Crónica desde el norte: Marcelo Bielsa

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Foto: AFP

e-Mail del País Vasco
Ander Gurrutxaga
Catedrático de sociología

Hay personas que allí donde están dicen y hacen cosas diferentes, introducen novedades, innovan, saben buscar y encontrar lo que hay que hacer para cambiar y mejorar lo que se ha puesto en sus manos. Esto ocurre en todas las facetas de la vida, también en esa pasión e ilusión colectiva llamada fútbol.

Se marcha del Athletic de Bilbao un tipo inteligente y peculiar: Marcelo Bielsa. Los expertos en esta ilusión colectiva creían conocerle bien, hablaban y no paraban…. Citaban sus métodos absorbentes, la pasión por el trabajo, la identificación con el lugar y sus personas, la distancia con los medios de comunicación, la exigencia física, mental y  personal a los futbolistas. Nadie dudaba de las tres características que envuelven su figura y su trabajo: la pasión, el compromiso y la honestidad con su trabajo y sus ideas. Parecían condiciones, avales necesarios, aunque se desconocía si eran suficientes para entrar por las puertas de un club tan peculiar como el asentado en Bilbao, aunque se conocía que con este entrenador se habían transportado ideas, intangibles, actitudes y maneras con las que se hacen las pócimas del fútbol.

Le citaba para este recorrido una junta directiva con mezcla de personajes sacados de las páginas amarillas de la sociedad bilbaína, tan  -por otra parte- del agrado de la parroquia de San Mamés, presididos por un antiguo futbolista: Josu Urrutia, del que se dice que sus virtudes principales son las de ser hombre serio, cabal y amante hasta el padecimiento del club que preside. En los comienzos de esta amistad daba la impresión que, sobre la estructura tradicional de este club de fútbol, se unían tres pasiones: la del entrenador argentino, la del presidente amante de las esencias de la identidad bilbaína y la de una afición inquebrantable en sus filias y fobias. De la opinión del cuatro ingrediente: los futbolistas, no se sabía casi nada -ya se sabe que es un colectivo obligado al silencio público, al ruido en lo privado y a la obediencia debida en todos los casos-.

En Bilbao, el éxito no se mide por títulos –esto no es Madrid ni Barcelona- sino por sensaciones, por momentos, por instantes, por cosas y dichos intangibles. La primera temporada de Bielsa desbordó las previsiones, no sólo se ganaba, sino que –además- se disfrutaba y los aficionados bilbaínos son hedonistas, saben catar las cosas buenas, les gusta la buena gastronomía, los productos naturales y refinados. Comprender Bilbao y entender el Athletic no es una tarea fácil si no se entra en los pliegues narcisistas de esta ciudad – ¿conocen a algún bilbaíno que en una conversación con desconocidos tarde más de un minuto en decir que es de Bilbao?- pero es casi siempre una mirada sobre sí mismos donde lo que importa es sostener las creencias, mantener el tono identitario y tradicional y no tanto ganar o perder, ¿quién puede resistir ser, por ejemplo, de un equipo histórico que lleva treinta años sin ganar un título, sino se compensa con algún otro bien? Confiar todo a ganar o perder se dice que son atributos de aquellos que no disfrutan con lo que son, sino con lo que representan ser.

Bielsa entró en estos pliegues porque descubrió a la afición de San Mamés que se puede seguir siendo lo que se es, sin dejar de estar en el mundo – ¿no recuerdan la imagen de la afición bilbaína en Old Trafford jugando en Europa o la de aquel grupo de bilbaínos que en las calles de la ciudad de Manchester se empeñaban en enseñar a beber cerveza a los ingleses? Momentos gloriosos. Bielsa devolvió la tradición al mundo y demostró que se puede estar en él sin olvidarse de cómo se es. Lo demás era secundario.

Lo que no pudo superar son los intereses diversos que mueven los clubs de fútbol,  la mirada inquietante de unos jóvenes futbolistas a los que el mundo les obnubila cuando salen del “bocho”, la acción de algunos medios de comunicación a los que les obliga a tener que hacer un esfuerzo intelectual para comprender las ruedas de prensa semanales -una de sus característica es que hay que escuchar para comprenderle- y nunca le perdonan que no les “atienda” de forma personal, que no recorra estudios de televisión, emisoras de radio o redacciones de periódicos. La democratización del discurso ante los medios de comunicación – todos son iguales- se escucha bien, pero se digiere mal, especialmente en ciudades como Bilbao, acostumbrada a jerarquías periodísticas y a opiniones de primera mano. Tampoco pudo superar las limitaciones de futbolistas acostumbrados a vivir en el “limbo de los justos”, mimados como nadie, que viven en cascaras de felicidad rodeados de atenciones y alejados de los peligros y las consecuencias que generan vivir con intensidad aquello en lo que se cree. Tampoco ha podido “driblar” a una junta directiva con su presidente  a la cabeza que, por más que atienda a la lógica de los valores, termina sucumbiendo a la virtud del resultado, la inquietud del juego de los egos y la fatiga de materiales.

Los experimentos en la vida sirven para aprender, está por ver la huella que Bielsa deje en Bilbao. Quizá él también es esclavo de las pasiones que derrama y de las limitaciones de algo tan sugestivo, pero tan efímero, como es el fútbol. Lo que ocurre es que con él se va de Bilbao el recuerdo cotidiano de que un deporte como éste no se dirime sólo en los despachos de los dirigentes, en los intereses monetarios que segrega, en la histeria publicitaria, en los sofocos de la tradición, las clasificaciones periodísticas o las mezquindades que segrega. Recuerda y se conjura sobre otros valores: la pasión, el compromiso, la tradición, la honestidad, el error bien conducido, el buen gusto, la palabra certera, el espectáculo, las buenas formas, la culpa o el perdón.

Las condiciones y la pócima del desencuentro no dejan de ser las mismas, aunque interpretadas de otra manera, que las del encuentro: el fuego de las pasiones humanas que, a veces unen y otras separan,  los compromisos de los intereses que se desencuentran, la tradición que todo lo envuelve, abraza causas pero expulsa ilusiones y la fatiga de los resultados –material de esa “ciencia de materiales” denominada fútbol-, donde los valores sagrados están penetrados por la lógica de los intereses desatados de los resultados porque, al final, la paradoja de la clasificación es que no importa cuando ganas, pero es relevante cuando pierdes. Todos los actores y agentes de esta ilusión colectiva llamada fútbol, quedan atrapadas en estas leyes, creer que se puede estar por encima de ellas, pensar que pueden ser dirigidas o domesticadas es ignorar las leyes de la física elemental de partículas. La lógica del fútbol es como las leyes de la naturaleza, a todos obligan y nadie queda fuera de ellas. Se gana o se pierde, y esto Bielsa y el Athletic es lo que mejor han entendido de su relación.

Un pensament a “Crónica desde el norte: Marcelo Bielsa”

  1. Me ha parecido un artículo sociológico interesante. Yo solo quiero añadir simplemente que será muy difícil ver jugar de manera tan brillante al Athletic como el año pasado cuando se enfrentó dos veces al Manchester United. Y eso fue en gran parte gracias a Bielsa. Este año, en cambio, todo se torció con la marcha de Javi Martínez y el ‘coitus interruptus’ de Llorente. Quizá, con Valverde o quien sea en el banquillo, el equipo conseguirá más puntos, pero estoy seguro de que no alcanzará el éxtasis futbolístico de la primera temporada de Bielsa.

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