Crónicas del desamparo: respeto a la palabra y a la voz de los hechos

Tras la publicación del artículo de J.J. Caballero “Malos tiempos para la ética“, publicamos este otro de Ander Gurrutxaga sobre el mismo ámbito de reflexión, al tiempo que animamos a los lectores a abir un debate enviándonos sus opiniones y reflexiones.

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Ander Gurrutxaga

13/6/2012 (10:00) No hay nada como la retórica abierta para entender poco. Escuchando la rueda de prensa del presidente Rajoy del domingo 10 de junio me acordé de la cita de Wittgenstein cuando en el texto sobre La Certeza decía: “lo difícil es percibir la falta de fundamentos de nuestras creencias”- más adelante añadía-“ del hecho de que a mí- o a todos-me parezca así no se sigue que sea así. Sin embargo, es posible preguntarse si tiene sentido dudar de ello”. Obviamente, supongo que no estaba en el pensamiento del Presidente del Gobierno la figura del filósofo austríaco, ni tampoco sus palabras, pero había una demanda en sus afirmaciones de sobreexposición al peligro que me infundieron recelo, cuando no temor. Me volvió a la mente la siempre excitante cuestión de lo mal que lo hacemos los electores- aunque no lo queramos- cuando damos a un partido político la mayoría absoluta para gobernar. Desde ese momento, en un país bastante desarmado, emocionalmente hundido y con el déficit -tan extendido- de penetración de la cultura democrática y el vaciamiento de la tensión intelectual que prometen este tipo de situaciones, un jugador como el Presidente del Gobierno se siente liberado de las promesas, ahora está en condiciones de utilizar el tema preferido de todo político que se precie: el recurso a la responsabilidad para explicar los cambios en la nueva estrategia. La situación -dice- le obliga a cambiar de discurso, de método de acción, incluso de programa y de forma de gobernar, como si la mayoría absoluta en el Parlamento le autorizase a renegar de aquello que le hizo posible llegar a gobernar; la credibilidad y la confianza de la ciudadanía que le votó, sobre todo, pero también la de aquellos que no le votaron.

Hay un  valor en la vida que cada vez me parece más importante; el respeto. El respeto es lo contrario de la mentira o la vileza. El respeto se basa en la dignidad, en el sometimiento a la transparencia y al juicio de los demás, en la verdad y veracidad de lo que se dice. Quizá, por eso, la política que se practica está alejada de estos valores. La retórica vacía, las verdades a medias, la disolución de los contenidos, la falta de reconocimiento de la incapacidad propia iluminan un camino que hace tiempo se transformó en una vereda cada vez más estrecha.

Hecho en falta estos días, detrás de la algarabía sanferminera que suscita “el debate del siglo” sobre si rescate, préstamo o ayuda, que aparezcan ante la opinión pública otros hechos. Detrás de las razones para el préstamo-rescate-crédito-ayuda, hay cuestiones que comienzan a ser casi leyes para interpretar lo que ocurre. Permítanme que corra el riesgo de crear la guía de interpretación de lo que el rescate-ayuda-préstamo esconde. No pierdan cuidado, hay aspectos a los que no me voy a referir. Voy a dejar fuera los tecnicismos, los análisis y las proyecciones económicas, no porque no me parezcan importantes, pero si al final son relevantes lo son porque se presentan junto a otras cuestiones – por otra parte, la economía, en este trayecto, si algo ha perdido es capacidad comprensiva y predictiva-.

La primera ley dice que busquemos las razones de cómo se ha llegado a esta situación en el fracaso de las élites políticas de algunas autonomías. La “piel de toro” tiene un déficit en el diseño del sistema de instituciones, pero esto no debe llevar a negar el sistema autonómico, todo lo contrario, el problema es otro; la pésima gestión del poder entregado por la ciudadanía a unas élites que creyeron que estaban ahí  para siempre o por gracia divina. Las Cajas de Ahorro pegadas o adosadas, si prefieren, a los poderes políticos demuestran que no sólo han fracasado en la gestión de los recursos públicos-los  casos de Valencia o Madrid son especialmente llamativos-. Lo han hecho porque consideran que son propietarios de las mismas y podían utilizarlas a su modo y manera sin acometer reformas desde principios como los de transparencia, honestidad o buenas prácticas. Casos como los de Bancaja, Banco de Valencia, CAM, Caja Madrid, Bankia, Caixa de Galicia, Caixa Nova, Caja Astur, Caja Duero, Caixa Cataluña… son consecuencia de la pésima gestión de élites acostumbradas a manejar el poder a “su modo y manera”. La consecuencia de la gestión es que “todos somos más pobres”, pero también que la sociedad se queda sin recursos emocionales para mirar de frente las razones del desvarío. Estamos ante el fracaso sin parangón de las elites autonómicas que se enfrascan en obras, infraestructuras, negocios inmobiliarios,…sin pensar en el futuro y sin someter lo que hacen al control de las instituciones, y cuando lo hacen manipulan los resultados para simular tener lo que no tienen.

La segunda ley es la debilidad e inadecuación de los diseños institucionales. Es clara en estos hechos la responsabilidad del supervisor, también el de la ingeniería bancaria encargada de la gestión del entramado legal y financiero que no estaba hecho para durar ni para resistir días de crisis sino para vivir bajo la ensoñación de que lo que bien empieza bien acaba, creyendo que los fondos y la gestión patrimonial de las Cajas resisten todo. Hay que decirlo con claridad, la gestión del entramado financiero de muchas Cajas de Ahorro es un “desastre” del que todos quieren huir. Huyen los supervisores que ignoran donde están las fallas del sistema, lo hacen los políticos autonómicos que pagaron centenares de millones de euros en un juego basado en la imitación y en la huida sin fin, fijando la mirada en la copia al otro, si aquel lo tiene ¿yo porque no…? La falta de prudencia, de diagnósticos sensatos y equilibrados condujo a financiar la construcción de aeropuertos donde no había masa crítica ni aviones para volar, miles y miles de viviendas sin dueños, la urbanización de espacios innecesarios, autovías y autopistas sin coches suficientes que circulen por ellas, obras públicas faraónicas, infraestructuras culturales sin programación ni clientes ….Todos los hechos llevan a preguntarse, ¿dónde estaban las instituciones? ¿dónde el poder político? ¿dónde el rigor de los gestores financieros? ¿dónde  los gestores políticos? ¿dónde la responsabilidad y la decencia pública?

La tercera ley indica que otra línea de explicación tiene que ver con la corrupción y su corolario; las corruptelas como discurso moral. La asociación entre ayuntamientos y ediles metidos en negocios inmobiliarios queda documentada en cientos de sentencias judiciales. Lo mismo ocurre con los entramados políticos autonómicos y los negocios de las grandes obras públicas o los rendimientos económicos que favorecen ciertos usos de la política. Es el fenómeno del enriquecimiento privado con los recursos públicos. Esa idea, tan extendida en algunos páramos de que “algo me tocará”, la debilidad en el tratamiento de la corrupción conocida, la laxitud y flexibilidad con sus entornos o la comprensión con las malas prácticas, meten al sistema en una vía de imposible corrección porque parece que lo que uno hace, el otro ya lo ha ensayado previamente para, posteriormente, mejorarlo. Se crea una mala imagen y peores prácticas que los medios de comunicación se encargan de mostrar- también de negar- día si y día también.

La cuarta ley indica que hay un problema con los recursos que proporciona la política. Los estudios de agencias como el CIS-Centro de investigaciones Sociológicas- dicen que la política se convierte en problema para muchos ciudadanos. La encuesta no aclara los por qué, pero seguramente si se hubiese tomado en serio el resultado – aunque es cierto que ninguna corporación reacciona para negarse a sí misma-, debiera haberse atendido a otras formas reclutamiento y a otros controles internos. Éste es un país con muchas leyes, burocracias que florecen como las flores en primavera, pero que no se marchitan con la llegada del verano o el otoño, sino que crecen y crecen de forma desmesurada, asentando el poder en una maraña jurídica inalcanzable para casi todos, donde pocos se ocupan de evaluar lo que se hace, para qué sirve, qué bienes reporta, cuantas leyes se cumplen…. La evaluación es algo que se teme, aunque paradójicamente todos hablen bien de ella y de su necesidad. MENTIRA. Nadie quiere ser evaluado y cuando se intenta es porque se cree que se pueden controlar las consecuencias del proceso. No es éste un problema, como a veces se esgrime, de complejidad técnica, sino de falta de solidez democrática, de temor irreverente a que se diga o salga algo que no quiere ser escuchado o que se saquen conclusiones no previstas, no controladas o no queridas por algunos. Pero un país, tan preocupado por crear y dictar leyes, con tanta fe en su elaboración, con tantos reglamentos, tanta burocracia preocupada por su cumplimiento, debiera orientar su acción a conocer cuantas se cumplen, cómo se cumplen o por qué cuesta tanta naturalizar el sentido profundo de la ley y el respeto a las normas.

El quinto argumento son los problemas de gobernanza. Cuando todas las instituciones-públicas o privadas-, recurren a la innovación como fuente inagotable de inspiración para fomentar el cambio, favorecer al emprendedor, modernizar las instituciones, acoger el descubrimiento y el talento sin desgana, no dejo de acordarme del ejercicio de inteligencia que describe Lampedusa en su novela El Gatopardo. Digo que me recuerda al sentido profundo del cambio que tanto temían y, en el fondo despreciaban sus personajes, “cambiar para que nada cambie”, “cambiar para que todo siga igual”, “afirmar el futuro, pero negar el futuro”, proclamar el talento, pero huir del talento”, “apostar por la inteligencia, pero renegar de la pasión”, “transformar la mediocridad para que nadie toque la mediocridad”. De esta forma es como no se resuelven aspectos y cuestiones relacionadas con el gobierno de la complejidad -que no otra cosa es la gobernanza-  y el país se sume en el juego donde la economía parece un psicodrama para psicólogos- por cierto ¿para cuando un ministro de economía experto en psicología económica? Si los problemas como se apunta tienen que ver con la confianza, la creatividad o la legitimidad, igual es mejor alguien que sepa trabajar esos campos de la acción humana y no alguien que hable de ellos, pero que no sepa nada sobre ellos, aunque crea que los ciudadanos pueden con todo y están para soportar las llamadas siniestras de la acción económica sobre sus vidas. Digo esto antes que los sinsabores, la falta de credibilidad de lo que se dice o la ausencia del ciudadano en todas estas decisiones, se transforme en cabreo nacional y, primero en las redes sociales y después- ¿por qué no?- la calle se transforme en espacio vivo para la contestación de todo lo que debiera ser resuelto y el rescate-ayuda-préstamo, no resuelve.

Me sigue pareciendo que hace falta una ética pública y que su ausencia o su debilidad es en muchos casos tan importante como los problemas económicos sin resolver que leemos en la prensa todos los días y que quería plasmar, con optimismo antropológico, el Presidente del Gobierno en su comparecencia. Los ciudadanos saben que estamos ante la crisis que inclina a las mejores cabezas cuando tienen que reconocer que tiene aspectos no conocidos, donde los recursos que proporcionan algunas versiones clásicas sobre cómo tratarla no llevan a ningún sitio, donde muchos de los recursos de los científicos sociales son negados por la realidad de la aceleración, donde la economía es, sobre todo, política y la globalización y el gobierno de los mercados demuestra que son las leyes “graciosas” del caos las que rigen el destino humano.

Pero siendo esto cierto, los discursos y las guías maestras sobre la crisis olvidan que tenemos problemas de diseño institucional, nuestras instituciones están mal construidas, mal evaluadas y peor revisadas. En algunas autonomías españolas, las elites políticas forman parte del problema que se quiere solucionar con la ayuda-préstamo-rescate. La gestión financiero-política de las Cajas de Ahorro traducen debilidad extrema pero hablan y son la viva imagen  de la corrupción. No se puede arreglar las consecuencias de la deuda sin encontrar cauces para tratar y solucionar este problema, reconociendo las dificultades que tiene. Por otra parte, la política debe dejar de ser el pozo negro para los ciudadanos porque mientras no se consiga el objetivo, no hará sino incrementar la impugnación de las decisiones y las carencias de legitimidad y confianza.

Encontrar canales para la gobernanza del sistema, es decir, para la gestión de la complejidad es algo necesario para encauzar los problemas citados. Hay que identificarse con valores para construir buenos sistema de prácticas que sostengan este repertorio. Los resumo en una breve cita, casi un eslogan: “haz bien lo que debes hacer bien”. La creatividad de las personas y las características que deben tener para practicar la apuesta por la ética pública no se fundan sobre la posesión de rasgos “carismáticos” o “excepcionales”, sino sobre las “buenas prácticas” y la responsabilidad -recordemos que uno es responsable no sólo de lo que hace, sino de lo que pudiendo hacer no hace-, la empatía y, sobre todo, “hacen bien aquello que debes hacer”. La llamada emerge junto a la “crisis de valores”. La cuestión es la decisión-elección sobre que valores son los importantes, o dicho de otra manera, como jerarquizarlos dando importancia a unos y quitándosela a otros. La fuerza está en las buenas prácticas que deben sostenerlos.

En el recorrido por el mapa que dibujan las hemerotecas encontramos mil y un ejemplo de la confusión entre la retórica pública y la incapacidad para transformar lo que dicen ser buenas prácticas. La crisis financiera es una muestra, pero no la única, el discurso político está atravesado de ejemplos similares, de ahí la vulnerabilidad avalada por miles y miles de malos ejemplos y peores prácticas; ciertamente la vida público no carece de imposturas mil. No olvidemos que, en ocasiones, no importa tanto lo que se dice como lo que se oculta o no se explica. La sociedad desarmada o la que “vende” valores pero no instituye normas claras de elección y decisión o no sabe qué hacer con ellos, está llamada a vivir en la intemperie. Las crisis elimina espejos para que no miremos con atención y erige la impostura y la mediocridad como valores que funcionan bien en el ejercicio del liderazgo. Cuando ocurre la enseñanza es clara y el decálogo que promociona también; no aspire a las buenas prácticas, no las practique sólo transfórmelas en retórica, diga a los demás lo que hay que hacer pero absténgase de hacerlo, insista en la importancia de los valores, pero vacíelos de contenido y, sobre todo, elija los que menos exigen y den más beneficios e insista mucho, mucho, en los valores, incluso sea apóstol seglar de los mismos pero no elija aquellos que puedan desenmascararle. Simule, es decir, elija la retórica para ocultar aquello que dice tener, pero no tiene.

En los términos que escribo, la ética pública se desata como el discurso pragmático de la vida digna. La búsqueda de valores y principios éticos depende de las buenas prácticas. Ciertamente el cumplimiento es factible y tiene mejores condiciones si a su alrededor se constituyen ecosistemas éticos que fundan entornos creativos. Hay-todavía- casos históricos singulares que sirven de modelos de referencia e incluso diseñan algunas claves del éxito de muchas y muy buenas prácticas. Por ejemplo, el ciudadano comprometido, que aprovecha y descubre el descubrimiento, que sabe qué hacer con él, lo lleva al ciclo productivo, sabe invertir en futuro y utiliza las inversiones públicas, las privadas o el capital riesgo para mantener la tensión del descubrimiento, construye culturas innovadoras desde el imperativo de las buenas prácticas, diseña entramados institucionales singulares y las adapta a las necesidades de los ecosistemas de innovación. Sabe que hay que cuidar a las personas, sus trabajos, su familia y los entornos urbanos donde residen. Conoce que la geografía de los lugares es importante, al igual que proteger el talento y las normas permisivas son determinantes para encauzar las fuerzas de la innovación. Me interesan ciertamente estos lugares para restaurar la confianza y la honestidad de las propuestas públicas, y esta es ciertamente una tarea colectiva urgente, poco considerada en las propuestas de rescate-ayuda-préstamo.

Dicho esto, y llegado a este punto, hay que mirar y mirarse en muchas y muy buenas prácticas, en grandes alcaldes que los hay, en miles de concejales que saben lo que tienen entre manos, en miles y miles de empresarios que pelean todos los días para internacionalizar su producto, encontrar nuevos mercados o crear puestos de trabajo, en banqueros que administran bien, con eficacia y honestidad, los bienes financieros, autonomías y políticos autonómicos que han hecho un buen trabajo, Cajas de Ahorro-no de Ahogos- que han estado y están muy bien administradas y en millones de ciudadanos que hacen su labor con honestidad y eficacia.  Este es el otro país, al que por cierto se recuerda poco estos días, y quizá podría servir de inspiración de la necesaria ética pública y las buenas prácticas.

4 pensaments a “Crónicas del desamparo: respeto a la palabra y a la voz de los hechos”

  1. Gracias, Sr. Gurrutxaga, su diagnóstico es mucho más que certero: es cierto, absolutamente cierto, verdadero. Por eso es tan difícil de ver. El problema es descubrir dónde “cotiza” el respeto, la responsabilidad, hacer bien lo que hay que hacer bien. Esto es lo que produce las auténticas plusvalías que harán que el ser humano lo siga siendo, de no ser así a nuestra civilización le que quedan cuatro días. (O menos).

  2. Querido Marti: ¿no será que la gente mas que debatir y reflexionar lo que quiere es simplemente tuitear?

  3. Un dato que refleja que el pulso ético del país está bajo mínimos es que abrimos un debate sobre el tema y no debate nadie. Vamos bien.

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