Cultura vasca: del crómlech al centro comercial

 

Crómlech de Arritxurieta
Centro Comercial Zubiarte (Bilbao)

e-Mail del País Vasco
Ander Gurrutxaga Abad

La cultura vasca no es un ámbito fácil de discernir. Es más fácil citarla o darla por conocida que entrar en análisis concreto. Digo esto porque de ella y sobre ella se escriben miles y miles de páginas, y no siempre contando sus realizaciones, es decir, hablando o escribiendo sobre los pintores, escultores, literatos, el teatro o el ensayo sino sobre ingredientes que no tienen que ver directamente con  la producción cultural, sino con los entornos y contextos que rodean la creatividad y que, en ocasiones, pesan más que la producción creativa.

Estos hechos suelen ser propios de sociedades donde se dan disputas ancestrales sobre la identidad de la cultura, sobre cómo debe ser expresada, en qué idioma o qué valores debe reflejar. Dicho esto, haría una primera advertencia; para comprender en toda su extensión el problema tenemos que ir a la historia de este territorio y a la historia de los otros territorios que la circundan. La cultura vasca traduce disputas y conflictos que se van remozando a lo largo del tiempo pero que nunca desaparecen del todo. Son encuentros sobre el concepto y el sentido de la identidad porque  la pregunta sobre ¿quienes somos? no es baladí, al contrario, cobra importancia porque alrededor de las respuestas se genera, al menos durante algunos años, algo parecido a la “guerra cultural”.

La disputa sobre la lengua que expresa mejor lo vasco es otro de los ingredientes imprescindibles de esta disputa. Escribir en euskera o hacerlo en castellano, durante bastantes años, no es lo mismo para los imaginarios que se mueven en la cultura vasca, sobre todo porque, prácticamente hasta la década de los noventa del siglo pasado, hay una disputa sobre la propiedad del hecho cultural, como si en los momentos de más radicalidad política y social todos se reclaman de la parte de propiedad que les pertenece; sea la que se expresa en euskera, sea la que se expresa en castellano. Las disputas sobre la propiedad son, en el fondo y en la forma, disputas sobre la identidad. De tal suerte, que el conflicto se dirime en dos direcciones; una faculta a la otra y una vez que se dice que la propiedad te pertenece, la defensa de lo identitario adquiere otra legitimidad, a veces, asociada con la creación de la industria que comercializa el producto cultural y transforma en negocio lo que, en el origen, fueron pretensiones identitarias.

LA CIUDAD Y EL CAMPO
La disputa se extiende a otros campos. Una sociedad plural como la vasca, en lo social, lo político y también en lo geográfico no puede dejar de traslucir este hecho en la producción cultural. La ciudad y el campo son paisajes que diseñan imaginarios específicos donde transcurren las tramas. La ciudad, lo sabemos, lo hemos leído en la obra de Balzac, Dickens, Fielding…generan personajes y tramas muy específicas y los valores que mueven a los personajes tiene un alto grado de complejidad. El País Vasco moderno ha tenido una relación singular, en ocasiones problemática, con el valor de lo urbano y con el triunfo de la ciudad como cuna de la modernidad. De hecho, incluso grandes movimientos socioeconómicos como el cooperativismo, o una parte sustancial del desarrollo industrial están ligados a valores con un peso específico de la tradición y la ruralidad.

La cultura no escapa a esa regla de oro; el concepto de modernidad con éxito no tiene exclusivamente origen urbano, tiene reminiscencias de lo rural, del campo, del juego de la tradición, de la comunalidad de los valores comunitarios. La disputa estética, por ejemplo, entre Oteiza y Chillida tiene mucho de esto. La literatura tampoco escapa al fenómeno ni tampoco la pintura o la arquitectura. Hay que esperar a la década de los años noventa del siglo XX para atisbar la fuga del costumbrismo ruralizante y de las tramas donde la tradición pesa tanto que lo envuelve casi todo. Coincide, por ejemplo, con el asentamiento de una literatura menos militante, pero estéticamente más definida donde la modernidad se asocia a la ciudad y los hombres y mujeres que desfilan por las tramas literarias son de “carne y hueso”.

LA LITERATURA
Se abandona la literatura de supervivencia -propia del tiempo de excepción que fue el franquismo, militante, políticamente definida, echa sobre todo en euskera y en las catacumbas de los hogares o en la sociedad del silencio de los seminarios- para pasar a la literatura definida en términos estrictamente literarios, aunque eso no signifique abandonar problemas irredentos o sin resolver del País Vasco- pero ya en esa época el lenguaje literario es más lenguaje expresivo y la construcción del mismo adquiere valor autónomo. Otro tanto ocurre con la pintura, la escultura o el ensayo. La cultura se mueve, a veces lentamente y con pequeños retrocesos, acorde con la evolución que experimenta el País Vasco.

Los conflictos culturales son encauzados por fuerzas que al comienzo no estaban y que empiezan a ser determinantes. La industria cultural descubre y se desarrolla en gran parte gracias a la normalización lingüística. A este hecho hay que sumarle el desarrollo de la autonomía vasca, la consolidación de la democracia, el crecimiento del público lector gracias al desarrollo de la educación en euskera y el peso del mercado audiovisual. Los imaginarios y modelos que habían constreñido la cultura son rebasados por las nuevas generaciones. Éstas entienden el fenómeno urbano de otra manera, comprenden que la ciudad es el paraíso terrenal que les permite alejarse de tradiciones y costumbres ancestrales y, sobre todo, del control social de las ciudades medias, las cabeceras comarcales y pueblos urbanos que refutan la modernidad para gestar imágenes edulcoradas de nuevas formas de tradición que impulsan algunas expresiones culturales sacadas del paradigma político de la izquierda nacionalista, cuando no de tradicionalismos vacuos que cierran las posibilidades de expresión artística e impide avanzar en lo que más sueñan; el mundo de rupturas donde se impone la imagen híbrida de la cultura y una nueva forma de ser contrabandista; pero esta vez lo que pasan de contrabando de unos espacios lingüísticos o políticos a otros son las propias suturas que habían conformado espacios de conflicto en las guerras culturales.

EL EUSKERA
Escribir, por ejemplo, en castellano o euskera es permisible, y no sólo porque la industria y el “vivir” de los artistas lo reclamen sino porque el imaginario sobre el que se erige la acción de comprender lo demanda. La cultura vasca se sitúa en un escenario nuevo, post identitario y no porque se niegue la identidad étnica que describe la posesión del euskera, sino porque el hecho se ha alcanzado, es evidente, se puede practicar con ella, escribir en ella y hay industrias desarrolladas a su alrededor. No es objeto, como tal, de demanda ante el poder político o los poderes simbólicos.

El euskera, y sus expresiones artísticas, se integran en los nuevos mercados que las industrias culturales crean. La gran mayoría de los artistas y literatos escriben indistintamente en euskera o castellano, editan la misma obra en ambas lenguas, componen escultura o pintura sin manejar ya los cánones de propietario. Éstos aparecen como expresiones de tiempos pasados, cuando el peso del mercado era poco importante y, en cambio, la opinión del grupo o la comunidad de la que tomaban las referencias inundaba casi todas las expresiones.

EUSKADI POST
Quién manda y ordena es esta Euskadi post identitaria son las estrategias de mercado en las industrias que venden los productos culturales y el carácter cicatrizante que representa la acción del contrabandista que se reconoce en la ciudad, en los valores marcadamente modernos, en la globalización de la identidad, en el carácter híbrido de la cultura dominante y que se mueve entre lenguas con total normalidad. Seguramente llegamos a un punto donde importan más quienes son los clientes, quienes consumen lo que la cultura crea y la fortaleza de la industria que mantener señas de identidad exclusivas o miradas envolventes “sobre lo mío”. El propietario “sabe” que ha perdido el sentido de la propiedad porque las reglas, las formas y la caja de herramientas para interpretar lo que sea la cultura pasa a manos de la gran industria audiovisual, las industrias culturales, las editoriales o las grandes cadenas comerciales. La Euskadi post identitaria sabe que el pluralismo de la propuesta cultural se adecua a los tiempos contemporáneos  y las fronteras entre idiomas, entre propuestas imaginarias e incluso entre las mitologías que tanto nos entretuvieron, dejan el paso a una nueva agenda donde se escribe en euskera y se traduce al castellano, se escribe en castellano y se traduce al euskera. La pintura se fuga de los lugares comunes y se acerca, sin visos de paternidad, a las corrientes contemporáneas deseando ser acogida por grandes marchantes para ser exhibida o comprada por particulares o grandes pinacotecas.

Esto no quiere decir que las resistencias hayan desaparecido o que en algunas grupos periféricos no se mire esta dinámica con los ojos insolventes de aquel que o no comprende o no está dispuesto a ejecutar la partitura.  Pero el coste a pagar en estos casos es casi la clandestinidad. No estar en la feria del Libro y Disco Vasco de Durango, en la pinacoteca de los museos vascos, no publicar en las editoriales que promueven la generalización de la lectura o ver el Guggenheim como algo ajeno al País Vasco es no comprender que la mejor protección de los signos de identidad de la cultura vasca no pasan por retirarse de los circuitos de la globalización, renegar del carácter industrial o empresarial de la producción cultural, sino insertarse en las redes globales, estar en el mundo, escribir en las lenguas comunes, publicar y vender lo que se escribe, se pinta o se hace.

CONCLUSIÓN
La conclusión es que en los últimos cincuenta años hemos transitado desde la supervivencia de la identidad y de la protección de lo que somos, de las reticencias a lo moderno y urbano por mor de la defensa de la tradición a la industrialización de la cultura, al carácter post identitaria de la identidad, a tener que exhibir lo que somos y lo que hacemos en el orden global, pero ya con otras reglas de juego y bajo otros supuestos.