marcha dos partidas apasionantes: las de Grecia y Cataluña. Ambos jugadores salían con negras –ligera desventaja– pero la chapucería  de sus contrincantes y su propia audacia en la apertura les llevaron a igualar la situación. Estamos lejos de los finales de partida. Han comenzado los juegos medios. Y ambos jugadores van por mal camino…

Grecia, después de rematar la apertura con osadía, se encoge; y, en vez de los movimientos razonables –recortar el ejército, marcar tareas sociales para todos los que no trabajen, implantar procedimientos civilizados en la administración… – discute décimas de porcentajes y no entra a hablar descaradamente con el FMI, si Europa no quiere hacerlo, sobre una quita del 50 %, para que se quede en el 30 o el 40… Mal juego medio llevan allí…

Cataluña, después de sacar a la calle a la intemerata en pleno júbilo, con su falta de habilidad secular, se ha liado en un estúpido juego autista de capillitas: Si somos el único pueblo de España que no podemos ponernos de acuerdo, por egoísmos cerriles, en una ley electoral estamos dando el mensaje de que necesitaremos manipuladores vicarios para sacárnosla cuando tengamos que mear. El actual campeonato de ocurrencias –me s’ha ocurrío que hagamos una lista en la que se alternen: los pares, políticos, y los nones, futbolistas…– está facilitando que los indecisos dejen de serlo – ¿Esos? ¡Vaya panda de chorras! Como para votarles… ¡Que les den!– Mal juego medio llevamos aquí…

Cuando llegue la simplificación, tanto en Cataluña como en Grecia, podemos temer una escabechina.

Y en ese caso el final de partida será lo de siempre: Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Especialmente si los buenos, además de pocos, son tontos.