Detectives en el filo de la navaja

Julián Peribáñez y Álex Borreguero (con casco), empleados de la agencia Método 3 / MANOLO GARCÍA (Ara)
Julián Peribáñez y Álex Borreguero (con casco), empleados de la agencia Método 3 / MANOLO GARCÍA (Ara)

José Martí Gómez
Periodista

Cuando se habla de detectives la palabra se asocia a los personajes míticos  creados por Raymond Chandler o Dashiell Hammnett pero el detective español no tiene nada que ver con Sam Spade o el Philip Marlowe al que Humphrey Bogart puso rostro en el cine. El detective español no lleva pistola, no tiene relación con los fiscales y lee poca novela negra. El detective español sí se asemeja a Marlowe o Spade en que, como ellos, bebe mucho porque el bar es un buen refugio en las  horas de espera que requiere un seguimiento, fuma como un descosido y, en palabras de un detective, “lleva una vida puteada similar al del repartidor de pizzas”. El resultado es que ocho de cada diez jóvenes detectives que entran en el oficio lo dejan al cabo de poco tiempo.
El caso de la agencia Método 3 ha desvelado lo que en medios policiales, políticos y empresariales era un secreto a voces: que España es un puticlub en el que el trabajo detectivesco vulnera la intimidad en muchos de sus  trabajos: es cosa de cada día la obtención ilegal de declaraciones de renta; de historias clínicas, laborales o penales; de informes sobre empresas e incluso conseguir facturas de teléfono móvil que permiten seguir o espiar el rastro del Vigilado/a.

Porque entre esas dos palabras, seguimiento o espionaje, hay el matiz de la legalidad o la ilegalidad. El filo de la navaja. El caminar por la cornisa. Se puede seguir el movimiento de una persona si el encargo lo formaliza una parte directamente interesada. Puede seguirse a la esposa o al marido sospechoso de adulterio pero es ilegal encargar el  seguimiento de una compañera de trabajo. En la práctica ocurre que si seguir a una persona legalmente sale por 500 euros al día, cuando el cliente dobla o triplica ese precio el detective hará caso omiso a la legalidad y seguirá o espiará a la persona sobre la que el que le paga tiene interés de conocer determinados datos confidenciales.

Ese seguimiento o espionaje ilegal el detective no lo hará constar en el libro registro en el que todo profesional de la investigación privada debe hacer constar el número de orden, la fecha de entrada del encargo, la fecha de finalización del trabajo, el asunto de que trata, quien lo pide, para qué, quién es el investigado/a, el delito perseguido y algunos datos más. Es un libro de forma rectangular,  tapa dura, color rojo, que un par de veces al año el detective debe presentar ante el departamento de policía que supervisa su trabajo. No se sabe de ningún detective lo suficientemente imbécil que haya anotado en el libro registro una investigación o espionaje ilegal. Cabe entonces preguntarse para que sirve el libro registro, porque haber seguimientos o espionajes ilegales los hay. Muchos.

En Catalunya están registrados 525 detectives en su colegio profesional, algunos ya jubilados. Agencias en las que trabajen varios detectives una treintena. Detectives autónomos, la mayoría. Un agente de un cuerpo de seguridad no puede trabajar como detective hasta dos años después de causar baja como policía o guardia civil pero hay ex policías o policías en activo que vulneran esa ley.

Existe un masivo tráfico ilegal de información confidencial. En la cena anual del Detective en la que cada año confraternizan mandos policiales e investigadores privados, todo es cordialidad. También lo fue la del año pasado pero quince días después de haber brindado en común la policía detuvo en toda España a unos 50 detectives y junto a ellos a funcionarios de diversos ministerios que vendían la información confidencial que los detectives les pedían. Todos ellos fueron imputados en la denominada operación Pitiusa que se inició en Mallorca, con tentáculos extendidos por toda España. Ocurrió a mediados del pasado año y el juicio oral todavía no se ha celebrado.

El detective español tiene un carné en el que se especifica que depende de la Dirección General de la Policía y la Guardia Civil, o lo que es lo mismo, del Ministerio del Interior. Para conseguir ese carné de identidad que acredita como detective y, llegado el caso puede dar a su investigación valor pericial ante un juez, necesita el bachillerato superior y tres años en la facultad de Derecho estudiando Investigación Privada, título que convalida la Policía como detective privado.

Con el carné de detective en la cartera se puede ganar bien la vida o se puede pasar miseria. Agencias potentes, pocas. Son las que bordean más la ilegalidad o incluso la traspasan, muchas veces en connivencia con la propia policía que hace la vista gorda o incluso encarga trabajos que por ser ilegales el Estado no puede acometer.

La crisis económica afecta al detective porque ha descendido el cliente privado que llama a la puerta en muchos casos tras consultar las páginas amarillas porque carece de otras referencias. La merma de clientela privada la propia crisis la ha paliado llevando hasta las agencias de detectives más potentes a empresas de seguros porque la crisis hace que aumente el fraude (para los cinéfilos queda el recuerdo de la película Perdición) y a entidades financieras que piden se investigue la solvencia de  determinados clientes. Incendios simulados, exageración de daños en vehículos, lesiones simuladas son los fraudes más habituales. Es habitual el caso del asegurado que por sufrir una lesión en el aparato motriz que le impide trabajar cobra lo que estipula su póliza de seguros pero el detective le pesca jugando al tenis. Cuando la póliza de seguro es importante la compañía investiga a fondo antes de pagar.

Empresas de seguros y entidades financieras pagan precios reventados por investigaciones legales pero partidos políticos y empresarios abonan lo que se les pida por informaciones obtenidas de forma ilegal. En despachos de detectives se percibe el run run de que casi todos los eurodiputados han sido espiados en Bruselas y Estrasburgo y que durante unos años el Barça ha sido negocio para agencias de detectives porque demostrando que es más que un club allí se espiaban todos, unos a otros. Un desliz amoroso, un cobro ilegal, se cotiza en los turbios ambientes de la política, la economía o el deporte.

John Le Carré, maestro de las novelas de espionaje, me dijo un día que espiar es esperar. Los avances tecnológicos en materia de espionaje ofrecen en el mercado virguerías pero para el buen detective el gran avance ha sido el teléfono móvil que ofrece toda una gama de servicios: evita al detective la angustia de buscar con urgencia una cabina de teléfono, permite fotografiar a la persona que se sigue o espía e incluso, colocando de forma ilegal, a modo de lapa, un segundo teléfono móvil bajo el asiento que conduce el Vigilado/a se le puede seguir a lo largo de su itinerario.

Pero una cosa sigue siendo igual que siempre: si seguir o espiar es esperar, el detective seguirá meándose en los pantalones sea en el interior del coche, acodado en la barra del bar o acurrucado en un portal, pasando frío o calor, a la espera de los impredecibles movimientos  de su Vigilado/a al que no puede perder la pista.

 

 

 

 

Un pensament a “Detectives en el filo de la navaja”

  1. “Peribáñez y Borreguero, de la agencia Método 3”. Parecen personajes de una novela de Eduardo Mendoza, la verdad (no llegan al glorioso “Mortadelo y Filemón, agencia de información”, pero se acercan. Mucho).

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