El derecho a la defensa

Militante del PSOE y de Comisiones Obreras, zaragozana (1952), formada políticamente en la izquierda maoista, militante en Izquierda Unida de Aragón, directora general de Instituciones Penitenciarias entre 2004 y 2011, Mercedes Gallizo publicó recientemente este artículo en El País, y ahora, después de haber comprobado de qué va La Lamentable, nos lo reenvia “porque no tengo ningún problema en que se incluya”. Después aclara que lo escribió “de tirón, muy impresionada por la condena” a Garzón. “Me costó poco escribirlo porque digo algunas cosas que hace tiempo que pienso”, añade en su mail. Los editores de La Lamentable lo valoran como un gran artículo.

Mercedes Gallizo Llamas

El derecho a la defensa debe ser sagrado en una democracia. Es la garantía de que todas las personas deben poder defender sus derechos ante la imputación de un delito. Pero la democracia requiere que los derechos, incluso los más sagrados, no se sitúen al margen de la justicia, ni de la igualdad, ni de la propia democracia.

La ley debe ser igual para todos. Si no fuese así, perdería su legitimidad. Volveríamos a un mundo, a una sociedad en la que quien tiene recursos  sortearía todos los obstáculos que la vida le ponga delante y actuaría con la impunidad que le da saberse poderoso.  La condición  social de los imputados no debería condicionar el ejercicio de sus derechos. Pero no es así. Quien no tiene medios no puede ejercitar ese derecho en las mismas condiciones que quien los tiene. Aunque existe el derecho a la justicia gratuita, la falta de medios hace que se desarrolle con enormes limitaciones. Y más en estos tiempos.  Algunos abogados del turno de oficio tardan meses o años en cobrar los exiguos emolumentos que la administración les proporciona por desarrollar su tarea. No pueden dedicar mucho tiempo a estudiar los sumarios de las personas a las que defienden, o a ir a visitarles a prisiones que están a muchos quilómetros de las ciudades, porque tienen que ganarse la vida y dedicar tiempo a causas por las que cobren al final de cada mes. Los abogados del turno de oficio son personas admirables en su mayoría, tienen un alto sentido de la justicia, pero en ocasiones se sienten maltratados por ello.

Por otro lado, las personas extranjeras, que no conocen nuestras leyes ni –a veces- nuestro idioma están terriblemente limitadas para ejercer sus derechos. Necesitarían de una mayor atención justamente por ello. Pero la tienen mucho menor.  De la mano de estas limitaciones, hemos visto incrementarse  los juicios de conformidad, en los que muchas personas aceptan condenas algo menos abultadas de la petición inicial por miedo a no poder costear la demostración de su inocencia. Antes no soportábamos la idea de que un inocente estuviese en la cárcel. Nos parecía mucho más difícil de asimilar que el hecho de que diez culpables estuviesen en libertad. Ahora no soportamos que alguien aparentemente culpable no esté en la cárcel, sin preocuparnos de las garantías que deben proteger su presunción de inocencia.

Las cárceles están habitadas mayoritariamente por personas pobres.  Es verdad que la pobreza y la marginalidad son caldo de cultivo de conductas antisociales, pero el porcentaje de maldad humana que hay en nuestras sociedades no se corresponde con las que pagan por ello.

Nada mueve más al desconsuelo de quienes queremos creer en la justicia real, además de creer en la Justicia con mayúsculas, que ver cómo los poderosos manipulan los recursos que el estado de derecho pone al servicio de todos, haciéndolos servir a sus intereses. No hay nada que produzca más desolación que ver cómo se condena a un juez, en nombre de los sagrados principios de la justicia, en un proceso tan condicionado por los intereses.

Intereses corporativos, en primer lugar. Es inaceptable que se defienda a gente que tiene comportamientos inaceptables sólo porque forman parte de un colectivo respetable. La mayoría de los abogados, como la mayoría de los jueces y de los policías, incluyendo a sus máximos responsables, saben que bajo la respetable toga de algunos abogados, se esconden intereses no respetables.  Hace mucho tiempo que todos los operadores policiales y jurídicos saben que serían imposibles la mayor parte de las operaciones de saqueo de dinero público, de fraudes a la hacienda pública, de fuga de capitales a paraísos fiscales, de ocultación de bienes a través de testaferros, de blanqueo de capitales, de corrupción de responsables públicos… si no formase parte de esas redes un entramado técnico-legal  que les da cobertura, que obtiene suculentos beneficios de ellas, y que –en ocasiones- acaba situándose en la cúspide de las mismas.  Y que se jacta de su influencia en todos los niveles de la justicia.

Cualquiera que se mueva en este mundo sabe de esto. Sabe que también  existe  corrupción en algunos aledaños de instituciones que deberían ser intocables. Muy minoritaria, pero muy efectiva.  Algunos listados de personas implicadas en estas prácticas son conocidos por mucha gente en las más altas instancias. En las instancias que tienen la responsabilidad de investigarlo en serio. Que tienen la responsabilidad de atajarlo. Pero esta es una materia que se ha convertido en intocable. Nadie se atreve a dejar a algunos reyes desnudos. Muchos por un temor reverencial a entrar en determinados ámbitos. Otros porque dudan de ser respaldados en ese empeño. Hay demasiados intereses en juego y demasiado poderosos. También existe el miedo. El miedo físico, incluso.

Hay quien piensa que con el juicio y la sentencia sobre las escuchas de la Gurtel, se está castigando a un juez singular, egocéntrico, ambicioso, poco cuidadoso con los procedimientos… Yo no lo creo. Se están santificando  las reglas de un juego repugnante: el de la utilización de los principios del Estado de derecho para blindar hasta el infinito la cobertura legal de la delincuencia organizada de altos vuelos.

Cuando un imputado recibe en prisión la visita diaria de una corte de abogados  de minutas millonarias, la mayor parte de los cuales no están personados en ninguna de sus causas, sin limitación de tiempo, sin control de sus actividades reales, hay quien quiere pensar que está asesorándose para su mejor defensa.  Algunos no lo creen y deciden investigar. No hay mucha gente que se atreva a hacerlo. Casi nadie. A partir de hoy, mucho menos.

Un Estado implacable con los débiles y débil con los poderosos pervierte el sentido de la justicia, del derecho y de las leyes.  Alguien debería pensar sobre esto.

 

3 pensaments a “El derecho a la defensa”

  1. Recuerdo el momento en el que pensé que Garzón descarrilaba. Era un acto público, con debate al final. Alguien mencionó el nombre de un narco. Y Garzón, a la pregunta de si lo conocía, respondió: “como no voy a conocerlo si fui yo quien lo metió en la cárcel”, con grandes risotadas del auditorio. Un juez ha de ser discreto, nunca puede alardear de su poder, menos aún de meter a alguien en la cárcel. Porque, para empezar, no es el juez el que mete en la cárcel, es la ley, que el juez se limita a aplicar, sin chulería. Poco a poco fue perdiendo el norte, se creyó todopoderoso. Pese a ello yo no creí que le fueran a condenar por las escuchas. Aunque retorcida, cabe una interpretación posible en su defensa. Me ha sorprendido la unanimidad y la calidad jurídica de la sentencia. Os recomiento su lectura atenta, tiene 70 páginas. Tampoco pienso que le vayan a condenar por la investigación de los asesinatos franquistas. También ahí se dejó llevar por una euforia exhibicionista, pero enfin, al final rectificó. Pero lo de pedir dinero a personas directa o indirectamente encausadas en su juzgado eso es indefendible, se mire como se mire. Es lo peor. Y sin embargo parece que se ha salvado por la prescripción. Hay un gran patetismo en ese ciclo de esplendor y miseria. Un engreimiento incontrolado, cegador, del que viene de muy abajo y se cree con poder absoluto. Frente a él temblaba toda Roma, dice la Tosca ante el cadáver del todopoderoso Scarpia. Y atención, se ha ido a colaborar con el fiscal del TPI. Fijaos en ese fiscal…. es en todo como Garzón. Ay ay ay.

  2. Maravilloso artículo. Leo “entre líneas” cierto miedo. No hay que temer: la tierra es nuestra, la justicia siempre ha sido de los otros.”La luz está bajo tierra”. Clara Janés. Cordialmente Mateo.

  3. “…implacable con los débiles y débil con los poderosos”. Sí creo que somos muchos los que pensamos sobre ello, pero ni somos los suficientes ni lo suficientemente fuertes. La última decisión del gobierno de su partido (me ha parecido leer que la autora milita en el PSOE) fue indultar a un delincuente (¿o sólo era una falta?) de altos vuelos. Si ni ellos se atreven o pueden (por qué motivos, no lo sabemos pero lo imaginamos) ¿qué se nos puede pedir a los ciudadanos de a pié?

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