Crónica desde la niebla

Ander Gurrutxaga

La crónica debe comenzar reconociendo un hecho, han pasado pocos días pero parece que las elecciones generales fueron hace un siglo. Todavía el presidente electo y el partido más votado no han podido disfrutar del estatus de presidente y de grupo parlamentario mayoritario. Quizá lo relevante es que ya casi nadie parece querer quedarse atrapado por los viejos fantasmas que se esgrimieron, con tanto ardor y desmesura, en los tiempos que antecedieron a los usos electorales, donde tantos adjetivos se involucraron en la lucha de palabras que fue la campaña electoral. Estar ocultos bajo la niebla que todo lo envuelve, da como resultado la quietud incansable, sólo rota por acontecimientos de tal calibre que quizá no convenga ocultarse tras la niebla. La fatalidad, además, es que ésta siempre se rompe.

Un primer ejemplo son las declaraciones del expresidentes de Castilla La Mancha, del Parlamento español y exministro de Defensa. El señor Bono ha demostrado- en tiempos de niebla- tener claras las ideas. España por encima de todo y bajo el nombre de España se salva todo, supongo que incluso el descalabro de su partido-PSOE-.  Quizá el castellano manchego no quería ir tan lejos, ni adivinar tan alto, pero él sí lo tiene claro; después de España y, por encima de España, sólo España. Semejante receta podría habérsela vendido a los afamados patriotas que andan preocupados con esto del patriotismo, tanto que incluso se olvidan que siempre les falla lo mismo; la patria. Quizá esté equivocado, pero ¿ puede haber patriotas sin patria? Propongo a mis amables lectores que piensen un poco y cuenten cuántos nombres y circunstancias se les acumulan cuando quieren contestar a la pregunta de aquel concurso: por 5 euros “patriotas sin patria”, piensen, piensen, verán como enseguida les vienen a la cabeza dos docenas de nombres, sin consultar enciclopedias timoratas o Wikipedias a mano.

Conozco patriotas, algunos de alta alcurnia, otros dicen tener buenos propósitos e incluso los hay con aviesas intenciones, que nunca se equivocan cuando eligen, por ejemplo, entre patria y dinero- quizá, sean benévolos, han llegado a la conclusión que la caja no tiene patria y no necesita pasaporte ni carnet alguno de identidad-, pero, por si acaso, quizá para no equivocarse, siempre eligen lo segundo. Ya se sabe el drama de la vida no es la ausencia de valores, sino la opción por uno o por otro, hay que elegir. Los hay, en cambio, que añoran y quieren seguir prolongando sus sueños, siempre con la patria en el centro de los mismos, tanto, tanto, que colocan sus capitales fuera de la patria-probablemente porque cuando van a retirarlos, moverlos o controlarlos sin más, pueden seguir pensando, eso sí desde la distancia, en la patria.

Hay, por supuesto patriotas de pensamiento y  acción, dispuestos a dejarse querer y a que se les adore en el altar de los héroes populares-pueden proceder de las finanzas, el fútbol, el music-hall, los cargos nobiliarios, la aristocracia, la alcurnia o la iglesia-, todos ellos en conjunto y cada uno en sí mismo dan para mucho, incluso para cotizar poco o nada a la patria y pagar impuestos en otras patrias, supongo que también cargadas de patriotas o afines. Quizá piensan que como su “reino no es de este mundo” para que “pringarse” en asuntos terrenales.

Haga usted otra prueba-ésta más factible-, entre en el supermercado, revise los carros de la compra que transportan los ciudadanos y verá como la opción comestible, la carne que se ve, la que no se aprecia, el irrelevante tubérculo o la mortadela frente al jamón ofrecen pistas sobre donde está y cómo- de verdad- la patria. Verá usted cuantos patriotas comen mortadela, pagan el IVA de lo que compran, cotizan a hacienda, no saben bien que es eso de los paraísos fiscales, de la deuda pública lo justo, los hedge funds les parece un concepto subversivo, el mercado de valores no saben donde está, aunque muchos confiesen haber oído hablar de él. Claro está que quizá tampoco pertenezcan a las vanguardias del PP, ni estén en los secretos del descalabro del PSOE, ni aspiren a comprender al señor Bono, lo suyo es la vida, sin más.

Pero no sólo  las declaraciones del señor Bono alegran los tiempos de niebla, podríamos añadir, por ejemplo, al ínclito Duque de Palma, escribir sobre los negocios privados y la moral pública o de cómo transformar los designios en fatalidad o pensar también en Europa, atrapada entre la relevancia del nuevo Dúo Dinámico (Merkozy) y la de un destino que no conocen porque no quieren mirar el espejo de su irrealidad, ni al campo de paradojas que han ido sembrando a lo largo de los años, en el permanente jugar a ser sin saber bien para qué somos. El movimiento descoordinado hacia el centro y la periferia, sin haber entendido las reglas de la interdependencia, sin haberse dado cuenta que la complejidad del mundo no puede describirse ya sobre un único continente o que puede haber formas distintas de entender que es Europa y, no digamos de abordar sus problemas. La espartana soledad de la austeridad -no sólo en el presupuesto público, sino en los derechos y las obligaciones de los ciudadanos- sucede, parece ser, a supuestos días de vino y rosas. Todo esto tiene un problema, marchita el alma y enseña la peor cara, aquella que no es capaz de explicar bien por qué hemos llegado a esto, por qué aquello que creímos seguro está atrapado por las redes de la incertidumbre y el desconcierto. Europa no explica bien a sus ciudadanos como congeniar la austeridad del puritanismo clásico con el crecimiento económico que propugna el hedonismo consumista, o cómo hacer que la revolución del bienestar- auténtica aportación europea al mundo en este último siglo- tome una senda asequible con el empleo necesario y la civilización imprescindible y no se enrede en veredas, extrañas al gusto y al saber hacer europeos.

Quizá, y eso los británicos lo supieron ver desde los tiempos de Churchill, lo que está ocurriendo es que Europa está descubriendo un nuevo destino; construir un prototipo, antecedente de la innovación de ruptura, para que Europa sea, en realidad, el parque temático, donde los nuevos dueños del mundo; chinos, hindúes, coreanos, taiwanesas.., envíen a su prole a aprender modales-en eso Europa puede ser una muy buena-excelente-academia-. Mientras tanto nos dicen cómo crear el conocimiento necesario para interpretar qué es lo que nos pasa. La transferencia puede ser rentable, figúrense más trabajo para las agencias de publicidad, el nuevo eslogan diría lo siguiente; “aprenda modales en Europa, a cambio, enseñe a los europeos como salir de ésta”. Permítanme denominar a esta instrucción; la industria del conocimiento diferido. Quizá ésta puede ser un nuevo campo estratégico para el I+D+i, donde los expertos en innovación, los talentos del capital riesgo y la excelencia de los emprendedores pueden encontrar una nueva mina para redescubrir Europa.

Todo esto, que acabo de relatar en forma de crónica trepidante, ocurre en pocos días sin que todavía el nuevo gobierno haya tomado posesión de lo legítimamente ganado en las urnas, sin que el PSOE haya decidido sobre tiros o troyanos en este tiempo que augura el principio del debate sin fin sobre cómo -por enésima vez-va a refundar el socialismo. En todo caso, la impresión es que los dos grandes partidos tienen en común una cosa; como viejos jugadores de cartas ocultan sus bazas, no sé si porque guardan un tesoro o para que no veamos que, en realidad, están vacías, no tienen nada que enseñar y los contenidos del juego son superfluos. Quizá eso sea así, pero en todo caso, el tiempo camina a velocidad creciente y en los andenes de las diversas estaciones, se acumulan los ciudadanos que miran pasar el tren, quizá esperando la llegada del mago de hoz o de señales que hablen de soluciones tangibles o de cómo ver luz detrás de la niebla. No sé si nuevas galernas que, seguro están por llegar, la despejarán. La crónica termina donde comenzó. Me temo que vamos a tener que vivir con niebla, aunque espero que no bajo la niebla.