Del Estado del Bienestar a la beneficencia

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Foto: ‘El Periódico’

Santi Vinyals
Historiador y periodista

Hubo un tiempo, no hace tanto, que la Iglesia católica tenía en sus manos todos los aspectos del registro civil. Al nacer, uno quedaba inscrito en el libro de bautizos; al casarse –con una mujer, claro–  debía pasar igualmente por el templo, sin posibilidad de divorcio posterior, y al morirse también era un eclesiástico el que tomaba nota, después de ungir al que finaba con los santos óleos. Los historiadores lo saben muy bien, porque la única información biográfica hasta el siglo pasado se encuentra en los archivos parroquiales, si es que no han sido destruidos por el anticlericalismo revolucionario o por la incuria contrarrevolucionaria.

Todo eso empezó a cambiar con la Revolución Francesa. Poco a poco, todos los gobiernos, en un proceso que duró dos siglos, se fueron haciendo cargo de los datos básicos de los ciudadanos. Los registros civiles fueron quedando como la base de datos, legalmente obligatoria, para todo el mundo, y la Iglesia fue perdiendo sus atribuciones registrales. Al mismo tiempo el número de bautizos, matrimonios por la Iglesia y últimos sacramentos entró en una caída en barrena.

Pero nada es para siempre. En España, por ejemplo, el Registro Civil vuelve a cambiar de manos, y el Estado cede parte de sus atribuciones a una corporación privada como son los registradores de la propiedad, del cual, casualmente forman parte el actual presidente del gobierno y otros altos cargos ministeriales.

La Iglesia católica, por su parte, ha compensado la pérdida de los chollos registrales con la absorción progresiva, que lleva camino de convertirse en exclusiva, de los servicios sociales. Lo que en algún momento fueron derechos de la persona vuelve a ser beneficencia. Los organismos caritativos diocesanos y las ONG vinculadas a la Iglesia católica, que son mayoría, se han convertido casi en los únicos preocupados por atender a los que se quedan sin casa, sin trabajo, sin comida, sin atención médica. Los gobiernos neoliberales, con la excusa de la crisis, abdican de obligaciones contraídas en tiempos de temor a lo que pudiera venir del Este.

La Iglesia tiene muy presente el refranero popular, y se acoge a la idea de que si Dios cierra una puerta, abre mil otras. Y que, de lo perdido, saca lo que puedas.