De las barracas, a la Barcelona de hoy

Barraques de Can Tunis cap al 1949 (Arxiu Municipal Administratiu Barcelona)
Barracas de Can Tunis, 1949. Foto: Arxiu Municipal Administratiu Barcelona. Foto de portada: Vista aérea del barrio del Somorrostro, 1950

José Molina Ayala
Abogado

A finales de los años 50 del siglo XX unas 100.000 personas, un 7% de la población de Barcelona vivían en barracas. Los últimos núcleos de barracas se derribaron antes de los Juegos Olímpicos de 1992, pero la memoria de los que vivieron aquella realidad aún perdura. La Comisión Ciudadana para le recuperación de los barrios de barracas que representan a 81 entidades vecinales, sociales y culturales solicitaron al Ayuntamiento hacer visible la memoria de los principales barrios de barracas. Hoy  se colocará en la playa del Somorrostro de Barcelona la primera de una serie de placas en memoria de quienes vivieron en barracas en la Barcelona en el siglo XX.

El Somorrostro, La Perona, Can Valero, El Carmel, y otras zonas de Barcelona en la primera mitad del siglo pasado alojaron en barracas gran parte de la inmigración, donde familias enteras sobrevivían hacinadas en precarias condiciones, sin agua, sin luz y sin las más mínimas garantías de salubridad. Esas circunstancias se vieron agravadas por la represión política de la dictadura, la precariedad laboral y la persecución del ayuntamiento que pretendía reprimir a los barraquistas como si fueran delincuentes. Todo ese conglomerado de agravios a la dignidad humana crearon una atmósfera difícil para quienes vivían en aquellas condiciones. Pero lo soportaron desde el mismo momento en que tomaron la decisión de abandonar sus lugares de origen con la esperanza de encontrar un mundo mejor, un trabajo y una  vivienda. De esa manera se abrieron camino en aquella España de la postguerra y  fueron construyendo sus vidas en un lugar con otras costumbres y otro idioma. La historia de las barracas de Barcelona, así como la de todos los procesos migratorios está llena de historias personales.

La nuestra dio comienzo cuando en el año 1949 mis padres decidieron abandonar Archena, un pueblo de Murcia, con destino Barcelona, mi madre llegó en el Sevillano meses después que mi padre. Me contó que en el trayecto escondió a mi hermana de tres años debajo de su falta cuando pasaba el revisor, llevaba además con ella dos conejos vivos y yo alojado en su barriga. En la estación de Francia le esperaba una cuñada, se subieron a un carromato tirado por un caballo con dirección a La Perona donde meses después nací. El lugar estaba situado en el barrio de Sant Martí de Provençals junto al puente del Trabajo en uno de los flancos de las vías del tren que venían de todos los lugares de España con destino a la Estación de Francia.

 A finales de los años 50 del siglo XX unas 100.000 personas, un 7% de la población de Barcelona vivían en barracas
Barracas al lado de la cárcel de la Modelo de Josep Maria Sagarra i Plana. Arxiu nacional de Catalunya. Fondo de Josep Maria Sagarra i Plana

Allí viví los primeros cinco años de mi vida.  Los recuerdos son efímeros pero felices, corríamos por las calles llenas de polvo negro del humo  del tren, jugábamos al aceitera y vinagrera, nos deslizábamos por los barrancos de escombros, nos alumbrábamos con un candil. En nuestra barraca vivíamos dos familias, el agua la íbamos a buscar a la fuente del otro lado del Puente del Trabajo junto al cuartel de los bomberos, no éramos conscientes ni de la persecución del ayuntamiento contra el barraquismo ni de las acciones del Grabao, aquel municipal que se dedicaba a derribar las barracas. En 1954 nos fuimos a vivir al Turó de la Peira rodeados de campos, sin servicios sociales, ni equipamientos. Cerca teníamos el Hospital de los Leprosos y el Manicomio de Sant Andreu donde disfrutábamos viendo cine los domingos con los pacientes.

Las precarias condiciones sociales y económicas en las que vivíamos crearon situaciones de desigualdad social llenando nuestras vidas de indignación y en muchos de aquellos inmigrantes se forjó un espíritu rebelde contra la injusticia que se fue traduciendo en lucha clandestina contra la dictadura y un largo trayecto de batallas sociales y políticas a través de las asociaciones de vecinos, convirtiéndose en el punto de partida de otra Barcelona más digna, contra la especulación y por los derechos sociales.

La Barcelona de hoy no hubiera sido posible sin la lucha de los barrios y las reivindicaciones de miles de vecinos. Muchos de los que participaron desde la clandestinidad y en los movimientos sociales proveníamos del barraquismo y de los barrios dormitorios. La rebeldía social era el despertar a la ignorancia y la única forma de dar respuestas a nuestra dignidad como personas. La lucha por una vida digna fue el motor que nos llevó a enfrentarnos con toda nuestras fuerzas a todo tipo de represiones e injusticias y  nos dio la fuerza y la legitimidad de no claudicar y continuar avanzando.

Han pasado muchos años de aquella España del polvo negro en las calles, de los barrios sin luz, sin agua, sin alcantarillas, sin transporte, sin equipamientos. Hemos recorrido un largo trayecto continuando la lucha que años atrás iniciaron mujeres y hombres; aprendimos del compañerismo, nos hicimos fuertes y conquistamos avances sociales que hoy nos están arrebatando. Ahora en la España llamada democrática, del estado social y de derecho, de la corrupción, del paro, de los desahucios, miles de familias sufren situaciones vejatorias para la dignidad humana análogas a las del barraquismo. De qué habrán servido tantos esfuerzos y sacrificios de quienes nos precedieron, de los que sufrieron guerras, cárcel, represión, condenas a muerte, todo ello por una sociedad más justa, si ahora nos dejamos arrebatar lo que tanto costó. Hoy más que nunca se hace necesario volver a convertir la indignación en rebeldía, conquistar el presente para que no nos arrebaten el futuro, no dar marcha atrás y profundizar esta democracia de papel mojado. Ese es el mejor tributo que podemos rendir a la memoria de los que tuvieron el arrojo y la valentía de emigrar de sus lugares de origen. En particular, me permitiréis desde este escrito rendir homenaje a mis padres que formaron parte de ese ejército de emigrantes que con la esperanza de encontrar una vida mejor se enfrentaron a unas difíciles circunstancias.

9 pensaments a “De las barracas, a la Barcelona de hoy”

  1. Yo viví diez años en una barra en el Somorrostro y a pesar de todas las calamidades que se vivieron, puedo asegurales que todo el barrio éramos una gran familia las puertas no tenían cerraduras y nunca se perdía nada

  2. Estimada Irene Ballarin: Me alegra saber de ti, hace tiempo que intento localizarte para hablar de nuestros tiempos de estudios en la UNITEC, de las rutas de fotografias por el Turó de la Peira y el Manicomio, pero me ha sido imposible. Si lees este comentario déjame tu mail o teléfono para podernos encontrar.
    Un abrazo.

    Pepe

  3. Pepe, leyendo tu artículo, rememoré la época de la asociación de vecinos, las reuniones, las exposiciones de las pinturas de las personas internadas en el psiquiátrico, mucho tiempo ha pasado y como bien dices es necesario, vital e imprescindible añado que profundicemos en cual es la democracia que queremos ¿real o de papel?. Tras vivir 27 años en otro país, valoro aspectos positivos de la democracia española, eso no me impide ver principios de deterioro que es importante frenar.

  4. Buenas tardes.
    Estoy realizando un trabajo para la universidad sobre el Barraquismo y me encantaría poder hablar contigo sobre el tema, ya sea cara a cara o vía email.

    Atentamente
    Paula Muñoz

  5. Felicitats Pepe, gràcies a tú i a totes les persones que encara creunt que les Associacions de Veïns d´aquells moments vàren tenir una importància cabdal en conquerir espais de més llibertat. Eren un lloc de debat i tot plegat de pendre conciència . Quan vàrem creure que haviem trencat totes les cadenes dictatorials, el devenir dels fets ens ha demostrat que estavem errats. Cal recuperar les Associacions de Veïns amb volutat democràtica , perque la seva desmobilització ens ha dut al desgabell actual

  6. La nostra estimada ciutat és una barreja d’oportunitats i debilitats, que al llarg de la història han marcat la vida dels barcelonins d’origen i d’adopció. Pepe Molina, que va viure els seus primers anys de vida a La Perona n’és un exemple. Venir a Barcelona va suposar una oportunitat, segóns més endavant es veura, però també una debilitat: haver de creixer en un mitja tan difícil per la salut física i moral com era una barraca dels anys 50′. Però segurament aquestes circumstancies el van fer un lluitador que, junt a la seva gent, va arribar a ser advocat i bon defensor de les causes dels més pobres i menystinguts.
    Molta salut a tots els qui han lluitat i a Barcelona!

  7. Señor Molina: Esas historias a las que usted hace referencia, muchos de nosotros que nos llenamos los zapatos de barro andando por aquellos lodazales y burlando la censura para contarlo y que accediaera a publicarlo alguna revista, lo tenemos conservado en nuestra memoria y en estanterias cubiertas por una fina capa de polvo libros inolvidables que, para refrescar recuerdos, de tanto en tanto abrimos sus páginas por cualquier lugar y allí aparece el Pijoaparte de Marsé, el Napiarrota y la historia del tio Serralto de Candel y sobre todo, la sobrecogedora historia de “Han matado un hombre, han roto un paisaje” en el que Paco Candel recordaba al “Gruica” deslizándose por los montones de escombro, asomándose a lo que se llamó “la tierra negra” donde las “pajilleras” trabajaban por unas miserables pesetas, tal vez lo mejor que dejó escrito el autor de “Los otros catalanes”.No, no lo hemos olvidado porque todo esto quedó grabado para siempre en nuestra memoria. Y que le conste que, por suerte, no fuí “barraquista”, pero si vi nacer barrios como “EL Satélite” sin ningun asomo de un urbanismo razonable -hoy Sant Ildefons de Cornellà – y las “viviendas de la Siemens” o las “de la Seda del Prat” y el barrio San Roque o el barrio Pomar y de La Mina a caballo entre San Adrian y Badalona. Historias, historias, historias, para no olvidar…
    Gonzalo Évole

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