El fin de la clase media española

Foto de Daniel Parreño

Esteban Hernández (*)

“Prefiero triunfar en mi vida antes que en mi profesión. Quiero centrarme en mi relación, tengo ganas de trabajarla y de cuidarla”. El silencio que sigue a esa afirmación, que apenas dura seis o siete segundos, se hace largo. A., una profesional liberal que acaba de cruzar la treintena, me hace esta reflexión en el tren, de regreso a casa, después de muchas horas en un trabajo en el que cada vez disfruta menos. Su tono no trasluce gran ilusión; más bien denota cierto cansancio, nacido de la sensación de que su vida no está marchando como había imaginado. A. está sopesando marcharse de Madrid y regresar a su ciudad natal, donde le espera una pareja con la que lleva año y medio de relación, aun cuando las oportunidades laborales que encontrará en su retorno no parecen muy atractivas.

No es extraño que A. vuelva los ojos hacia las cosas que entiende verdaderamente importantes, como el amor, en un mundo que se está volviendo demasiado sombrío. En las épocas de crisis el viraje hacia valores afectivos parece una de las constantes:en la medida en que el exterior genera malestar e insatisfacción, más procuramos cuidar el bienestar mental, y más aún el sentimental. Las relaciones de pareja, la familia, los amigos íntimos o las pequeñas comunidades se nos muestran como lugares acogedores en los que refugiarse de las inclemencias de la realidad. En el caso de A., lo que parece no funcionar son sus expectativas laborales, algo muy común en muchas personas de su generación, que esperaban una trayectoria profesional más satisfactoria, en remuneración y visibilidad. La promesa latente en la que se criaron (“Fórmate y llegarás lejos”) se ha convertido en un empleo a menudo exigente, poco reconocido y mal pagado. La crisis, además, ha hecho que las pocas perspectivas de mejora se vean congeladas y que las posibilidades de salir fuera del mercado laboral se multipliquen. Pero ni siquiera esa amenaza latente parece ser un problema para A. Se trata, más bien, de la sensación de que por ese camino no hay nada para ella, de que no hay ningún trofeo que merezca la pena después de cruzar la meta. 

Una de las características más amargas de la crisis es que no sólo nos hace enfrentarnos a un presente difícil, sino que rompe todos los planes de futuro. De pronto, somos conscientes de que aquello que esperábamos para nuestra vida es muy probable que ya no vaya a suceder, que esa línea continua de progreso personal quizá invierta su dirección. Uno de los motivos que más ayuda al bienestar presente es pensar en nuestra vida como sujeta a procesos de mejora y es esa esperanza en tiempos venideros lo que la recesión está quebrando. Por eso el repliegue hacia lo familiar y afectivo no sólo tiene que ver con que vayamos en busca de ese calor que este mundo hostil nos niega, sino de que es producto de un desengaño acentuado en la posibilidad de cambio. Como A., muchas personas dudan de que las ideas de autorrealización que emite nuestra sociedad vayan a cumplirse en su caso, y prefieren apostar por sentir y vivir más intensamente todo lo que tiene que ver con lo sentimental: lo afectivo se convierte así tanto en el signo de un desengaño como en el de una renuncia. Es todo ese espesor vital el que se revela en el silencio de A. La veo mirar por la ventana, bajar la cabeza, y un par de segundos después, cambiar de conversación, como si no tuviese mucho sentido ahondar en el tema.

Foto de Dani Parreño

Su mirada transmite algo oscuro. Hay destellos de indignación y de cansancio, pero quizá el rasgo que les defina de un modo más preciso sea ese despecho típico de quienes se sienten engañados. Desde luego, es el sentimiento dominante hoy, cuando se han reunido  para protestar por los problemas que están teniendo para percibir sus honorarios. Son abogados adscritos al turno de oficio (ese mecanismo institucional creado para que personas sin recursos puedan contar con asistencia letrada en los procedimientos legales que les afecten), profesionales por cuenta propia que suelen pasar de los 40 años y que pertenecen a esa capa social de la que se espera que tenga la vida encauzada.

También lo esperaban ellos, ya que se criaron en la convicción de que la formación superior les permitiría ganarse la vida con cierta holgura (e incluso gozar de cierto prestigio social). Confiaban, además, que según fuesen cumpliendo años, irían ascendiendo escalones y asentándose profesional y vitalmente. Al fin y al cabo, era lo que habían visto en la generación de sus padres, muchos de los cuales habían logrado, partiendo de la nada, costear a sus hijos esa formación que ellos no tuvieron oportunidad de recibir. Para personas que habían crecido en ese contexto, la madurez era vista como la etapa en que terminaban de asentarse todos los esfuerzos personales y profesionales realizados a lo largo de la vida, un instante en que se podía empezar a mirar atrás y a contemplar con satisfacción lo ya conseguido.

Ahora ya no sólo saben que un título no garantiza nada, sino que están viviendo en su piel cómo esa versión lineal del progreso se ha roto por completo. Como me dice M., mientras sus compañeros protestan en la puerta del Colegio de Abogados de Madrid, “nos ha costado un montón llegar hasta aquí. Hemos trabajado mucho, pasando muchas noches de guardia yendo a comisarias lejanas a las cuatro de la mañana, incluso jugándote el físico, y todo para conseguir que tu despacho funcionara. Y ahora llegan y nos lo quitan todo”. M., una abogada en la treintena, habla de un conflicto que les enfrenta a la Comunidad de Madrid y que se sustancia en servicios que se cobran con más de un año de retraso, en una reducción de las tarifas por servicio prestado y de una disminución del número de encargos a realizar a cuenta de la justicia gratuita. Pero más allá de las reivindicaciones profesionales concretas, lo que M. me transmite es ese sentimiento de estar perdiendo el futuro compartido por buena parte de la clase media empobrecida que tan habitual se ha hecho en nuestras ciudades.

La clase media despreciada

Hablamos de gente cuyos problemas son poco visibles, a los que el resto de la sociedad contempla encogiéndose de hombros, como si se quejaran por nimiedades. No hablamos de gente que busca en las basuras para poder comer, ni de ocupantes de chabolas, ni de familias que han de vivir en la calle, esas situaciones típicas que conforman el imaginario de la exclusión social, sino de una clase media formada por comerciantes que han debido cerrar sus tiendas, por pequeños y medianos empresarios venidos a menos, trabajadores cualificados en paro y, como ocurre con los abogados, titulados universitarios que hoy no saben cómo saldrán adelante.

Son personas que están afrontando un descenso en su nivel de vida cuyas consecuencias superan con mucho la mera perspectiva material. Muchos de ellos tienen la sensación de haber hecho lo que debían, esto es, de haber cumplido con su parte (se formaron durante años, o invirtieron un dinero propio en poner en marcha un negocio, o trabajaron muchas horas al día para sacar adelante sus proyectos) para acabar tropezándose con un vacío inexplicable. Hay arquitectos que han montado empresas de pequeños arreglos, exdirectores de sucursales bancarias que conducen taxis  y abogados que trabajan sirviendo copas, ejemplos múltiples de ese paisaje de desclasamiento que tan común se ha vuelto en el horizonte del siglo XXI postcrisis.

Quizá por ello, su indignación, esto es, ese sentimiento de haber sido engañados, no se encauza hacia lugares concretos. El más común es la invocación en abstracto a la responsabilidad de los políticos, a quienes se visualiza como causantes del deterioro, pero se trata de una expresión sin demasiadas consecuencias políticas, más allá de esas conversaciones airadas en la máquina del café o en la barra del bar. Lo que sí resulta llamativo en el caso de los abogados de oficio es la insistencia con la que señalan a sí mismos, en tanto colectivo, como responsables últimos del deterioro.

“La gente pasa de todo, y así nos va”

Hablo con J.C., un abogado de hablar pausado y maneras de clase media alta, ese tipo de gente que piensas que nunca se verá involucrada en protestas como estas. Me cuenta que pocas cosas les son reprochables (se han formado cuando se les pidió, han prestado sus servicios cuando les fueron requeridos, realizaron inversiones para poner en marcha o mejorar sus despachos cuando fue necesario), salvo no haber sabido defenderse. Si las cosas van mal ahora no es a causa de malas decisiones, de falta de atención a su oficio o negocio o de una mala visión comercial, sino de haber ignorado colectivamente los problemas cuando comenzaron a producirse. “Somos profesionales liberales, y por tanto gente muy individualista. Trabajamos cada uno en nuestro despacho, no solemos juntarnos con otro compañeros salvo en los juzgados y carecemos de una conciencia común”. Pero esas explicaciones acerca de un carácter genérico rápidamente dejan paso, cuando otras personas se suman a la conversación, a una rabia apenas disimulada acerca de quienes formando parte del colectivo nunca han dado la cara. Si las cosas les van mal, es precisamente porque no han tenido el valor de plantear un conflicto abierto; el miedo a enfrentarse a quienes mandan ha hecho que, a base de pequeños cambios, el panorama les haya cambiado por completo. “La gente no da la cara. Pasa de todo. Y así nos va”.

Esas mismas críticas las pude escuchar hace ya cuatro años, en otra de las acciones que el colectivo llevó a cabo cuando el conflicto estaba iniciándose, y parece que no se ha avanzado mucho en ese camino. Pero lo relevante de este sentimiento persistente no está tanto en las consecuencias prácticas para el sector cuanto en lo que revelan de nuestra sociedad.  Los abogados de oficio forman parte de una clase media sujeta a eso que los franceses llaman desclasamiento, y a la que ni siquiera le queda el consuelo de pensar que las cosas van a mejorar. Muchos jóvenes saben que se mueven en malos tiempos, pero conservan la esperanza de que, en lo particular, el futuro les deparará algo brillante. Son conscientes de las dificultades, pero confían en que las cosas cambiarán de signo en algún momento. La gente de mediana edad sabe ya que los cambios, para ellos, serán a peor, y eso genera un malestar profundo que suele demandar culpables. Si el repliegue hacia lo afectivo que aparecía en los dilemas de A. tenía que ver, como señala el experto en comunicación política Antoni Gutiérrez-Rubí, con esa “añoranza de lo pequeño y lo conocido emanada del aumento de la frustración y de la desconfianza en que los horizontes colectivos sean compatibles o imprescindibles para el progreso”, este malestar flotante respecto de quienes son como nosotros (o, al menos con quienes compartimos intereses) abre la puerta hacia una sociedad peligrosa. Si no confiamos en los demás, y especialmente en quienes tenemos a nuestro lado, estamos quebrando fundamentos esenciales para la convivencia social, dirigiéndonos, como señala el catedrático de sociogía de la UNED José Félix Tezanos, hacia una “civilización que no comparte valores ni motivaciones y donde todo se vuelven simples particularismos”. O, dicho de otro modo, hacia una sociedad donde sólo podemos actuar de la forma más egoísta posible, como simples supervivientes.

 “Estamos perdiendo los valores: nos adentramos en lo desconocido”

“Soy un enredador profesional”. Lo que Óscar dice de sí mismo no debe ser entendido en su acepción más negativa. Sin duda, tiene cualidades de convicción y hace gala de ellas, pero se refiere sobre todo a su carácter de mediador, de persona que pone en relación a los demás. La crisis no sólo ha generado actitudes más individualistas, sino que también ha contribuido a activar estructuras colaborativas, empujando a un creciente número de personas con intereses similares a formar asociaciones y colectivos. Son la parte más concienciada de  esos “entornos de autoyuda, islas de solidaridad  y redes de proximidad” que, según el consultor políticoAntoni Gutiérrez-Rubí, están proliferando en este escenario recesivo.

Este énfasis en lo colaborativo y en las formas horizontales de relación es, sin duda, una de las novedades de la sociedad del siglo XXI, también en lo político. Los últimos movimientos sociales, 15 M y Occupy Wall Street incluidos, nacen de esta perspectiva, priorizando la interrelación, el diálogo y el acuerdo frente a las pirámides organizativas y a las imposiciones de los dirigentes. Estos nuevos modos de articular los colectivos no sólo surgen del cansancio frente a los partidos tradicionales y su frialdad jerárquica sino que están relacionados con el deseo de construir espacios que faciliten que valores más sinceros y “verdaderos” puedan asomar. Mucho de esto asoma también en el grupo de consumo al que pertenece Óscar, y que incitó (“enredó”) para que se convirtiera en realidad.

“Nos gustan las relaciones honestas”

Más allá del hecho de su voluntad de alimentarse de forma sana, lo que da cohesión a su  colectivo es un cierto compromiso con otro tipo de sociedad. Compran la carne de reses criadas sin ningún tipo de químico en la montaña asturiana “como una forma de contribuir a la preservación del medio ambiente, como acto de solidaridad con los paisanos que se han quedado a vivir en el medio rural y que cuidan de él”, y como un gesto de conciencia social aplicado a la vida cotidiana. Como explica Óscar, detrás de sus decisiones de consumo está “el deseo de extender un modelo de producción y relación que nos hace más libres. Aquí no hay mediadores que se llevan el dinero ni especulación con los alimentos, sino una forma de compra mucho más honesta. Somos un colectivo que hace esto porque nos gustan las relaciones directas y francas. Esto es lo que hay”.

Esta suerte de valores más inmediatos y verdaderos son especialmente anhelados en unos tiempos que percibimos interesados y hostiles. Encontrar refugios en los que cobijarnos de esa lluvia de relaciones instrumentales a que nos aboca la escasez se convierte en una opción muy valorada. También en ese sentido lo afectivo tiene enorme importancia. Hay que tener en cuenta que el peso de una realidad complicada no sólo nos hacer volver los ojos hacia entornos más protectores en lo económico, como puede ser la familia en los malos momentos, sino que vamos a la búsqueda de islas cotidianas en las que poder sentirnos mejor con nosotros mismos, lo que a veces es más probable con relaciones fruto de lazos de gustos e interés y no de parentesco.

Las actividades creativas se están nutriendo en gran medida de este impulso. Como me cuenta Esteban, músico veinteañero, el tiempo que comparte con su banda es importante porque le sirve como espacio de autorrealización. “A veces, durante un concierto, cruzo la mirada con el guitarra o con el bajista, y la conexión es tal que pienso que eso no me lo podrán quitar nunca. Da igual todo lo demás”. Los ensayos, las actuaciones, la misma composición, le permiten acercarse a un sentido del sí mismo que raramente aparece en las actividades cotidianas que debe llevar a cabo para sobrevivir. Además, al desligar la práctica de su afición de los aspectos puramente económicos y no poner esperanza en futuras rentabilidades (la música dista mucho de ser una inversión, más parece un vicio caro) puede delimitar ese espacio como de pura autoexpresión. No necesita ser otro allí: puede expresarse tal y como es y, en ocasiones, tal y como le gustaría llegar a ser. Sin embargo, también es consciente de que su lado creativo es un paréntesis, siempre corto, en una vida que a menudo se tuerce más de la cuenta.

Carlos Fernández, profesor de sociología de la universidad Autónoma de Madrid, compara esta clase de actitudes con tendencias similares “aparecidas en los años 70 cuando, después de un momento político muy fuerte, la gente se cansó de las malas noticias y de la imposibilidad de hacer realidad ciertos sueños, y se volcó en lo íntimo y en lo cercano. Pero hay una diferencia que empeora la situación y es que esa misma intimidad se muestra ya muy frágil”. Cita Fernández como mejor ejemplo el caso de esos jóvenes (o de esas personas de mediana edad) que, en un instante económicamente difícil, han buscado refugio en la familia, principalmente en unos padres que podían ofrecer una cierta estabilidad económica gracias a los recursos acumulados en las décadas de desarrollo precedentes. Ese mecanismo partía de una base según la cual si las cosas iban mal, habría un resorte de seguridad al que poder acogerse, esto es, habría alguien en la familia que estaría en una situación lo suficientemente estable como para proveer los recursos económicos necesarios. El problema, señala Fernández, es que nadie puede ya garantizar esa seguridad, porque la situación económica está dañando a todos los miembros. La crisis está haciendo que todos los anclajes que antes mantenían la fijeza se pierdan a una velocidad inusitada.

Tampoco el refugio en el ámbito colaborativo parece capaz de proporcionar la seguridad que la sociedad demanda. Estos entornos, como los define Gutiérrez-Rubí, son “archipiélagos sociales y de resistencia que carecen aún de la necesaria articulación social y política, y constituyen simples minifundios en contextos abiertos que conviven con identidades múltiples y conexiones globales”. Dado que no son la norma, sino la excepción, se convierten en simples parches terapéuticos que nos ayudan a seguir adelante.

La opción de último recurso

Las crisis no sólo provocan sentimiento de inestabilidad. Cuando las cosas se ponen feas, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos, extrayendo de la nada un valor extra con el que plantar cara a un entorno tan amenazante. La presión no sólo paraliza, también consigue que muchas personas se activen con una energía impensada. Ese ha sido el caso de aquellos que habiendo perdido el empleo (o habiendo abandonado un puesto de trabajo que no les satisfacía) decidieron jugárselo todo y montar su propia empresa. Impelidos por la crisis a dar una respuesta, eligieron aquello que conjugaba una cierta autonomía personal con una salida a los malos momentos. Ser el propio jefe no sonaba mal…

Poner en marcha un negocio (incluso cuando sólo consista en hacer negocio de sí mismo convirtiéndose en autónomo) es una situación muy exigente. Como me explicaJuan, un consultor en paro prolongado, el impulso primero es el de buscar un trabajo por cuenta ajena, y no sólo porque la crisis contribuya a retraer un poco más el impulso emprendedor. Para muchos profesionales, los trabajos que de verdad interesan sólo pueden encontrarse dentro de una gran empresa, y raramente la prestación de servicios como autónomo se convierte en otra cosa que en subempleo que conlleva muchas horas de trabajo y un salario incierto. Y si la opción es montar un negocio, tampoco el panorama parece muy propicio. En el pasado, me dice Juan, bastaba con encontrar un local en una buena zona, identificar las necesidades de ese área de población y dedicarle mucho esfuerzo. Desde las tiendas de ropa hasta las panaderías, pasando por quioscos de prensa o ferreterías, los pequeños negocios se montaban pensando en dar servicio a espacios acotados en los que se acababa por conocer a la mayor parte de los clientes. Pero hoy ese tipo de empresa está desapareciendo y tampoco han surgido oportunidades de negocio claras que faciliten el futuro a los pequeños emprendedores. Y como tercer elemento, tampoco la mentalidad general suele ser muy favorable a llevar a cabo iniciativas arriesgadas y absorbentes. Como me cuenta Juanun negocio propio conlleva dedicarle prácticamente todas las horas del día, y él ha decidido que quiere algo de tiempo para dedicarlo a sus aficiones

Que, a pesar de estos inconvenientes, haya muchas personas que se decidan a dar el paso es algo que nos muestra a las claras, señala José Luis González Pernía, investigador de la Universidad de Deusto, la carga de ansiedad que está detrás de la decisión. “El incremento de la actividad emprendedora suele provenir de personas que han agotado ya las prestaciones por desempleo, que no encuentran alternativa laboral y que deciden lanzarse a la acción motivadas por una cierta desesperación”.Es una opción de último recurso, en la que el objetivo final no es tanto montar una empresa como conseguir una fuente de ingresos. Eso explica también la escasa duración de esta clase de negocios, apunta González Pernía, ya que es usual que si se encuentra otra alternativa laboral se cierre la empresa. Además, al estar motivada la creación del negocio por la necesidad, es más que probable que no  ofrezca al mercado ninguna diferencia y que, por tanto, no cuente con una ventaja competitiva real.

El valor y la intrepidez, por tanto, no garantizan un buen resultado. La carga de ilusión y de esperanza que se ponen en el inicio del proyecto se convierten rápidamente en angustia cuando los primeros resultados hacen sospechar que se regresará a las listas del paro, pero ahora después de haber agotado los ahorros. El número de emprendedores entrampados en la que podría haber sido una buena solución es creciente, precisamente porque montar un negocio en los peores momentos de la crisis y sometidos a una situación de necesidad no es la mejor elección.

Estas experiencias están volviendo a la sociedad mucho más retraída. Y no sólo porque se piense, al ver fracasos ajenos, que es mejor no meterse en problemas, sino porque está aumentando el número de gente que, como Juan, mira el negocio más como un sacrificio en el que se ahogan sus aspiraciones vitales que como un espacio en el que conseguir no sólo unos ingresos para vivir, sino una experiencia que nos realice. Pero, al mismo tiempo, no podemos decir que la frustración sea el sentimiento dominante, porque también ha habido un número menor pero interesante de emprendedores que han salido adelante, y a los que atravesar estos malos momentos les ha dado la autoestima suficiente como para acometer nuevos proyectos cuando la ocasión se les presente.

Cómo se rompe una sociedad

Esta mezcla de ilusiones, sentimientos y expectativas que afectan a la clase media dista mucho de recomponerse en una serie identificable de ideas y creencias que nos den una identidad clara. Más al contrario, si existe un signo que distinga nuestra época es la coexistencia de movimientos contradictorios y ambiguos cuya lectura dista mucho de resultar sencilla. Este momento, me dice José Félix Tezanos, catedrático de sociología y experto en el estudio de clases sociales, presenta características complejas que lo hacen duro de vivir y apasionante para estudiar. “Esta crisis está transformando de una manera profunda nuestros valores. Todos los sistemas cuentan con un modelo de motivaciones y de recompensas a través de los cuales se implica a sus integrantes. Si ese sistema no funciona, los lazos que unen a la sociedad comienzan a romperse”. Y ese es el instante en que nos hallamos, ya que todos los elementos que nos otorgaban un sentido de la comunidad están partiéndose en pedazos. El mejor ejemplo, señala Tezanos, aparece en esa percepción extendida de que el contrato social básico no se está cumpliendo. Desde luego, se da de forma muy evidente en esos trabajadores de más de 40 años que son rechazados por las empresas por el simple hecho de su edad pero también en personas de la tercera edad que ven cómo el capital acumulado durante la madurez ha de ser destinado a la supervivencia de sus hijos o nietos, o en jóvenes que ven sus expectativas de futuro balancearse con los vaivenes de la prima de riesgo. Algo se ha roto, y no parece que su arreglo sea rápido ni fácil.

Una señal evidente de este deslizamiento hacia la pérdida de cohesión es la relación con las figuras de autoridad, a las que cada vez se cuestiona más. El caso máximo es el de los políticos, cuya credibilidad es escasísima. Pero eso no ha llevado, como era previsible, a un giro social hacia posiciones extremistas, ni tampoco ha provocado que surjan partidos radicales que canalicen la frustración, sino que “ha generado un descreimiento muy acentuado. No pensamos ni de lejos en que quienes están al frente de la sociedad, vayan a solucionar nada”, asegura Julián Santamaría, catedrático de ciencia política de la Universidad Complutense de Madrid.

El problema de estas actitudes no es tanto que provoquen desafección, sino que generan una sociedad sin valores, anómica. Y de ahí a buscar soluciones puramente individuales sólo hay un paso. O dicho de otro modo, insiste Tezanos, de ahí a entender que estamos en una selva en la que todo está permitido para sobrevivir sólo hay un paso. El problema es de grandes dimensiones, porque la clase media era precisamente el estrato social que estabiliza las sociedades. Para pervivir, ha necesitado tomar como propios, al menos en tanto discurso, una serie de valores relacionados con la honestidad, la ética, el esfuerzo y el trabajo bien hecho que después irradiaban hacia el resto de la sociedad. Era una parte de la población poco dada a extremismos, que apostaba por las soluciones dialogadas y por el sentido común. Dicho de otro modo, si la anomia se extiende por el sustrato social que debía prestar fijeza a todo un sistema, será muy complicado que éste puede mantenerse sin graves tensiones.

Cierto es que no estamos aún en un escenario de descomposición social a lo América Latina, pero tampoco podemos estar seguros de que no sea ese el destino que nos espera. Como señala Carlos Fernández, “tenemos una sensación de colapso, de que las cosas no funcionan, de que estamos sujetos a realidades que no dominamos, que hace difícil predecir hacia dónde va a tirar el modelo. Vivimos en la incertidumbre, y de una manera muy desnuda. No sabemos hacia dónde van las cosas. Nos estamos adentrando en lo desconocido”.

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(*) Este reportaje se ha publicado en Elconfidencial.com

Un pensament a “El fin de la clase media española”

  1. Yo lo que cada vez tengo más claro es que hay gente que ha vivido por encima de sus posibilidades… y de las mías, también.

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