Descartes pesqueros

Tiburón ballena, el pez más grande del mundo. Foto Eduard Durany
Tiburón ballena, el pez más grande del mundo. Foto: Eduard Durany

Sergi García
www.asgalanthus.org

Con esta expresión se alude a la práctica de la pesquería industrial de lanzar por la borda toneladas de peces, muertos o moribundos, que por razones comerciales no interesa desembarcar. Aunque la mayoría son peces, también entran en esos lotes tortugas, delfines y otros desafortunados seres. Se podrían traer aquí argumentos de todo tipo para reprobar la práctica, desde éticos a estéticos, con el hambre que se pasa en el mundo, con lo feo que es tirar comida, pero nos centraremos en los biológicos para hacer un breve bosquejo de la situación, que adelanto que es la siguiente, simplemente estamos dejando los mares en los huesos.

O mar é femia porque sempre esta a parir decían los pescadores gallegos, maravillados ante la prodigalidad y fertilidad del mar, claro que con las artes de pesca tradicionales, el mar podía responder generosamente a las arremetidas. Hace no tantos años, los arenales de las rías gallegas eran capaces de llenar de berberechos y almejas las latas de una floreciente industria conservera, podías hacer tu vermut con berberechos de las rías a un precio asequible, de hecho, era innecesario distinguir el producto con lo que ahora es una divisa de calidad “de las rías gallegas” porque era la procedencia habitual. Intenten comprar mañana una lata de 16 unidades de almejas blancas de las rías gallegas Los Peperetes o unas afamadas Paco Lafuente, preparen 40 euros.

La pesca es la última actividad humana en cierto modo heredera de la caza-recolección, el sistema socio-económico del paleolítico. El ser humano abandonó esa forma de ganarse el sustento por lo impredecible del recurso. Depender de la bonanza, de los misteriosos ciclos de la vida, del trasiego constante en pos del alimento era una incomodidad y un alto riesgo, así que nuestra especie optó por la mayor seguridad de la ganadería y la agricultura. El mar no se repuebla, no se cultiva, no se abona, en todo caso, al revés, se le vierten toda clase de sustancias perniciosas y desperdicios, se le desdibuja su frontera con la tierra firme, se le cercena el fluir de los ríos, que le entregan los nutrientes necesarios para generar vida y sin embargo, es nuestra despensa. Anualmente se extraen para consumo alrededor de 80 millones de toneladas de peces y otros organismos más unos 7 millones de toneladas que son arrojados al mar como descartes. No ha habido una variación grande desde hace unos 25 años en cuanto al volumen anual de capturas, en virtud de un aumento del esfuerzo y no a resultas de un mantenimiento de las poblaciones de peces. Los caladeros tradicionales se agotan, se buscan nuevos, se agotan las capturas a una profundidad, se ahonda más.

La pesca tradicional apenas tiene descartes, porque es mucho más dirigida, pocos descartes tiene también la pesca de peces pelágicos como la sardina o el boquerón. En el otro extremo de la balanza está la pesquería de arrastre, cuyas redes rastrillan el fondo marino. Esas monstruosas bocas, abiertas de par en par, avanzan con una voracidad indiferente ante peces que todavía no han podido reproducirse, ante hembras de crustáceos cargadas de huevos, ante especies en peligro, obviamente es difícil hacer selección alguna. Las consecuencias ecológicas de los descartes no se han evaluado completamente, se sabe que pueden favorecer a ciertas comunidades en detrimento de otras y que pueden dañar la pervivencia de ciertas especies, en cualquier caso es un despilfarro biológico que el Parlamento Europeo ha querido subsanar considerando una petición largamente vindicada por la comunidad científica. Una inmensa mayoría, con la oposición de los sectores más conservadores (en lo único que valdría la pena ser conservador), ha aprobado un informe de la eurodiputada alemana socialdemócrata Ulrike Rodust  que significa de facto la prohibición de los descartes, ya era hora, amigos pezqueñines.