El Duero pasa por Madrid

PN3qaIqSyjMPxai97Vf9Hjl72eJkfbmt4t8yenImKBVaiQDB_Rd1H6kmuBWtceBJFabricio Caivano
Periodista

La Consejera de Educación madrileña, doña Lucía Figar, es una esperanzada y aguerrida militante de la corriente ‘externalizadora” de los servicios públicos; o sea que donde pone el ojo contable pone la bala privatizadora. Pues bien, la consejera tiene desde hace meses a los docentes de la comunidad madrileña en la calle, enfundados en vistosas camisetas verdes, dándole a la lata y tocando el pito en defensa de la escuela pública. A menudo les envía a los robóticos guardias de la porra, que no son lo que se dice muy educados a la hora de disolver la algarabía docente. Una dialéctica de “recorto y pego” goyesca que imitan las otras comunidades autónomas y que se aplica con especial esmero a los servicios públicos del edificio en deconstrucción que todavía llamamos, será por nostalgia, ‘estado del bienestar’.

En ese enrarecido escenario de enemistades asimétricas, hay que situar el asunto de los resultados de unas oposiciones del curso 2011, a las que se presentaron 14.110 maestros y  que aprobaron solo el 13%, unos 1.900.  La Consejería regional ha creído oportuno difundir un informe de su propia inspección educativa subrayando algunas de las surrealistas respuestas de los examinandos a preguntas sobre conocimientos que deberían tener las criaturas de sexto de primaria, de 12 añitos, y que muchos opositores no tenían. No estaba la lista de los reyes godos, pero sí el itinerario de los ríos de España.  El repertorio de respuestas disparatadas, una detrás de otra, mueven a la risa… hasta que se nos congela la cara como a Buster Keaton ante la magnitud del desaguisado.

La cosa es muy seria y no porque “esté en juego el futuro de nuestros hijos”, como repiten los que no han entendido nada del asunto educativo; nuestros hijos son el presente más rabioso y fecundo que cabe imaginar; no ofrecerles una buena educación, que vaya más allá de memorizar respuestas inútiles a preguntas banales, es vender ese futuro por un plato de lentejas. Sacar una buena nota en un test de preguntas demuestra que se han memorizado algunas cosas y poca cosa más, sean los examinados niños o docentes. Las autoridades políticas siguen sin inmutarse usando sus previsibles ‘argumentarios’.

Solo un par de reflexiones ligeras sobre este asunto, evitando caer en el victimismo de unos y el alarmismo de otros. La  primera reflexión es sobre un problema que no hemos sabido darle una solución práctica a pesar de la diarrea legislativa al respecto: la formación de los docentes, los planes de estudios y las formas de acceso a la práctica profesional, aspectos todos ellos no resueltos en absoluto y, digamos, manifiestamente mejorables. Como en tantas profesiones, no es asunto fácil la relación entre la inicial adquisición de saberes académicos y su posterior aplicación a través de una buena  experiencia práctica y una renovación permanente. Saber y saber hacer, esa es la cuestión troncal. Está mal planteada la relación entre una formación académica abstracta y muy distante de la realidad  de las aulas, y la práctica profesional en un oficio tan movedizo y sutil como el de  la docencia.

La segunda reflexión tiene que ver con los conocimientos, aptitudes y actitudes que “hay que tener” en una sociedad que denominamos con ese mantra vacío de la “información y del conocimiento”. El tsunami de la  crisis está poniendo de relieve que lo que han hecho las sociedades capitalistas ha sido inocular el virus de la desinformación y de la ignorancia intelectual y emocional. Muchos adultos hechos y derechos tampoco habrían aprobado estas oposiciones; y bastantes de nuestros conspicuos políticos deberían volver a sexto de primaria a repasar lengua, cálculo y ciudadanía.

El Duero no pasa por Madrid, de momento. Pero ¿sabe usted cuál es la longitud de una circunferencia con un centímetro de radio?… Si lo sabe, felicidades; si no, no se preocupe; seguro que una de las 700 mil aplicaciones que entre Apple y Google ponen al alcance de su móvil, muchas gratuitas, se lo resuelva en una centésima de segundo, y además le diga, con videos, música y ‘realidad aumentada’, dónde nacen, transcurren y mueren los ríos de esa eterna unidad de destino en lo fluvial que parece ser España. Hoy aplicados ya no son los alumnos, sino esos superteléfonos que tontamente llamamos inteligentes porque tienen mucha memoria, graban, hacen fotos y remedian soledades. La infancia se merece el aroma de otras cosas, esas pocas aptitudes hábitos que ennoblecen la existencia, que son esenciales para una vida buena: jugar, leer, escribir, hablar en público, darle a la pelota, reflexionar,  jugar al ajedrez… y luego acaso aprender a cuidar de sí y de los otros, descifrar la factura de Endesa o sortear las guillotinas hipotecarias.

Deberíamos empezar, padres, maestros y ciudadanos, a subvertir radicalmente ese orden institucional y simbólico antiguo; un universo elaborado a golpe de reglamentos, ausencias, temores, sospechas y castigo y conservado en la naftalina del pensamiento disecado por las variadas Academias Pedagógicas. La educación debiera ya dejar de pivotar en la  “examinitis” académica y su consecuencia más nefasta: la banalización del saber; el conocimiento es una energía poderosa que exige esfuerzo y tesón pero que ilumina cabezas y corazones. Abrir la escuela a la vida fue la promesa incumplida de la pedagogía del siglo pasado; en ella creyeron muchos docente y en esa batalla siguen.

El asunto no consiste ni en recortar ni en pegar, señora consejera; y menos en ridiculizar a todo un colectivo. El intríngulis de la cuestión está, sobre todo, en tener a los mejores docentes enseñando a vivir humanamente a todos, empezando por los más débiles; en reclutar a los profesionales más formados para que formen a los que empiezan a aprender. Bien mirado, en el fondo se trata de mostrarles una cosa sencilla: saber de qué va la vida para que la degusten sin reservas mientras estén vivos, antes de salir de escena, a interpretar su papel con la mayor dignidad posible. Y dicho sea de paso, esa tarea de vivir se puede aprender sin otra tecnología que la palabra y el pensamiento.

Una aspiración que reclama hasta el Papa, ese  combativo franciscano que se nos está revelando como un gran pedagogo: el Bien, la Bondad y la Belleza. De acuerdo: se trata de una aspiración imposible, de una utopía como lo es toda quimera humana; pero precisamente por serlo es un inmejorable objetivo para la  educación de la ciudadanía.

 

4 pensaments a “El Duero pasa por Madrid”

  1. Maestro Caivano, qué satisfaccion supone leer de nuevo tus atinados escritos, tus sabias lecciones de pedagogía. Entrar hoy en La Lamentable me ha permitido, además de un feliz reencuentro, poder asistir a una clase abierta en la que has enseñado a cómo denunciar cosas, que debieran preocuparnos a todos, con su justa medida, con tino y sin perder los papeles.Ah, si algunos gobernantes supieran leer, cuánto desastre habrían evitado.

  2. Crec que és una magnífica notícia la incorporació de Fabrizio Caivano a aquest bloc. Per a la majoria de persones vinculades a l’ensenyament “Cuadernos de Pedagogia” ha estat un referent.
    Pel que fa al seu comentari dels escandalosos resultats de les proves per a mestres de Primària comparteixo la seva crítica a la salvatge política educativa empresa per la “Consejeria de Educación de Madrid”, i a l’intent d’utilitzar-los a per a desprestigiar l’anterior política educativa i a tot el col•lectiu de mestres. Però hi trobo a faltar una manca d’autocrítica sobre el model educatiu que tenim i que, com molt bé explica Mª José del Rio, ha estat dissenyat, liderat, per unes elits educatives “progres” que mai n’han avaluat amb rigor els resultats.
    Tothom sap que el paper ho aguanta tot, però ja no es pot dissimular més que el sistema educatiu fruit de la Reforma dels anys 90 ha donat uns resultats més amargs que dolços.
    Durant molts anys es va pensar – i les persones tenim tendència a creure que allò que pensem és veritat- que lluitar contra el franquisme volia dir identificar-se totalment amb l’activisme pedagògic que convertia l’autonomia de l’alumne en un tòtem sagrat en detriment dels continguts, considerats com arnats, còmplices de l’educació de l’antic règim franquista. Això no s’ha dissolt del tot: hi ha mestres que creuen de bona fe que la disciplina de l’aprenentatge és quelcom ranci, autoritari i lligat al passat. I un dels efectes col•laterals d’aquest antiautoritarisme amb efectes més nocius en l’educació dels joves actuals és la inhibició del professorat, per por de ser titllat d’autoritari. I el resultat de tot plegat és que els alumnes viuen, conscient o inconscientment, com un abandonament la inhibició per part dels adults. Els nens i els joves busquen referents en els adults i quan no els troben no se senten respectats i per tant també deixen de respectar. Això val tant per a mestres com a pares. Tota mena d’adults.
    No entendre que les relacions mestre-alumne així com les de pare- fill són asimètriques és la font de molts malentesos que avui dia planen sobre el món familiar i l’educatiu. Només es pot trobar un nou equilibri reconeixent, per una banda, uns drets ben definits i fonamentats i, per l’altra, valorant els mèrits, és a dir, un tipus de diferència que pot portar a la superació però no forçosament a la injustícia. Quan el pèndol va cap a la direcció contrària sense cap mena de contrapès, sol generar un nou desequilibri. Que quedi clar que amb això no estem defensant o enyorant els sistemes dictatorials o clarament jeràrquics. De cap manera.
    Els sistema educatiu és redreçable, però cal diagnosticar amb precisió els seus punts febles. Estic convençuda que el tema no passa per la digitalització massiva de les aules ni per insistir en un activisme a les aules – que tenia molt de sentit en els anys 70 o 80- o per una suposada manca de modernització dels professionals de l’ensenyament.
    Cal tenir present dos aspectes que dificulten enormement l’aprenentatge: la dispersió mental dels actuals alumnes – fruit del contacte amb les noves tecnologies- i la permissivitat descontrolada en la que es troben immersos. Malauradament hi ha una, o fins tot dues, generacions que estan totalment desprotegides front la duresa de la situació present i futura per manca de solidesa intel•lectual i també emocional. La seva educació va coincidir amb un època dels molts recursos, però finalment ha estat una estafa.

  3. Sorprende el escaso revuelo levantado por la encuesta que muestra la ignorancia vergonzosa de los maestros de Madrid. El artículo de Caivano, por fin, aborda el tema de fondo definido así: “la formación de los docentes, los planes de estudios y las formas de acceso a la práctica profesional, aspectos todos ellos no resueltos en absoluto y, digamos, manifiestamente mejorables”. Pero !ay!, una vez más se solventa el tema con una frase nada más.

    Cuesta censurar a las Escuelas de Formación del Profesorado (antes de Magisterio) porque parte de sus docentes sin duda trabaja con ilusión y con talento, porque nadie quiere criticar a los maestros que recibieron una pésima formación y aún así día a día tratan de educar y formar a nuestros hijos con dignidad dedicando grandes esfuerzos a su tarea. Y sin embargo es urgente e imprescindible tomar conciencia de que, salvadas todas las excepciones imaginables, la docencia que se imparte a los futuros maestros es no “manifiestamente mejorable” sino directamente desastrosa, anticuada y sobre todo, inútil.

    Los maestros no saben por dónde transcurre el Duero, pero además su ignorancia ha pasado desapercibida en una institución universitaria, ha sido aceptada por los profesores y compartida con los compañeros sin provocar escándalo. Pero lo peor es que durante los años de formación han aprendido muy poco, a veces nada, relacionado con las competencias necesarias para el ejercicio de una profesión: la de enseñante, la de maestro. ¿Cómo se explica? Imposible extendernos aquí en el análisis de las posibles causas, sólo mencionaré algunas y rápidamente.

    La ramplonería polvorienta que dejó el franquismo en las antiguas escuelas de Magisterio extirpando durante décadas hasta la última mota de talento que apareciera por sus aulas todavía impregna una profesión que cuya formación inicial estaba encargada hasta hace poco a personas con una cualificación universitaria cuando menos limitada. Esto ha favorecido una “cultura” deplorable dentro de la institución: la indiferencia ante la mediocridad.

    El desinterés de sucesivas generaciones de ciudadanos, incluidas las burguesías supuestamente instruidas, que han seguido pensando que para ser maestro basta con tener vocación y paciencia y, en consecuencia, no han sido exigentes con quienes tenían el poder y el deber de mejorar la situación: los políticos, sobre todos los que han estado en el poder muchos años reclamándose de izquierdas. Los mismos que han permitido, por ejemplo, que el último plan de estudios para formación de maestros se redactara mediante el esterilizante reparto de cuotas entre gremios, léase departamentos universitarios, en lugar de seguir criterios simplemente aceptados internacionalmente como válidos.

    Y por último, la influencia perniciosa de unas élites influyentes, “progres” en el peor sentido de la palaba, que en el ámbito de la educación han ignorado y despreciado todo aquello que tuviera que ver con la profesionalización del trabajo del maestro: la objetivación de los fines educativos, el rigor en los planteamientos, la sistematización de las prácticas, la coherencia en el uso de los métodos, la planificación de las prácticas educativas, la comprobación de los resultados, el respeto por la evidencia y por los datos. Todos estos han sido y siguen siendo conceptos que las mencionadas élites no solo han ignorado sino que han estigmatizado con entusiasmo. Siempre atentos a las últimas novedades en teorías educativas, han tomado lo que en otros países y culturas es el punto de llegada del profesional excelente, como si fuera la única meta necesaria: la improvisación. Y así el maestro con inquietudes ha recibido durante años el mensaje siguiente: no hace falta que aprendas a hacer, saber hacer, nada concreto relacionado con tu profesión; si conoces las teorías la práctica se dará por añadidura; basta con que seas espontáneo, disfrutes de la vida, transmitas valores; para enseñar lo importante es el amor… Todo ello es cierto pero insuficiente. Al final la caduca idea de que ser maestro es algo vocacional se ha substituido por “ser alegre y buena persona”. Profesionalidad cero. ¡Y así nos va!

    No sé si los maestros de Madrid se sienten humillados por la encuesta de la aguerrida Espe, pero todas las personas que creemos que una educación de calidad es posible y necesaria deberíamos sentir profundamente la humillación de tener uno de los peores sistemas de formación de maestros de nuestro entorno. Y actuar en consecuencia.

  4. Para mi, que fui fiel lector de Cuadernos de Pedagogia, reencontrarme en este blog noble y tenazmente lamentable con el artículo firmando por Fabricio me ha producido una gran alegria. Es un lujo tenerlo con nosotros. Basta leer su primer artículo para comprenderlo.

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