El final de una forma de vida

Enrique Marí, agricultor jubilado de Alboraya, trabaja sus tierras cerca de la autopista V-21.

El abandono y el crecimiento urbano amenazan la huerta valenciana a desaparecer

Kristin Suleng

Una rígida red de acequias de uso milenario, una agricultura siempre avanzada, una seña de identidad. La huerta, un espacio de 12.000 m2 único en Europa, que envuelve norte y sur del área metropolitana de Valencia y cuarenta municipios de la comarca de l’Horta, ve amenazada su existencia ante la presión urbanística y el imparable abandono de los agricultores. Hoy l’Horta pierde el significado de su nombre.

Sus mil años de funcionamiento la han convertido en uno de los símbolos de la tradición hidráulica valenciana. Con 33 kilómetros de recorrido,la Real Acequiade Moncada demarca gran parte de la huerta norte de Valencia, desde Paterna hasta Puçol. «Este espacio no ha perdido fertilidad a pesar de su uso milenario, y tampoco se ha malgastado el agua. Aquella gente ideó un sistema de riego basado en el ahorro, no en el abuso», explica Vicent Sales, agricultor y geógrafo, mientras contempla la acequia a su paso por la zona del Convento de frailes dela Magdalenaen la localidad de Massamagrell. Cerca de allí, una casa de propiedad privada conserva el único molino con balsa de agua de toda la comarca de l’Horta.

La red de acequias ha definido durante siglos el carácter único de este espacio agrícola. A partir del modelo islámico, el río Turia se dividía de manera proporcional y la acequia de Moncada llegaba a las alquerías y pueblos mediante un reparto de tipo tribal. Con sus derechos feudales, los cristianos convirtieron aquel sistema equitativo en una desigual partición a tanda. Como en otras poblaciones de la huerta norte, por Massamagrell ahora el agua corre al corte cada quince días.

Cambios en la huerta
Pero el paisaje de las acequias sucumbió hace tiempo a los cambios de la modernidad. En las afueras de Massamagrell crecen las urbanizaciones donde hace unas décadas se alzaban varias cebolleras. Por las vías de huertos se encuentran las ruinas de esos pequeños almacenes, testimonios de un pasado dorado en el que las cebollas enriquecieron a muchas de las familias acomodadas de Valencia. «A principios del siglo XX el precio de la cebolla de la huerta valenciana marcaba junto a la del delta del Nilo el precio de Londres, y cuando aquel río sufría una catástrofe climática, Valencia se forraba», destaca Sales al recordar los tiempos en los que la cosecha de la cebolla valía más que el propio campo.

Nuevos paisajes y también nuevos cultivos. Las huertas de uso intensivo como el tomate, la col o el melón han desaparecido. Los labradores prefieren cultivar patatas, alcachofas y chufa para gastar menos tiempo en el cuidado de sus campos. Desde los años 50 y 60, la industrialización redujo en toda España la cantidad de empresas agrarias, pero el campo valenciano evolucionó al contrario: aunque el número de agricultores cayó hasta el 3%, los minifundios no cesaron de aumentar. «Gracias a los pequeños propietarios todavía existen campos perfectamente arreglados, porque su dedicación es a tiempo parcial y sus pérdidas son relativamente menores. El agricultor de extensiones de cuatro o seis hectáreas es el que se va», observa Sales.

Entre los huertos de naranjos que rodean Massamagrell se distinguen amplias parcelas abandonadas. El agua de las derivaciones de la acequia ya no entra en muchas huertas. «Tancar els portells» –cerrar las portillas– es la expresión que utilizan los agricultores cuando dejan de cultivar. Desde 2006 la acequia de Moncada ha dejado de regar más de 800 hectáreas. Para Sales, el abandono es el factor más lamentable de la desaparición de la huerta. «Todos pensamos que el urbanismo iba a destruir la huerta. Aunque ha hecho su papel, ahora hemos entrado en otra fase, en la del abandono, y esto es mucho más triste que lo anterior, porque la gente que podría dinamizar la huerta se está yendo», comenta ante un campo abandonado en el que la maleza apenas deja ver lo que antes fueron plantas de alcachofa.

Sales es uno de los 16 agricultores profesionales de Massamagrell que cotizan enla Seguridad Social.De familia de agricultores y comerciantes, su bisabuelo fue el primero en establecer el negocio del abono desde Sagunto hasta Alboraia. Pero en los años 70 Sales cerró el negocio.

Aunque su pasión es el campo, sus otras ocupaciones no le permiten atender siempre sus campos de naranjas Navel navelate. Al igual que Sales, muchos propietarios recurren a personas como José, el guardia de la acequia. José forma «colles» o cuadrillas de mano de obra dispuesta a lo que en la zona llaman «aclarir els camps» –limpiar de rastrojos los huertos.

 De agricultores a constructores
Además de mantener sus huertos de naranjas, Sales ha vivido la otra cara que devora a la huerta actual. El Plan General del Organización Urbana (PGOU) calificó como urbanizable parte del terreno que él y su familia tenían de su patrimonio agrícola. Ambos optaron por la autopromoción, poseen el 15% de la sociedad constructora y han cedido al ayuntamiento 3.000 m2 de suelo público y 10.000 para la construcción de un polideportivo. «Muchos de los campos abandonados muestran cómo algunos agricultores se han quedado con la expectativa de vender, pero ahora el cambio de legislación del suelo ya no se lo permite, y por eso prefieren dejarlo abandonado», asegura Sales al señalar los huertos próximos a la zona urbanizada.

Por el camino de los huertos de naranjos Sales se refiere a los campos con nombre y mote: «Este huerto es de Rafel El Sapo, que por cuestiones de edad ya no puede atender sus campos, y sus hijos tampoco van a dedicarse a la huerta». En Les Filetes, una conocida área agrícola de Massamagrell, el abandono es de otro signo. En lugar de agricultores que dejan el oficio por las constantes pérdidas, la mayor parte de los propietarios son empresas constructoras. Entre 2003 y 2004 el precio del suelo agrario en Valencia alcanzó más de 2.000 euros por metro cuadrado, cuatro veces más que la media estatal. «Pocos agricultores pudieron resistirse a los cantos de sirena de las constructoras», ironiza Sales.

El propio Sales tenía un terreno en Les Filetes y lo vendió a una inmobiliaria que cerró en 2008. Ahora ve cómo en su antiguo campo crecen las malas hierbas en los bajos de los naranjos. Según Sales, esta zona muestra la estrategia que se ha utilizado para las reclasificaciones: «Con la compra de varios terrenos las inmobiliarias generaron expectativas en los otros propietarios y así pensaron que podrían influir en las decisiones del ayuntamiento sobre los espacios a urbanizar, pero ahora la zona goza del nivel de máxima protección y ya no saben qué hacer con los campos».

Cerca de la autopista V-21, la que une Valencia con Sagunto, Enrique Marí trabaja sus pequeñas parcelas de tierra fina procedente de la playa dela Patacona. Asus 71 años este labrador jubilado de Alboraia se resiste a abandonar la actividad con la que siempre se ha ganado la vida. Marí pertenece a la cuarta generación de agricultores de su familia, pero tiene que admitir con resignación que ninguno de sus tres hijos continúe la tradición familiar. Lejos quedan aquellos años en los que debía ocuparse de seis toros y treinta campos, en los que lograba cultivar hasta cuatro cosechas en un mismo campo para poder vender todos los días en el Mercado de Abastos de Valencia. Marí recuerda que hace 40 años el precio del kilo de la patata para plantar le costaba 10 pesetas, mientras el precio del kilo de ese tubérculo en el mercado valía 12. «Hoy el kilo de la patata para plantar nos cuesta un euro, y la vendemos a 20 céntimos. Ya no se puede vivir del campo», lamenta este agricultor jubilado.

La tradición desaparece
Al igual que Enrique, la mitad de los 400 agricultores que trabajan en la huerta de Alboraia son jubilados. «Continuamos trabajando porque la pensión no es suficiente para vivir y porque sentimos un gran apego por la huerta, es de lo que hemos vivido siempre. Abandonarla nos dolería mucho”, comenta emocionado mientras pasea por sus parcelas de huerta. Aunque no posee la fuerza física de su juventud, el cuidado de sus campos es una preocupación vital. Su entrega recuerda más bien al tacto de un jardinero abnegado por la limpieza de rastrojos y la rectitud de los márgenes y caballones.

Una imagen de San Isidro, patrón de los agricultores y de Alboraia, custodia la sala de reuniones del Consell Agrari. Desde hace más de diez años Marí preside esta institución pública encargada de asesorar y gestionar los problemas de la agricultura de la zona como las plagas, la parcelación y la vigilancia de los campos de huerta. En la década de los 70 el número de miembros del Consell oscilaba entre 800 y 900. Hoy cuenta con 160 socios. El más joven de ellos tiene 35 años y compagina el trabajo agrícola con otro empleo.

La arquitectura de la huerta
Junto a las barracas y las casas de labrador, las alquerías forman la arquitectura que ha diseñado el paisaje de la huerta durante siglos. A pesar de las constantes amenazas de derrocamiento, algunas alquerías han conseguido sobrevivir como edificios públicos o gracias a la iniciativa privada. La alquería del Magistre es una de las construcciones mejor conservadas del siglo XII en Alboraia. Rodeada del manto verde que forman los campos de chufa, El Magistre pertenece a la familia Vargas, que ahora vive en Madrid. Desde mayo de 2007 la alquería ha encontrado una salida económica a través de las visitas de grupos y celebraciones de eventos.

Una campana en la fachada principal recuerda a Elvira Moreno, la casera de la alquería, la antigua función del edificio. «Antes vivía mucha gente en las alquerías, porque se tenía que trabajar los campos de alrededor. Esta campana servía para llamarlos a comer o para ir a la misa con los dueños», explica esta vecina de Museros. El Magistre actual permite a los visitantes pasear por la huerta tradicional a través la exposición de las herramientas que han trabajado la tierra hasta que llegara la mecanización. Las lámparas de aceite por los pasillos, la azulejería típica de color verde en la cocina y el piano que reina el salón son algunos de los objetos que se conservan en las distintas dependencias, por las que se ofrece un recorrido que se completa con la visita del Museo dela Horchatay la granja.

A pesar de encontrarse en una de las zonas de mayor densidad de población de Europa –localidades vecinas como Benetússer cuentan con 16.000 habitantes por km2–, Picanya conserva en l’Horta Sud uno de los espacios más privilegiados de toda la comarca. Un paseo en bicicleta por los caminos de los huertos permite contemplar el paisaje idílico que forman las diez mansiones de huerta rodeadas de amplias extensiones de naranjos.Villa Delia, conocida como Hort de Barral, pertenece a ese escogido grupo de construcciones de finales del siglo XIX. La propietaria, Delia Barral, es bisnieta de José María Coll, uno de los primeros exportadores de la naranja de Valencia a Europa. Barral añora las temporadas de gloria que la naranja proporcionó durante años a su familia. Recuerda los brindis con champaña y las reuniones familiares en torno a una paella para celebrar el éxito de las naranjas en el mercado extranjero: «En esos tiempos llegábamos a vender la arroba de naranja por 700 o 900 pesetas, pero ahora casi tenemos que pagar para que nos la recojan».

Al igual que antes lo hacía la naranja, las bodas y los eventos mantienen los gastos de Villa Delia. Con una portada de estilo neogótico, la capilla acoge el misticismo de una antigua y delicada talla dela Virgende los Desamparados, expuesta sólo en ocasiones especiales. En el jardín señorial, joyas botánicas como cedros, palmeras y acacias con espino recuerdan a los jardines de Monforte de Valencia. Cada generación de la familia ha participado en el esfuerzo de conservación de un patrimonio único de la huerta valenciana. «Aunque a veces la casa nos vence, el valor sentimental tiene un gran peso para nosotros. Pero hay muchas familias que han preferido abandonar sus alquerías y masías para irse a Ibiza», lamenta la propietaria de Villa Delia.

«Este tipo de paisaje nació a finales del siglo XVIII en Alzira y Carcaixent con la adopción del naranjo como cultivo comercial y se extiendió un siglo después por toda la zona de costa desdela Planade Castelló hasta la comarca deLa Safor», explica Adrià Bessó, especialista en la arquitectura de estas mansiones de l’Horta Sud. En busca de una pasado idealizado, la burguesía de Valencia encabezó la primera gran transformación de los campos de hortalizas en huertos de naranjo para afincar sus mansiones de segunda residencia. A diferencia de las típicas casas de labrador a las orillas de los caminos de huerta, el gusto burgués buscó intimidad y aislamiento al emplazar las construcciones en el centro de sus propiedades.

¿Salvación para la huerta?
Cultivos de azafrán en el pasado, cúmulo de suciedad y desperdicios en el presente. Entre los municipios de Picanya y Torrent, la huerta abandonada se extiende por la zona conocida comola Partidadel Safranar, un conjunto de 15 hectáreas que esperan la construcción de una urbanización de 10.000 viviendas, la mayor parte de protección oficial. Como el Safranar, otras poblaciones de l’Horta Sud sufren la desaparición de sus fragmentados campos de huerta.

Para José Manuel Almerich, geógrafo especializado en el paisaje dela Comunidad Valenciana, el sur se ha llevado durante décadas la peor parte de las agresiones a la huerta de Valencia. La fecha clave fue la riada de 1957. «Para evitar que el Turia volviera a salirse del cauce, el proyecto escogido fue el Plan Sur, una obra muy impactante que destruye cientos de alquerías y deja una huerta ya muy desmembrada», explica este geógrafo de Torrent. La construcción creciente de polígonos industriales, el aumento de población del área metropolitana y la polémica ampliación del puerto de Valencia con la aprobación de Zona de Actividades Logísticas (ZAL) –que afectó a más de 700 propietarios– son ejemplos de una huerta condenada a desaparecer. «El último mazazo ha sido la construcción del AVE», añade Almerich. El trazado del tren de alta velocidad ocupa a su paso por Alaquàs y Xirivella lo que antes fueron 350 hectáreas de huerta.

En Torrent, una antigua casa de labrador acomodado acoge el Museo de l’Hort Sud. Adrià Bessó es el responsable de este museo en recrea al visitante el pasado reciente de la huerta. En la andana, el piso superior que sirvió de secadero y de especulación del precio de los productos, se exponen las antiguas herramientas de conreo que han desaparecido en la agricultura actual. «L’Horta ha sido siempre un espacio económico caracterizado por ser una huerta avanzada. Es ahora cuando ha perdido su carácter avanzado, porque no se ha producido el cambio generacional», explica este experto de Torrent.

Como el museo de l’Horta Sud, otras instalaciones de la comarca exponen las reminiscencias de una tradición que desaparece, la de la huerta, un espacio único que hace más de diez años el informe Dobris dela Agencia Europeade Medio Ambiente comparó con otros cinco casos en todo el continente. Tras casi tres décadas de gobierno autonómico sin una planificación territorial vigente para todo el País Valenciano, en junio de 2010la Generalita Valencianaaprobó el Plan de Acción Territorial de Protección dela Huertade Valencia, con el que se pretende atender a las iniciativas locales para salvar un paisaje genuino valenciano. A la espera de soluciones, la huerta intenta sobrevivir para no convertirse en una pieza de museo.