Eduardo Mendoza, premio Cervantes

Nos vimos por primera vez en junio de 1982. Me dijo algo que pasados 34 años parece dicho hoy:

–Hemos pasado de subdesarrollados a pobres y no sé si hemos salido ganando con el cambio. Es como pasar de campesino a cobrador de autobús, lo que representa ser miembro de una sociedad industrial y de un sector de servicios, lo que puede parecer una mejora pero no estoy muy convencido de que lo sea.

A este hombre educado, elegante en el trato, irónico, seguidor del Barça al que fascina ver un partido en San Mamés, le han concedido el Premio Cervantes. Se lo merece.

La carrera literaria de Eduardo Mendoza arrancó como un trueno, en 1975, con La verdad del caso Savolta (que comienza con la frase “facsímil fotostático del artículo aparecido en el periódico ‘La Voz de la Justicia’ de Barcelona el día 6 de octubre de 1917, firmado por Domingo Pajarito de Soto”).

Cuando la terminó, me explicó un día, se encontró en la fase de no saber por donde tirar y optó a una plaza de traductor en la ONU pensando que si la ganaba le enviarían a Ginebra. La ganó pero le enviaron a Nueva York, que recuerda era una ciudad sucia y oscura y no la ciudad de hoy, que ve como una comedia musical.

Pasaron los años y encontró su camino literario, forjado en la imaginación y en lo que se ha definido, por su precisión y belleza, como “un lenguaje cervantino”. Novelas situados en marcos de referencia que son viejos recuerdos, tanto de una Barcelona ya no existente como de una Nueva York recreada.

Hace treinta años me dijo otra frase que ha resultado profética:

–Hay que detenerse a pensar lo que le sucede a un país que se muere de hambre y de guerras cuando encima le caen 60.000 refugiados de golpe procedentes de otras hambres y otras guerras. A la ONU se le puede criticar por muchas cosas pero son organismos de la ONU los que palían esos desastres humanos.

Libros de Mendoza. Relectura regalo para el fin de semana.