Demasiado asesino como para estar con la poli

e.Mail de Galicia
 Juan Tallón

«Sabemos que usted es uno de los personajes más notables que ha visitado esta ciudad –comentó un periodista de Guanajuato al escritor Jorge Ibargüengoitia al comienzo de una entrevista–, pero ¿quisiera decirnos a qué se dedica?». Esta metáfora sobre la ignorancia de las cosas sabidas describe con precisión la irrupción de Mario Conde en la política gallega. Todos sabemos quién es, o en el peor caso quién fue, pero nadie lo conoce. Ello no es óbice, sin embargo, para que de improviso resulte una amenaza electoral, a la cabeza de Sociedad Civil y Democracia (SCD). No es raro. En este país ya ha prendido la idea de que la política es demasiado seria como para dejarla en manos de los políticos, de manera que Conde es tan bienvenido como podrían serlo, en estas condiciones, Clint Eastwood o Bob Esponja.
Da igual lo que haya sido Mario Conde en el pasado, o dónde haya pasado largas temporadas. No ha sido político profesional y tiene aptitudes de telepredicador: eso es cuanto se precisa para aspirar a un pelotazo electoral. Su status, en este preciso minuto, recuerda mucho a esa escena de Reservoir dogs, de Quentin Tarantino, cuando el Señor Rosa, hablando del Señor Rubio, sostiene: «Ahora mismo este tío es el único en quien confío. Es demasiado asesino para estar con la poli». Conde se ha pasado los últimos años despotricando con suficiente afán contra la política –y conectando así con una corriente cada vez más extendida– como para que se le pueda confundir ahora con ella. Eso le permite plantarse ante ciertos auditorios y colar un mensaje no vamos a decir que cierto, pero sí eficaz y simple, incluso una pizquita gracioso: «Señores, estoy aquí para regenerar el sistema».

Justificadamente o no, hay gente en el PP de Galicia que tiembla ante el exbanquero. En esta comunidad, ese tipo de votante que no ha hecho otra cosa en la vida, cuando ha habido elecciones, que apoyar a la derecha era, en el fondo, alguien encerrado en una habitación sin puertas. Nunca experimentaba el deseo sobrevenido de huir porque no había una dirección en la que hacerlo. O el PP o la nada. La izquierda era suicidarse. Pero ahora, por primera vez en décadas, la derecha tiene compañía. Se ha roto el monopolio sobre el que Manuel Fraga aprendió a ganar elecciones –después de años ejercitándose en lo contrario– y que se podría resumir en: «La derecha es mía». Ahora hay que repartir.

Pero existe otra razón por la que la dirección del PP de Galicia teme a Mario Conde. El ex presidente de Banesto flirtea desde hace tiempo con la familia Baltar, que es la marca del PP en la provincia de Ourense, y que desde el comienzo de los tiempos mantiene con Alberto Núñez Feijoo una relación que incluye, además de cierto sentido de la unidad estratégica, el aborrecimiento mutuo. El asco une tanto o más que el amor, que, después de todo, siempre puede acabarse. Feijoo les deja hacer lo que quieren, hasta cierto punto, porque al fin y al cabo coleccionan votos para él, y los Baltar, fieles al PP, de vez en cuando sugieren con una indirecta que saben cómo agarrar por los testículos a Feijoo, con perdón, para que éste efectivamente les deje seguir haciendo. Hace años que la posibilidad de una ruptura está en el aire. Pero ya se sabe que para que algo se rompa bien, como mandan los cánones, debe caer al suelo.

José Luis Baltar era, hasta hace unos meses, el capo di capi del PP de Ourense, además de presidente de la Diputación Provincial. Era todopoderoso. Y por encima simpático. Él sabía que un buen negocio necesita una sonrisa, independientemente de que, como decía Lucky Luciano, requiera también una pistola. En la capacidad para ser encantador residió el éxito electoral de este señor. Encabezó una dinastía campechana, accesible, que tuvo en el trombón –que tocaba en fiestas con cierto virtuosismo– y los funerales –a los que acudía a dar su pésame más allá de un razonable respeto a la muerte– un elemento de control tan decisivo como las subvenciones o las ofertas de empleo por enchufe. La gente quiere líderes próximos, a los que se pueda acercar sin cita previa, para alimentar la idea de que –si pudo Baltar– un día también ella podrá ostentar el poder. Personalmente, no me fío de la gente que lleva encima más de tres mil euros en efectivo, pero admito que esa capacidad para resolver un problema en tiempo real, evitando burocracias y democracias, abasteció la idea de que Baltar era uno de los de abajo, y por tanto uno de los nuestros.

Pero hace meses, delegó todo su poder en su hijo, es decir, la presidencia de la Diputación y la del PP de Ourense. José Manuel Baltar tiene otros métodos. También otras amistades. Entre ellas, Mario Conde. No en vano, éste reside en una casa propiedad de los suegros de José Manuel Baltar, al oriente de la provincia. Hay intimidad personal, pero en los últimos meses también se les ha visto muy arrimados en actos institucionales, en los que la Diputación se ha puesto al servicio de Mario Conde. En alguna medida, con sus gestos Baltar le ha declaro al expresidiario: «Aquí un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo».
Esta peligrosa equidistancia es lo que mantiene de los nervios a la cúpula del PP gallego, que ha tenido que ver cómo las listas electorales de Sociedad Civil y Democracia se completan con nombres vinculados al PP de Ourense. Está instalado en el debate público que la familia Baltar –lo que incluye a una importante red de alcaldes a lo largo de la provincia, y a su medio de comunicación afín, hegemónico en Ourense– podría no deslomarse en exceso por el PP. Incluso obrar ciertos milagros para que Sociedad Civil y Democracia se vuelva una marca electoral repentina y sospechosamente atractiva.

Nada apunta a que el partido de Mario Conde, que concurre a las elecciones encabezando la lista de Pontevedra, como Núñez Feijoo, vaya a obtener representación parlamentaria. Pero en un escenario en el que la mayoría absoluta del PP baila sobre un alfiler, unos cuantos votos a la fuga pueden resultar letales.

Por si no existiesen bastantes motivos para precipitarse en el pánico, la presencia de Conde proporciona a socialistas y nacionalistas munición nueva. Parte de la estrategia de Núñez Feijoo ha pasado siempre por decir que la alternativa a un gobierno fuerte del PP, con mayoría absoluta, sin ataduras, era un gobierno bipartito, unido no tanto por afinidades políticas y un proyecto de país como por el interés en repartirse el poder. El latiguillo, aunque manoseado, resultaba efectivo. En el nuevo escenario, la oposición comienza a preguntar si la alternativa a un gobierno de progreso pasa por un Ejecutivo en el que Núñez Feijoo se entienda con un tipo condenado por apropiación indebida, estafa y falsedad.