Cuenta atrás

Josep Maria Cuenca
Escritor

Un año más (o menos, según se mire) los estertores de julio han visto concluir otro Tour de Francia. El cuarto para Froome y el quinto para su equipo, el adinerado y vanguardista Sky, capitaneado en los márgenes de la carretera por Dave Brailsford, un hombre de nuestro tiempo donde los haya en la medida que combina en su currículum lo específico (formación deportiva) con lo conveniente (posee un máster en administración y dirección de empresas).

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Dave Brailsford, un hombre de nuestro tiempo

En lo deportivo y por fortuna, el Tour recién finiquitado de 2017 ha sido menos somnoliento que otras ediciones conquistadas por Fromme y su celestial guardia pretoriana. No tanto gracias a la fortaleza ajena como a las muy relativas debilidades exhibidas por el ciclista nacido en Kenia. Es más, si el asunto se observa con lupa, no parece descabellado decir que hemos asistido a un Tour un tanto raro. Diversas razones invitan a afirmarlo y vale la pena mencionar algunas.

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Fromme

De entrada hay que decir que el único ciclista que ha atacado a Froome seriamente ha sido Romain Bardet con el valioso apoyo de su equipo, el AG2R La Mondiale. A pesar de lo cual el francés ha quedado tercero de la

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Romain Bardet

general y a solo un segundo del cuarto clasificado, el brillante impasible Mikel Landa, gregario del maillot amarillo.

Y otra curiosidad: el segundo en el podio de París (a menos de un minuto del primer escalón) ha sido Rigoberto Urán, corredor admirable pero en un estado de casi perpetuo emboscamiento.

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Warren Barguil
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Alberto Contador

Así las cosas, los más tenaces combatientes han sido el montañero Warren Barguil (que a mí me recuerda a Christian Bale de jovencito) y el crepuscular Alberto Contador, ambos demasiado alejados de Froome como para que sus movimientos inquietaran al inverosímil patrón de la carretera.

Fabio Aru, al final, bastante ha hecho con no hundirse, mientras que el infortunado (aunque menos que Richie Porte) Dan Martin, el perseverante Simon Yeats y el sólido Louis Mentjes merecen todos los elogios del mundo aunque no hayan logrado importunar a Froome.

En el siglo XXI el Tour de Francia se ha convertido en un despótico asunto anglófono iniciado por el ayer beatificado y hoy excomulgado Lance Armstrong y graníticamente prolongado por Chris Froome.

En la historia escrita por ambos ciclistas (solo aparentemente muy distintos entre sí) hay un par de paréntesis discontinuos: uno largo e hispano-luxemburgués en cuyo interior figuran Óscar Pereiro (peculiar sustituto de urgencia de Floyd Landis), Carlos Sastre, Alberto Contador y Andy Schleck; y otro accidental ocupado por Vincenzo Nibali. A Armstrong y a Froome, por lo demás, les hacen compañía Cadel Evans y Bradley Wiggins. Todo lo cual, traducido a números, da que entre 1999 y 2017 los anglófonos ganan por trece Tours a seis a quienes no tienen por propia la lengua de Margaret Thatcher.

Ante esta realidad inopinable los asépticos de manual (gente por lo común encantada con el rumbo del mundo) suelen responder que estamos ante la evolución natural de las cosas.

Solo unos cuantos descreídos se atreven a disentir de la tendencia presente y esbozar una sospecha acerca de tan llamativa ruptura con la tradición ciclista: fundamentalmente europea y, desde los ochenta del siglo pasado, también colombiana por más que algunos supuestos expertos en el análisis del arte de dar pedales ninguneen a los admirables corredores de esa nacionalidad.

La sospecha esbozable consistiría en algo tan simple como poner en relación la creciente hegemonía anglófila en el ciclismo con la tendencia universal a la mercantilización de todo lo existente, en absoluto novedosa pero sí más intensa que nunca.

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Sky, el equipo del éxito

El Sky de Froome y el de Armstrong se parecen en todos los sentidos más que Zipi a Zape rapados al cero. Ambas escuadras se han dedicado a ir adquiriendo a golpe de talonario a muchos de los ciclistas susceptibles de incordiar a sus líderes supremos para ponerlos al servicio de estos y, llegado el Tour, bloquear la carrera hasta casi la pancarta del último quilómetro de cada etapa; ambas han alardeado de vanguardismo tecnológico; y ambas han difundido de forma pelmaza pero eficiente sendos idearios sentimentaloides y enfáticos con excelentes resultados publicitarios, o sea, comerciales (Armstrong a cuenta del cáncer y Froome impostando una simpática humildad desmentida por mil detalles que, uno tras otro, se suelen pasar por alto).

Ruego, antes de acabar, que nadie me atribuya lo que en ningún momento digo. No estoy hablando de preferencias nacionales (tengo vocación de apátrida); no estoy insinuando que Froome se dope y los demás no (el dopaje existe en el deporte profesional desde su origen por la elemental razón de que constituye una parte esencial de las condiciones de trabajo de los deportistas); y tampoco estoy exponiendo filias y fobias personales. Me duele, sencillamente, que el dinero gane tan a menudo a los ciclistas y a sus bicicletas. Que la técnica se imponga sin piedad sobre alguna posibilidad de inocencia humana.

Desde luego, me gustaría que algunas cosas fuesen de otra manera. Prefiero el silencio a la hipocresía y la verdad al silencio. Y no estaría mal que la velocidad media de las etapas se estabilizara e incluso se redujera (detener el tiempo sería maravilloso…). Pero nada se consigue desviando la mirada de la realidad y de sus neblinosas vertientes. Por eso, a pesar de todo, ya estoy extrañando el Tour de Francia. Y por eso el pasado domingo, cuando los ciclistas atravesaron la meta de París bajo un cielo ligeramente lloroso y encapotado, no quise evitar pensar que ya faltaba menos para la siguiente cita inexcusable y dichosa de cada mes de julio.

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