El adiós de Carlos Fabra

 

El artista Juan Ripollés saluda a Carlos Fabra en la inaguración del aeropuerto de Castellón (9-5-2011). Foto: El País

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Javier Andrés Beltrán

El pasado 14 de julio no fue un sábado más y no sólo por ser el día después al trágico viernes 13 en el que el gobierno de Mariano Rajoy acabó de vaciar el bolsillo de los trabajadores de este país. Que también. Pero en el ámbito de la política provincial, y provinciana, de este Castelló desde el que escribo este sábado de julio se recordará por ser el día del adiós de Carlos Fabra de la presidencia del PP provincial. Un adiós que, por ser él quien es, trasciende al universo mediático de la política nacional: nunca se habló tanto fuera de aquí de un político de provincias que tan sólo quiso ser lo que fue y que siempre fue lo que quiso. Y no fue poco.

La estatua de Carlos Fabra realizada por el artista Juan Ripollés tiene 24 metros de altura y ha costado 300.000 €. Está colocada en la entrada del aeropuerto sin aviones de Castellón

Un adiós tranquilo que nada tiene que ver con su convulsa llegada, en aquel lejano 1990, cuando tras dos intentonas fallidas ganó el congreso provincial al entonces diputado Daniel Ansuátegui que, por cierto, acabó expulsado del partido. A la tercera fue la vencida y desde entonces todo han sido victorias. Tanto en la dirección del partido, que abandona sólo por voluntad propia pese a la condición de imputado que arrastra desde hace años, como en las diferentes elecciones que, desde 1995, ha ganado para el PP mientras ha liderado el partido. 21 de 21, una barbaridad, como le gusta recordar.

Ello no le sirvió para convencer a los suyos de las bondades del trasvase del Ebro, pese a las pancartas con el eslogan ‘Agua para todos’ que colgó en los balcones de la Diputación que presidió durante dieciséis años y que la Junta Electoral le obligaba a retirar en cada consulta electoral. Sí que construyó el aeropuerto con el que un día soñó, pese a su insuperable miedo a volar, y tal vez por eso lo definió como un aeropuerto ‘para las personas’. Y aún lo sigue siendo, vaya que sí; allí, por cierto, quedará para la posteridad la estatua que le dedica su amigo y artista Juan Ripollés.

No hay aún controladores en el aeropuerto de Fabra y se marcha el gran controlador, un líder de provincias capaz de hacer que todo un presidente de gobierno venga a veranear a Oropesa con su familia a cuestas. Controló tanto, y a tantos, pero al final no pudo evitar que un ex-socio descontrolado y despechado le metiera en el lío judicial que ha marcado los últimos ocho años de su vida y por el que puede llegar a sentarse en el banquillo acusado de supuestos delitos de tráfico de influencias, cohecho, y cuatro delitos de fraude fiscal.

Pero por encima de otras consideraciones Carlos Fabra reúne una condición que le caracteriza: Nunca pasa inadvertido, y eso le gusta. Cautivador en la corta distancia, le va la marcha política con la misma intensidad con que ha vivido su vida privada. Idolatrado hasta límites enfermizos por los  suyos, para los que siempre tiene una respuesta original y si hace falta hasta una oferta laboral, es detestado con vehemencia igualmente enfermiza por sus detractores para los que siempre guarda el mayor de los desprecios y a los que niega para siempre el pan y la sal.

Se va Fabra, el Sheriff del condado, el líder, el jefe, el padrino, el patrón, el cacique, el mejor presidente, el mafioso, Don Carlos, Don Corleone, el más grande, el imputado, el envidiado (por su suerte en la lotería), el que más ha hecho por la provincia… ese que cada cual en Castelló define según cómo le ha ido la feria –ó la vida- con él.

Está claro que no habrá fabrismo sin Fabra, pero nadie duda de que volverá el fabrismo después de Carlos Fabra. Porque la saga viene de lejos, desde que Victorino Fabra el agüelo Pantorrilles, su tío-tatarabuelo, presidiera ya la diputación de Castelló en 1874… y tras él hasta seis Fabras más han ocupado ese sillón. La continuidad está garantizada: su hija Andrea, estos días de ‘jodida’ y merecida actualidad, parece decidida a ser digna heredera del padre que ahora lo deja.