Educación y nación

El lector impertinente
Ander Gurrutxaga Abad

Leo con atención e interés las noticias de la semana. Hay dos que me llaman la atención: los contenidos formales y organizativos de la 7ª Reforma de las Enseñanzas media y primaria en la España democrática y los sucesos después de la Diada de Cataluña.

Atendiendo a la primera. Estamos ante la séptima reforma de la legislación educativa en treinta años. La que recomienda el Partido Popular se llama LOMCE  (Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa). No es una mala media, casi Ley de Reforma cada cuatro años. La del flamante ministro Wert – ¿alguien pensaba acaso que se iba a reprimir y no caer en la tentación de todo ministro/a de Educación que se precie: salvar el sistema e incrementar la buena de educación de los españoles a través de su reforma?-

No sé, quizá yo debería pensarlo mejor, pero creo que ningún ministro español ha sido capaz de huir del narcisismo de la reforma para caer en la responsabilidad de los datos., es decir, entender, comprender, escuchar el enigma de la educación. Explicar, por fin, por qué se invierte menos en formación que en los países punteros de la Unión Europea, por qué los resultados no son demasiado brillantes- volvamos  a las pruebas PISA-, por qué hay tan alto índice de abandonos y fracaso escolar, por qué después de diez y doce años de estudiar inglés en las aulas no se habla inglés, por qué educación y mercado laboral están reñidos en España.

En el caso de la reforma actual se abandonan los supuestos educativos de la  pedagogía comprensiva y de las evaluaciones periódicas, para retomar el modelo del evaluador exigente: exámenes, muchos, exámenes, pruebas y más pruebas, cada ciclo, cada paso que los estudiantes den debe estar orientado por un examen. Pruebas de ciclo, de grado, reválidas. Un consejo a los estudiantes que empiezan: aprendan a hacer exámenes.

Probablemente, el ministro Wert ha descubierto que lo que le faltaba a la educación española media y primaria eran recortes en profesorado, en recursos docentes, en pensamiento estratégico y en nueve meses, sin consensuar con nadie, sin hablar con los sectores afectados, sin contar con los sectores económicos, sin ponencias de fondo, sin diagnósticos que calen en la sociedad española, entrando en el territorio autonómico quitándoles competencias -supongo que por que cree que son de su propiedad-, “ha descubierto” la quimera del oro: el valor ontológico de los exámenes y lo necesario de hacer, de reformar, de cambiar sin comprender el cambio, ni sus consecuencias.. Otra reforma en ciernes, lo que no sé es para qué, ¿quién pedirá cuentas del nuevo desaguisado?

El segundo hecho llamativo es la presencia popular en la calle en la celebración de la Diada de Cataluña. Se ha escrito mucho sobre el carácter histórico de la manifestación. Seguramente lo será. También sobre las pretensiones de los convocantes de conformar una masa crítica y política para reivindicar la independencia de Cataluña. Han tronado las páginas editoriales de la prensa española, se han oído quejas hasta de la Casa Real llamando al buen nombre de España. El gobierno del PP ha levantado la voz para decir: ¡de eso nada¡ y al PSOE tampoco le ha gustado.

España es un Estado-país donde cada vez pesa más lo primero y menos lo segundo.  Es, probablemente, el Estado europeo que más palabras gasta en intentar decir por qué hay que ser español, pero no sabe acertar ni con los discursos, ni con los actos concretos de la afirmación. Desdeña lo que no entiende o a quién no aplaude lo dicho. No entiende de la decadencia de los Estados-Nación, por más que sea un país sin recursos ideológicos, ni capacidad para convencer a quienes no quieren ser españoles.  No tiene tampoco caja ni tesorería para compensar los desajustes de la convivencia. En tierra de nadie, sin poder exhibir músculo, sin nervio creativo, lo que queda es negar, rechazar las razones del otro.

España ha olvidado que la convivencia es una forma buscada de conversar, de dirimir dificultades, de encontrar nexos de unión y miles de coincidencias. Hoy  la versión de España que se predica  no coincide más que consigo misma, sumida en una centrifugadora  que confunde la acción con el movimiento, la imposición con el consenso, la tradición con el futuro y la negación con el poder. Es curioso, cuanto menos poder de convicción, cuanto menos poder material,  cuanto menos recursos ideológicos, cuanta más debilidad, más insistencia en la fortaleza, en el futuro, cuando lo que queda sin dilucidar es lo más importante: ¿por qué tantos y tantos ciudadanos que habitan este Estado no se sientes españoles?

No sé si los catalanes que se manifiestan por la independencia alcanzarán su objetivo, lo que sí parece cada vez más claro es que donde no llegarán nunca es a ser españoles ¿Hay espacio para coexistir en un Estado cuando no formas parte de la nación?  Éste, y no otro,  es el dilema español  ¿Qué razones hay  para continuar cincelando un Estado, con cada vez menos nación, menos soberanía interna y externa, menos reconocimiento y más empecinado en querer ser lo que no es y lo que muchos ciudadanos no le reconocen? Hay que elegir y me temo que los caminos son limitados: volvemos al Estado conocido, circulamos la ruta de la Nación que ofrece el Estado, o retomamos los caminos de la democracia.  Los tres puntos de salida y llegada están disponibles , pero ¿cómo los ordena

 

 

Un pensament a “Educación y nación”

  1. Ander, la pedagogía comprensiva y de las evaluaciones periódicas ha introducido una doble discriminación: por un lado, los estudiantes con ganas de aprender no pueden hacerlo porque tienen que compartir aula con gente que solo quiere boicotear el desarrollo normal de la clase, y de otro lado las clases populares que no tienen acceso a un sistema educativo público de calidad.
    Pedagogos, psicopedagogos y demás (supuestos) expertos en educación, aunque nunca hayan pisado una clase, culpan siempre a los profesores de no haber estado a la altura de los planteamientos de la reforma educativa que introdujo la LOGSE, en lugar de efectuar un ejercicio de autocrítica y reconocer que el sistema no funcionaba porque era pésimo. Señores expertos, aunque sea prosaico, si eliminas los incentivos de aprobar los exámenes, la gente no estudia: yo he sido niño y adolescente, y os prometo que las tardes me presentaban mil oportunidades de poder hacer cosas mil veces más divertidas que estudiar para un examen, pero la obligación de tener que aprobar para pasar de curso me servía de motivación para pasar la tarde aprendiendo la lección. Ustedes, como los grandes tiranos de la historia, siempre culpan a los demás de no haber estado a la altura de sus ideas visionarias, más autocrítica por favor.
    Más latín, más matemáticas, más lengua, más física y menos asignaturas de libre configuración

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