El día a día en un campo de refugiados

Eduardo Mazo
Escritor

¿Se imaginan un campo de refugiados de esa muchedumbre que llega a Europa escapando de guerras y persecuciones? ¿Se imaginan cómo viven ahí los niños con diarrea, los viejos con sus chancros, las mujeres con sus menstruaciones sin protección?

¿Cómo huelen a cámaras de gas los baños químicos, la comida debajo de las moscas y las hormigas, las escaras arañando las heridas, los vómitos, las incontinencias, los llantos, los partos sin asepsia ninguna, los abortos sangrientos, los llantos, los silencios, los dientes podridos, los pies en llagas y los llantos y las ganas de morir y los niños con ganas de vivir y las tormentas y los furiosos vientos y los alacranes y el frío y el sol inmisericordioso? ¿Se imaginan… y los fotógrafos de los medios buscando el World Press Photo del año y los políticos, lejos, discutiendo cómo desembarazarse de esa masa informe que contiene en su interior seres humanos? ¿Y las oenegés tratando de paliar, en los centímetros cuadrados que les dejan esas sombras, un poco del dolor que es el techo del campamento y el agua de los orines que se mete debajo de las tiendas y el llanto y los rezos y los recuerdos del hogar perdido y la sexualidad nocturna entre el barro sucio de nieve y las mirada furtivas de los niños y los dolores de huesos vencidos y los cigarrillos que se acaban y el alcohol clandestino y valioso y las espaldas cortadas y sangrantes por el paso debajo de las alambradas fronterizas y el llanto…los llantos?

¿Y la ropa que huele a sucia, a largos días sin aseo y el pelo refugio de liendres y sarpullidos y los excrementos dentro de los pantalones que no han sido cambiados en semanas o meses y los viejos escupiendo el pus de sus pulmones y el futuro como una boca negra, apestosa, ruin, vacío de esperanza, un futuro degradante, áspero, un futuro que es una espada perforando cualquier atrevido deseo de felicidad, un futuro final que ya está deambulando entre los pasillos del campamento como un vigilante cruel e invencible?

Nosotros somos afortunados: la iluminada pantalla nos protege de tamaña imaginación.

Foto de portada: Un migrante, entre las tiendas de campaña que conforman el campo de refugiados de Grande-Synthe, cerca de Dunkerque, Francia. Foto: Jordi Oliver

2 pensaments a “El día a día en un campo de refugiados”

  1. NO SOMOS SU PROBLEMA

    Lejos de casa, en un mundo prestado,
    en suelo movedizo, donde uno es extranjero
    construyendo morada adentro del vacío
    sobre de la tragedia que desplomó los sueños.

    ¿Cómo enfrentar las dudas, cómo ahuyentar los miedos?
    tan lejos del hogar, tan cerca del infierno.

    Pero la vida sigue,
    las ganas de vivir anudan la garganta
    sin piedad los recuerdos atacan por la noche
    y la esperanza enflaca conforme pasa el día.

    Las guerras rompen vidas, hacen nada de pronto,
    pululan las ausencias y a un mundo envejecido
    le importamos un bledo, no somos su problema.

    Carlos Osorno
    25 octubre 2017

    Leí su artículo y me conmovió profundamente. Gracias por lo que están haciendo.

  2. Estimados lectores, lo que voy a escribir posiblemente les sonará a tópico, pero no por ello dejaré de escribirlo. Primero, soy consciente que esta crisis de refugiados nos llega en mal momento cuando más que una crisis económica vivimos un estancamiento permanente, que para el país de acogida es un shock demográfico y económico non grato, y así un largo etc. Pero esta crisis de refugiados pone en evidencia algo más que la incompetencia de la UE, sino el egoismo en que la sociedad ha llegado.
    El asunto viene de lejos, no siempre se puede achacar al neoliberalismo rampante que domina hoy en día la causa, en todo caso lo ha exarcerbado. Así una sociedad de consumo donde todo el mundo lo quiere todo pero no da nada a cambio, un mundo laboral precario e inestable donde los individuos se ven más que como competidores que como cooperadores, a mi juicio que se haya llegado a la situación actual. Esto da lugar a dos efectos que son más síntoma que enfermedad. Por un lado la xenofobia que se está instalando en las sociedades actuales. Si todos competimos y estamos en un estado de precariedad, como no van a tener éxito eslóganes como “los de casa primero”, si en vez de ver al emigrante como una de las soluciones para que el Estado del bienestar amenazado de insolvencia por el envejecimiento de la población y la baja natalidad, sea un competidor más. Pero se puede añadir más. Hoy por hoy Thomas Hobbes aquel pensador del siglo XVII que teorizaba sobre que el hombre es lobo para el hombre y que con ello sentaba las bases del Estado policial, debe estar muriéndose de satisfacción al ver como su pensamiento -reaccionario al fin al cabo- se va cumpliendo sin excepciones. Si los individuos somos competidores unos con otros, entonces cualquier atisbo de confianza (al contrario del ser político de Aristóteles) no existe, entonces qué confianza queda al fin al cabo, la policia, que nos proteje de nosotros mismos. De hecho, ya lo estan viendo en como los países occidentales gestionan la emigración levantado muros y poniendo policias y militares y lo que haga falta. En vez de gastar dinero en políticas de cohesión como es la educación, hacen vallas y muros, los emigrantes se acumulan, pues no pueden pasar y van en tropel para saltarse el muro. Naturalmente, los medios de comunicación, más aliados del poder político y económico de siempre están allí para filmarlo todo. La reacción del ciudadano medio, precarizado y desconfiado es la de mano dura-más policia- y votar a la derecha y a la extrema derecha, que les prometen la mano dura, mientras desintegran aún más las sociedades que pretenden proteger con su nacionalismo cavernícola. Al fin y al cabo, ¡qué listos son esa gente! Esa es mi opinión después de ver las noticias sobre la crisis de los refugiados.

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