Demandas, soluciones o ‘¿Si te he visto no me acuerdo?’

y tu mas

Ander Gurrutxaga Abad

Catedrático de Sociología

Hace poco más de un año, el Partido Popular desata pasiones. Gana con una amplia mayoría las elecciones generales, gobierna 12 CCAA y tiene mayoría en los ayuntamientos. La política oficial se hace popular y sus votantes creen que han dado un golpe de gracia a la crisis económica que el presidente socialista Rodríguez Zapatero vio venir pero no entendió y cuando quiso reaccionar no supo cómo, o peor aún, para qué. Las acciones populares se hicieron fuertes en la hipotética bolsa de la política. Millones de ciudadanos -más del 40% del electorado español movilizado- creen que lo que dicen que van a hacer es lo que hay que hacer. Piensan que la sustitución del poder socialista provoca una nueva situación donde lo que parece no tener arreglo, o está confuso, puede aclararse. Hay, en sectores de la opinión pública, confianza, incluso fe en que “se está en buenas manos”.

Después de poco más de un año de gobierno popular, la fe en el cambio y los caminos para abordar las crisis se perciben como una quimera. España parece un país de sublevados, no hay sectores sociales que o no se hayan manifestado en la calle o no hayan protestado por su situación. El resultado es que las políticas de ajuste han incrementado el número de parados, el nuevo modelo de crecimiento económico es- todavía- un propósito y la inicialmente crisis económica se ha transformado también en crisis política.  Algunas consecuencias se representan en las reformas no previstas o, al menos, no se habían presentado como tales en el programa popular. Éstas inundan la sociedad española y transforman la protesta, la desconfianza, el pesimismo y el hastío en estado de ánimo y en el termómetro del alma de la ciudadanía. Ésta se sumerge en el pesimismo lacerante. Por otra parte, la oposición política se refugia en la cueva de la búsqueda con una linterna que emite una luz muy tenue. Comparten con el partido en el gobierno dos hechos: no entienden qué pasa y quieren atajar los problemas de las crisis con fórmulas viejas de otra época.

Hay dos interpretaciones que se abren un hueco en el intento por comprender lo “qué pasa”: se acude a la tesis de la desafección política y a la de la crisis de valores. La desafección no refleja lo que ocurre con la política. No es verdad que a los individuos no les interese la política, al contrario, están muy interesados. En lo que no creen es en la versión que ofrecen las elites que la administran, donde la impresión que da es que quién huye de la complejidad y de las consecuencias de la política es el político. Los electores tienen voz, participan en la calle, en las redes sociales, en los sindicatos, en los medios de comunicación. Dicen que el reclutamiento de las elites políticas funciona de manera imperfecta, el sistema electoral tiene vías de agua, el sometimiento de los políticos a la lógica de los partidos y no a los intereses ciudadanos es un problema. Dicen que no se pueden gobernar ni gestionar situaciones complejas y caóticas como las del presente sin consensos fundamentales y la mayoría absoluta no puede ser una excusa para volver la espalda al parlamento. Hay temas estructurales, aquellos que definen lo que va a ser el futuro del País, que están sin abordar o cuestionados por políticas de poca ambición, escaso calado y que, además, no dan los resultados esperados. Por ejemplo, y por citar algunas relevantes: las políticas de empleo, el modelo de desarrollo económico, el I+D+i -auténtico instrumento de transformación estructural de la economía y la sociedad española, desmantelado, por falta de atención e inversiones-, que se requiere una  nueva ley de partidos y una reflexión en profundidad del sistema de representación política. La organización del Estado, el orden autonómico tiene graves fallas de funcionamiento y la pérdida de confianza y legitimidad no se arreglan con llamadas genéricas al orden de la democracia.

Con la crisis de valores ocurren otros hechos similares. Valores hay y muchos, agentes y agencias demuestran que las buenas prácticas pueden ser los referentes cotidianos a seguir. El drama es la elección sobre cuáles son los valores más adecuados y cuáles los elegidos. Lo que asusta es la falta de respuestas a las preguntas de por qué se opta por unos y por qué se olvidan otros. Por qué, por ejemplo, la codicia y no la justicia regula la decisión sobre los valores a seguir o por qué la irresponsabilidad ocupa un espacio tan grande en el sistema de decisiones….

Con lo que sí es conveniente acabar son con las disculpas absurdas. Si no hay respuestas eficaces para enderezar la economía, si no se sabe cómo refundar el sistema político roto, quebrado e inhabilitado para transformar la sociedad, si no se sabe cómo crear valores nuevos y sostener códigos de buenas prácticas, al menos, olvídese el principio del optimismo insensato del “todo tiene arreglo”, y comiéncese  a tratar en serio las cosas: empleo, financiación de las empresas y las familias, I+D+i, educación, sanidad, prestaciones sociales…. y regrésese a principios de pragmatismo político y la defensa de la vida digna.

Está por ver que esta generación de elites políticas impopulares sean capaces de hacerlo ¿Por qué digo esto? Porque se requiere capacidad e imaginación para experimentar con ideas nuevas, aprender de ellas, aprender a escuchar, crear nuevos conocimientos, transferirlos y seguir experimentando. El riesgo es que el conservadurismo de la política instalada no sepa qué hacer con los problemas que genera o los que no sabe atajar Para mi gusto, las dos preguntas fundamentales son: ¿qué han aprendido de estas crisis y cuanto de la zona de sombras que define hoy la política española? Los casos de corrupción no son algo nuevo en la historia de España, pero hoy la gravedad se amplifica por la incapacidad de las respuestas y por el cansancio de la ciudadanía que no quiere participar en el juego del escondite ni a esa fórmula idiota, pero que tanto gusta al sistema político: “ y tú más”, acompañada, casi siempre, por la tentación de la inocencia: “éste y ésta han sido, que yo no he sido”.

Los efectos y las consecuencias de los Bárcena, Gürtel…. etc, son también síntomas del agotamiento de las formas de hacer política en España. Metáforas y realidades de las crisis -económica y política-, y del temor de  las elites a tener que abordar la innovación de su oficio, el proceso de reestructuración de la industria de la política, la política de ajustes en la estructura de reclutamiento y en las estrategias para mantenerse en el poder, sin saber cómo hay que hacerlo y, sobre todo, sin estar dispuestos a pagar precio por ello. La modernización  del Estado y de las instituciones básicas requieren de otras bases: al menos, de cambios en el sistema electoral, leyes de transparencia y nuevas estructuras de reclutamiento y selección de las elites. La política y la democracia tienen en España mucho trabajo.

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Un pensament a “Demandas, soluciones o ‘¿Si te he visto no me acuerdo?’”

  1. Pese a estar de acuerdo con casi todo lo que se plantea en este artículo, disiento, de esta interpretación de la victoria del PP en Noviembre de 2011: “…Millones de ciudadanos -más del 40% del electorado español movilizado- creen que lo que dicen que van a hacer es lo que hay que hacer. Piensan que la sustitución del poder socialista provoca una nueva situación donde lo que parece no tener arreglo, o está confuso, puede aclararse. Hay, en sectores de la opinión pública, confianza, incluso fe en que “se está en buenas manos”…”
    Yo creo que ganó, gracias, por una parte, a su irreductible base de simpatizantes, que les hubiera votado en cualquier caso, por bien que hubiera ido la economía o aunque el candidato hubiese sido el mismísimo Caudillo redivivo (incluso aún más, en ese caso) y por otra parte, ganó debido al voto de castigo al PSOE y Zapatero, a los que se responsabilizaba con o sin razón, de la crisis. Pero no creo que nadie, a no ser muy convencido ideológicamente o muy ingenuo, pensara que el gobierno del PP iba a hacer otra cosa diferente de lo que ha hecho. De la misma forma que sospecho que a pocos les ha parecido sorprendente que sus dirigentes, presuntamente, hayan estado cobrando dinero negro durante años. Y sobre este último tema, sospecho que los militantes y simpatizantes se habrán sentido todavía menos sorprendidos que el resto de la ciudadanía.

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