Dark Floyd

Cada vez que se aproxima un momento de grandes cambios, el estatus se fluidifica y tienes la sensación de que ya nada es lo que era y que cualquiera puede ser cualquier cosa. No se trata de una fluidificación rosa ni psicodélica, ni aparece en cuevas underground. Es, más bien, una especie de fusión fría en el que lo que parecían férreas ligaduras se ablandan hasta la consistencia de la mermelada, y los que se hubiera dicho colores del parchís se homogenizan en tonos gos com fuig.

Este introito polivalente, que puede servir para que cada uno afirme lo que quiera, para mí evoca unas cuantas situaciones históricas muy concretas:

La primera que recuerdo, en los años sesenta, cuando con el milagro económico (conseguido con el sudor de millones de españoles que se fueron a Alemania), la progresía podía soñar que todo era posible: En la Universidad echábamos al SEU a la calle y montábamos nuestras propias estructuras sindicales; los profesores enseñaban lo que querían: explicaban el marxismo y criticaban al Régimen. Íbamos al extranjero y nos enterábamos de cómo funcionaban las democracias. Nos escapábamos a Ibiza o Formentera y allí había porros, anfetas y gente en pelotas sin ningún problema… Ese ambiente, José Luis Sanpedro, casi siempre genial, lo definió diciendo: Estamos en una situación tan ambigua que si Marx viviera hoy en España trabajaría por la mañana en la Organización Sindical y por la tarde en el Banco Urquijo. Y los consejeros, cuando se cruzaran con él por los pasillos, dirían: “Es Carlos. Un chico muy majo. Está escribiendo un libro que se llama ‘El Dinero’ o algo así…”.

Otro momento estelar del país, la Transición, también generó ambigüedades muy curiosas: Se falsificaron credenciales de ‘demócratas de toda la vida’, luchadores antifranquistas que habían pasado por las mazmorras más siniestras del Régimen se tuvieron que ir a casa porque nadie les quería en sus filas, los más sinvergüenza se recolocaron con éxito, y los que creíamos más decentes se vendieron por un plato de lentejas aderezado, eso sí, con caviar ruso. Al final, a gente que te había enseñado a escondidas su carnet del PSUC te la encontrabas en una mesa electoral de interventor de los populares.

Ahora llegamos a otro momento así: Los franquistas de toda la vida se llaman liberales. Los comunistas se llaman el alfabeto entero. Los que teníamos la esperanza de que fueran de izquierdas dicen lo que decía José Antonio, que ni de derechas ni de izquierdas. Los que se parecen a José Antonio dicen que son de centro. Los obispos ya no piden votar a Falange. Los indignados se quedan en sus casas y sus padres dicen que votarán a Podemos…

¿Quién ganará en esta coyuntura? ¿Quién perderá?

Lo primero, no lo sé. Lo segundo, sí: Recuerdo lo que oí hace muchos años: En todas las guerras, siempre se mueren los mismos.