Cuando se recoge la basura

Javier López Facal
Profesor de investigación del CSIC

Siempre me han resultado bastante desconcertantes las letras Q St D F que aparecen un día del mes de junio del calendario romano y que remiten a la frase quando stercus delatum fas, o sea, “cuando se recoge la basura (es día) hábil”. La tal sigla figura el último día de las Vestalia, fiestas que celebraban las vestales encargadas de mantener el fuego sagrado,  que era algo así  como la llama al soldado desconocido de nuestros días.

Que las vestales tuvieran al burro como animal totémico, como el partido demócrata norteamericano y que no se recogiese todos los  días la basura de su templo, como ocurre hoy en Nueva York, no son las únicas cosas del imperio romano que nos pueden recordar al norteamericano. Entre ambos hay sin embargo notables diferencias, como la annona.

La annona era una institución encargada de garantizar el suministro de trigo a la población, un artículo de consumo  fuertemente subsidiado para que fuera accesible a toda la ciudadanía, lo que era posible gracias a masivas importaciones desde la Cirenaica o  Egipto.

Roma padecía déficits fiscales estructurales, debido sobre todo  al sostenimiento de su costoso aparato militar y al mantenimiento de la annona y cuando había que efectuar recortes presupuestarios, las consecuencias podían ser funestas, como  ocurrió cuando se decidió dejar de pagar  lo que se  debía a los pretorianos.

El historiador Dion Casio no es muy complaciente con  los emperadores que tomaron tales medidas: de Cómodo dice que era la persona menos honesta que había conocido y que era, además, de una gran simplicidad; bueno, el caso es que lo asesinaron, igual que a su sucesor, Pértinax, a pesar de que este había intentado mejorar la distribución de los alimenta y el funcionamiento de la annona.

Didio Juliano

Los pretorianos subastaron entonces la primera magistratura al mejor postor o, quizá, al que estuviese simplemente dispuesto a pagarles sus atrasos y así se convirtió  en emperador un excéntrico millonario sin experiencia ni refinamiento político llamado Didio Juliano.

No pocos senadores consideraron que aquello superaba todos los límites de la decencia y de la Romanitas y algunos de los gobernadores provinciales y de los generales con mando en tropa decidieron terminar con tal estado de cosas.

Concretamente el gobernador de Panonia, que viene siendo lo que hoy es Hungría y su entorno, pensó que era el momento de actuar. Se llamaba Septimio Severo y se las tenía guardadas a los pijos romanos que se reían de él porque no hablaba fino: su acento cartaginés lo delataba enseguida como nacido en el norte de África y aunque su madre era de una familia romana de toda la vida, él no acababa de pasar por un  romano fetén.

Se puso en camino sobre Roma a la mayor velocidad el gobernador de Panonia con sus legiones y las instituciones y grupos de poder de la capital se posicionaron enseguida a su favor: sus aproximadamente ciento cincuenta mil hombres curtidos y fieles eran sin duda un argumento de peso.  Llegó este, disolvió a las fuerzas pretorianas, que habían sido un poder autónomo, arbitrario e impredecible dentro del imperio; sus hombres dieron muerte a Didio Juliano, que pretextaba que él no había hecho nada malo (pero, ¿qué he hecho yo de malo? Si yo no he matado a nadie, Dion Casio LXXIV 17.5)  y empezó a tomar una serie de medidas de gobierno, como incluir el aceite dentro de la cesta garantizada de la annona.

Trigo y aceite pasaron a ser, así pues, una especie de renta básica garantizada a los civites romani lo que provocaba una envidia comprensible más allá del limes del imperio. Septimio Severo reforzó entonces los muros existentes, concretamente el muro de Adriano que intentaba aislar a los civilizados ciudadanos  de Britannia de los escoceses de entonces, conocidos como pictos y  escotos, unos pueblos de natural pendenciero y habitualmente hambrientos.

Varios años estuvo Septimio Severo tratando de arreglar las cosas en Britania y allí le sobrevino la muerte, concretamente  en Eboracum , que es la actual ciudad de York. En su lecho de muerte dijo a los presentes: Mantened la paz, pagad bien a los soldados y desocupaos de todo lo demás (Dion Casio LXXVII 15.2).

Lo que no se le llegó a ocurrir a aquel emperador es que la ampliación del muro de Adriano lo pagaran los pictos y los escotos, probablemente porque no tenía la sofisticación política que tenemos hoy en día. Sí, va a ser eso.

Por cierto, los muros que levantaron los emperadores romanos para proteger el limes del imperio no sirvieron para nada.

 

Foto de portada: El Muro de Adriano recorre 117 kilómetros en el norte de Inglaterra.

2 pensaments a “Cuando se recoge la basura”

  1. Nosotros estamos dentro del imperio. Aunque no somos romanos sino de la Hispania y también hemos erigido nuestra murallita.

  2. Estupenda crónica de Washington, lástima que a la actual Administración norteamericana no le de por las lecturas clásicas, tan difíciles de sintetizar en twits. El actual Imperio Romano no lleva buenos pasos, nosotros los Pictos tampoco.

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