El día que Franco indultó a Franco

Domingo Marchena
Periodista

El 2 de marzo de 1974, el día que Franco indultó a Franco, la dictadura cometió sus últimos dos asesinatos por el método del garrote vil, un poste con una arandela que se iba cerrando y cerrando sobre el cuello del reo, a medida que el verdugo hacía girar un torno o manivela. Las últimas víctimas de esta barbarie cruel e indigna fueron Salvador Puig Antich y Heinz Chez (o Ches), a quien la prensa de la época presentó unas veces como apátrida y otras como polaco, lo que sin duda hubiera hecho las delicias de Alfred Jarry, que situó la acción de Ubú rey “en Polonia, es decir, en ninguna parte”.

No fueron los últimos asesinatos del franquismo, pero sí los últimos a garrote vil. El dictador moribundo de las “heces en melena” y del “equipo médico habitual” aún sería capaz de firmar con mano temblorosa e inmisericorde los cinco fusilamientos de 1975. El día que Salvador Puig Antich y Heinz Chez fueron asesinados, Franco indultó a Franco y la dictadura dio una nueva muestra del castellano que hablaba.

El franquismo se erigió en garante de símbolos que no eran suyos –la patria, el catolicismo, la bandera…­­– e hizo del insulto su mejor arma. Insulto a la justicia, a la inteligencia, a la sensibilidad, a la religión, al pueblo. “No ladres, habla castellano”, decía después de la Guerra Civil a los catalanes esa misma dictadura que creía defender el castellano y que en realidad lo estaba destrozando.

La jerigonza del régimen, más cuartelaria que imperial, no era el castellano de las grandes alamedas, de las nanas de cebolla de Miguel Hernández, de la arboleda perdida de Rafael Alberti o del cuchillo chillando de Blas de Otero. Era una retahíla patibularia, grandilocuentemente inculta y tabernaria, que tuvo un efímero renacer en aquel “¡Se sienten, coño!” del bigotudo Tejero. Un diario sueco, que confundió su tricornio con una montera, calificó así su intentona golpista: “Un torero con una pistola amenaza a los diputados españoles”.

¡Me maten en castellano, coño!”, podría haber gritado también Heinz Chenz, a quien el cronista pide perdón por la irreverencia. La sentencia que lo llevó al cadalso también intentó asesinar la corrección léxica. Las pavorosas faltas de ortografía que jalonan el documento confirman que aquella justicia militar era a la justicia lo que el canibalismo a la gastronomía. ¿Nadie del tribunal militar releyó el texto? ¿Nadie lo corrigió? ¿A nadie le importó que el franquismo mostrara tan crudamente sus vergüenzas? ¿Su imperio de cartón piedra mojado en sangre?

¿Y a quién le interesan unas faltas de ortografía en comparación con una vida?, se preguntará el lector. Y quizá tenga razón, pero esas faltas son hoy una de las pocas herramientas a nuestro alcance para recordar a Heinz Chez. De Salvador Puig Antich, de quien se han hecho canciones, escrito libros y rodado películas, lo sabemos casi todo. Hoy da nombre a calles y plazas en ciudades como Barcelona o Sabadell. Y el gobierno municipal de la alcaldesa Ada Colau ha anunciado una querella contra el juez togado militar que firmó la sentencia, en la actualidad abogado en ejercicio en la capital catalana.

Pero de Heinz Chez, que para empezar ni se llamaba así ni era apátrida ni polaco, no sabemos casi nada. El periodista y escritor valenciano Raúl Montesinos Riebenbauer recuperó parte de su verdadera historia en El silencio de Georg (RBA en castellano, La Magrana en catalán). Heinz Chez era en realidad un alemán de la RDA que se llamaba Georg Michael Welzel y que entró en España con documentación falsa a finales de noviembre de 1972.

La sentencia condenatoria, que dio tantas patadas a la justicia como al idioma, consta de seis folios y 3.064 palabras, algunas de las cuales no existen en el diccionario de la Real Academia Española. Según el fallo, el 13 de diciembre Heinz Chez llegó en su vagabundeo por Catalunya hasta los muelles de Barcelona, donde estuvo “preguntando en idioma estrangero” (sic) por la posible arribada de un barco. Los ponentes de la resolución sospechaban, aunque sin explicar en qué justificaban sus suposiciones, que su intención era cruzar el Estrecho y marchar a África.

Al toparse con el guardia civil Jesús Gutínez Díaz, que le iba a pedir la documentación, abrió fuego contra él con una pistola que luego nunca más apareció. El abogado defensor, Salva Cortese, negó los hechos, pero para los magistrados no hubo dudas de que el acusado “irió” al agente, como probaba “el horificio de entrada” de la bala. Tal cual.

El presunto homicida pudo huir sin que lo detuvieran “y en fecha no concretada exactamente” allanó un chalet de una urbanización de Cambrils, donde sustrajo una escopeta de caza, licencia 11.478. Con esta arma y 17 cartuchos (de la pistola inicial no vuelve a decir nada más la sentencia) “apareció el día 19 de diciembre en la cafetería del camping Cala d’Oques, de Vandellòs”. A la camarera, la holandesa Jeanette van Hoorn, no le extrañó que llevara una escopeta porque era época de caza.

Georg Michael Welzel

Heinz Chenz, el heterónimo de Georg Michael Welzel, se iba a tomar un café cuando se presentó en el bar el guardia civil Antonio Torralbo Moral. Temiendo que fuera a detenerlo, el acusado abrió fuego contra él y le provocó la muerte “por destrucción total del corazón” (al parecer, sólo las heridas de amor destruyen parcialmente los corazones) y “emorragia masiva” (sic una vez más y no será la última).

Tras el nuevo homicidio, el procesado se fue, “avandonando” la escopeta y llevándose el arma reglamentaria de la víctima, una Star del nueve largo. Sorprende que alguien presuntamente capaz de dos agresiones a sangre fría como las relatadas no opusiera un día después la más mínima resistencia en la estación de Ametlla de Mar cuando le dio el alto una pareja de la Guardia Civil. O, como dice la sentencia, “una paraja”.

El abogado defensor, como el de Puig Antich, intentó por todos los medios que no se cumpliera la sentencia de muerte. El fiscal, sin embargo, se mantuvo firme y consideró que Heinz Chez, que murió con un nombre que no era el suyo, era culpable de dos delitos de “insulto a Fuerza Armada”. Así, y no como asesinato, homicidio o lesiones, estaban tipificadas entonces las agresiones a los militares “y un guardia civil es Fuerza Armada a todos los efectos”. No tiene nada de extraño, el Código Penal que la democracia heredó de la dictadura, y que estuvo en vigor muchos años, con sucesivos parches, hablaba del delito de robo con violación, y no de violación con robo, como si el derecho a la propiedad fuera más importante que la libertad e integridad sexual.

Salvador Puig Antich y Heinz Chenz fueron asesinados el mismo día. La ejecución del primero comenzó a las 9,40 horas, en la Modelo. La del segundo, que se pasó la noche jugando al parchís, a las 9,30, en la cárcel de Tarragona. Es imposible, sin embargo, saber quién expiró antes porque, como explicó Daniel Sueiro en La pena de muerte (Alianza editorial), “no uno, ni dos, ni tres minutos dura a veces el espeluznante espectáculo, sino veinte, veinticinco o treinta minutos intensos y agónicos” hasta que el verdugo logra que la víctima “deje de estremecerse espasmódicamente y se quede quieto, quieto, muerto”.

Sucedió el 2 de marzo de 1974, en la recta final del franquismo, que murió matando. Ese mismo día el tiranosaurio conmutó la pena de muerte del guardia civil Antonio Franco Martín, que en octubre de 1973 discutió con el capitán Francisco Manfredi Cano y lo mató de un tiro en un cuartel de Huelva. Este otro Franco salvado por Franco no fue a juicio por un delito de asesinato, homicidio o insulto a Fuerza Armada. Lo condenaron como culpable de “un delito consumado de maltrato de obra a un superior en ocasión de servicio, con resultado de muerte”.

Este era el castellano de la dictadura.

Un pensament a “El día que Franco indultó a Franco”

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