Costa Musté

Por José Martí Gómez

Nos unía la pasión por el cine, por el periodismo, por el suceso bien trabajado y por ser seguidores del Español, aunque él siempre veía penaltis en el área del equipo rival que yo no veía nunca. Era un hombre abierto, anarquizoide, con sentido del humor y una gran capacidad verbal para venderte historias orales que muchas veces salían de su imaginación. Ha muerto a los setenta y pocos años..

Trabajó durante muchos años en El Caso. Su relato oral de los crímenes  de El Jarabo era fascínate, incluyendo el dato de que el propietario del semanario compró una caja de puros habanos para que el abogado se la llevase al asesino agradeciéndole que gracias a sus crímenes la revista había alcanzado cotas de venta inimaginables. Parece que  Jarabo no tuvo tiempo de fumárselos porque antes le dieron garrote vil. Notables fueron también las crónicas de Costa Musté sobre los juicios del Tribunal de Orden Público, que pocos diarios recogían.

Como cineasta, afrontó con valentía la denuncia de los asesinatos de dos jóvenes a los que guardias civiles de Almería confundieron con etarras y como productor ha dejado en los archivos cinematográficos las películas rodadas para Televisión Española, bajo el título genérico de La huella del crimen, dirigida por varios directores.

Tuvo problemas con El caso del cadáver descuartizado. Uno de los implicados en el caso, conocido como “el crimen de Ricardito”, le demando pidiendo cincuenta millones de pesetas del año 1986. El juez desestimó la demanda al tiempo de instar a TVE y a Costa Musté a no volver a emitir la película. Su abogado defensor, José María Loperena le comunicó a Costa la buena noticia y al no encontrarle en casa le dejo un mensaje. Costa le respondió a las cuatro de la madrugada:

-Estoy en Redondela preparando un guión sobre el aceite volatilizado. La próxima vez que me defiendas será por esto.

En los años del final del franquismo telefoneaba tras cada manifestación.

-Éramos por lo menos veinte mil -me decía.

-Creo que no éramos tantos – le respondía yo.

-Pongamos cinco mil -rebajaba.

Era un gran tipo incluso cuando exageraba.