Dos asesinatos de novela

José Martí Gómez
Periodista

Londres, 1992

Mientras tomábamos el té en su casa, Annabel Markov, unos inolvidables ojos azules, me contó como en 1978 fue asesinado su marido, Georgi Markov, disidente búlgaro que trabajaba en el servicio extranjero de la BBC.

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Georgi Markov junto a su mujer Annabel, en la foto de portada en el día de su boda

-La madrugada del 4 de octubre vi que mi marido tenía una fiebre muy alta. Será la gripe, le dije. Él me respondió que tenía un presentimiento terrible. Me explicó que paseando por el puente de Waterloo sintió un pequeño pinchazo en el muslo derecho. Junto a él un hombre  sostenía un paraguas. El hombre le pidió perdón por pincharle con la contera, cruzó rápidamente  al otro carril del puente y paró un taxi. Georgi se bajó el pijama  y me mostró una pequeña marca en su muslo. Era como la marca que dejaría un bolígrafo. Ingresó en el hospital y murió tres días después. Acababa de cerrarle los ojos cuando inspectores de la rama especial de Scotland Yard entraron corriendo en la habitación y me pidieron las ropas que Georgi lleva cuando le pincharon. ¿Qué creen que ha pasado?, les pregunté. Que su marido ha sido asesinado, respondieron. Tres semanas después de su muerte se encontró en el muslo de Georgi una bolita minúscula que no se había detectado en la primera autopsia. Es bolita contenía ricino, un veneno letal. Cuando a Bulgaria llegó la democracia se pudo probar que el hombre que pinchó a mi marido con el ricino mortal era un agente de los servicios secretos búlgaros y el hombre que había dado al orden asesinar a Georgi fue el dictador comunista Zhivkov. Si me pregunta como he vivido estos años  le diré que he vivido tratando de no terminar destrozada. Esa es la cuestión: no terminar destrozada. Creo que la vida la puedes modelar muy poco y que a ti solo te cabe el recurso de luchar contra las cosas que pueden derrotarte.

– ¿Qué fue lo último que le dijo su marido? -le pregunté.

Me sirvió más té, acarició el gato. Se le nublaron sus ojos azules.

Respondió:

-No. No puedo hablarle sobre esto. No quiero pensar de este modo sobre su muerte.

La hija que Georgi no vio nacer hacía los deberes en una mesa cercana.

Barcelona, unos años después

Marina Litvinenko si quiso recordar lo último  que le dijo su marido:

– Antes de perder la conciencia me cogió de la mano y me dijo que me quería. Ya no dijo nada más.

El disidente ruso Alexander Litvinenko falleció en noviembre del 2006 en el Universty College Hospital de Londres. Según los informes médicos había sido envenenado con material radiactivo. Concretamente polonio. Fue una sospecha desde el primer momento pero esta semana la justicia británica ha confirmado que las investigaciones prueban que dos agentes del servicio secreto ruso viajaron a Londres, invitaron a Litvinenko a un encuentro en un céntrico hotel e introdujeron polonio en su tetera.

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Alexander Litvinenko el día de su boda

Su viuda me contó que tras el asesinato de su esposo vivía inmersa en problemas emocionales:

– Estoy intentando racionalizarlo pero no es fácil. Tengo que admitir que me ha convertido en una persona más emocional, más sensible y con un gran deseo de venganza.

Los ojos de Marina, ¿azules, verdes, según la luz? se humedecieron.

Las vidas de Georgi Markov y Alexander Litvinenko no son paralelas salvo en el hecho de ser víctimas de dos asesinatos propios de novelas de John Le Carré. El primero era un disidente idealista. El segundo era un disidente que trabajaba en Londres para Boris Berezovsky, oligarca  ruso que se enriqueció con las privatizaciones al caer el comunismo y también vivía exilado en Londres tras enfrentarse con Putin.

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Marina Litvinenko, viuda del antiguo espía ruso Alexander Litvinenko

Londres, un día de 1993

Paseando por un parque, lugar en el que suelen citarse y explayarse los espías y los que han tenido que ver con el espionaje, John Le Carré me contó que cuando escribió La Casa Rusia tuvo dificultades para encontrar el modelo físico de Katia, la protagonista. Encontraba su voz en las mujeres rusas que veía  pero no el físico imaginado para dar vida a una mujer con la clase que solo la naturaleza puede dar. Años después de ese encuentro con Le Carré pensé que  tal le habría inspirado la belleza eslava de Marina Litvinenko, mujer de aspecto frágil, profesora de baile a la que el destino le dio un inesperado papel en el drama de la lucha y la ambición por el poder que tiene de shakesperiano lo de ser una historia llena de ruido y de furia. Pero también recordé que Le Carré me dijo que un día descubrió que el perfil de Katia lo encontró en la mujer inglesa y al recordar esto pensé que bien pudiera ser una mujer parecida a Annabel Markov.


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