El día que fui Dios una horita

Por Fabricio Caivano

Hace más treinta años y durante una hora yo fui Dios, así, con mayúsculas. Era una mañana de abril del año 1985. En una de mis escapadas a visitar escuelas  prodigiosas por las españas, recalé en Sevilla, acogido con afecto por un grupo de docentes ecologistas.  El entusiasmo era el color de aquellos tiempos en los que íbamos a sembrar un hombre nuevo para que habitara dignamente un mundo nuevo también. La moderación no es un vicio juvenil,  eso llega con el paso del tiempo y si acaso llega.

Al acabar el encuentro de seis días, una maestra maravillosa, mayor y hechicera de nombre Carmen,  me propuso alojarme por una noche en  el Coto de Doñana, donde ella había iniciado un trabajo de campo sobre las aves migratorias. Nos trasladamos en su viejo R4 verde de la consejería de agricultura de la Junta, al anochecer, hasta una precaria casetilla encalada, cuatro camastros desvencijados y una ducha de “cordel regadera” en un cañizo exterior,  aneja al Palacio de Doñana que entonces estaba en obras. Recuerdo que me musitó esta orden mágica: “salimos al amanecer”. Un eco de la inolvidable voz  de mando de R.L. Stevenson y compañía, promesa de todas las aventuras… “! zarpamos al amanecer ¡”

Poco después de las cinco, oscuro, echamos a andar por los arenales hacia el mar. Imposible describir el gozo inquietante del azote moral de tanta belleza, recién nacida a la luz flameante, rojiza. Dicen que los niños estrenan el mundo cada mañana y que por eso mismo, para no olvidar nunca esa primigenia sensación que les hace nacer el lenguaje,  preguntan el nombre de cada cosa asombrados de su propio asombro fundacional.  Hasta que optan por calla.  Por eso la única patria verdadera acaba siendo la infancia.

Eso hice yo, lo mismo que Dios según el fastuoso relato del Génesis: descansar el séptimo día y dedicarse a nombrar toda cosa o animal  alumbrado por su descarada omnipotencia.  Yo también fui Dios por una horita. La verdad, un gustazo.  Sin palabras ante el espectáculo inesperado del paraíso bajo la luz del sol naciente:  humedales, pinos, caballos, corzos,  aves, dunas, tortugas, nutrias, dos ríos, un mar color vino… Y un silencio coral como  callada música. Ese es mi recuerdo original del Coto de Doñana, recuerdo que aún conservaba intacto.  Hoy, enfangados en estos tiempos de desencanto y fuego, me lo ha borrado la brutalidad de las imágenes del reciente incendio en Doñana; eso sí, ya declarado “totalmente controlado” por unos bufones  militarizados y con mando en plaza… hasta el próximo parte de guerra.  Fingen luchar contra el fuego que ellos mismos alimentan.

Hoy el último fuego corroe el borde de aquél vergel de Doñana.  Ayer fue la tan repetida imagen, cenicienta y trágica,  de una larga carretera portuguesa, a vista de dron,  sembrada de automóviles calcinados…  Mientras una docena de ladrones encorbatados nos mienten desde el pulpiTV, una vez más, con la indolente solemnidad del cínico, los ciudadanos del planeta entramos, algunos conscientemente, en  una nueva era de desasosiego, soledad y  miedo, tan bien descrita por Corman McCarthy en su inquietante distopía titulada, con profética precisión a la vista de esa imagen portuguesa, “La Carretera”.

Realidad y ficción cantan un largo cuento:  una narración iniciada ayer con nuestra expulsión del paraíso original, hasta hoy, en que los cuatro perros usureros del apocalipsis nos llevan pastoreando, al alegre berrido planetario de !!GOOOOOOOL ¡¡, hacia la caverna final de un infierno de plasma y aire acondicionado. Esto huele a fin del mundo, amigos. Pero que me quiten este baile inolvidable:  yo también fui Dios por una horita.

 

2 pensaments a “El día que fui Dios una horita”

  1. “…Fingen luchar contra el fuego que ellos mismos alimentan.”
    Es así, terrible y cierto. Doñana acechada, desde hace tiempo por los intereses de los lobbys apoyados en los serviles políticos de turno. Los que deberían guardarla mirando hacia otro lado mientras los lobos se la reparten.

    Tristeza y desolación .Muchos años soñé con ser Diosa por una horita allí como describe Fabricio. Si llegará a ir, encontraría hoy la obra y efectos de “los demonios”.Tristeza y desolación.

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