La contrarrevolución energética de Donald Trump

Santiago Vilanova
Periodista ecologista

Un estudio publicado por la revista Nature Climate Change en el 2016 afirmaba que los activos financieros mundiales estaban sobrevalorados ya que no internalizaban los efectos económicos del cambio climático. Es decir, ni al sistema financiero ni a los lobbies de las energías fósiles les interesa que la transición energética sea tan rápida que desvalorice  sus inversiones. Hay también en juego los más de 12 millones de puestos de trabajo a nivel mundial que ofrecen el carbón, el petróleo y el gas natural que no pueden ser substituidos a corto plazo por los que generarán las renovables, actualmente 8,1 millones, según la Agencia Internacional de las Energías Renovables-IRENA.

Los negacionistas quieren ganar tiempo, tal vez una o dos décadas, para terminar de explotar los nuevos yacimientos de gas (especialmente mediante la tecnología del francking) y de petróleo (como ha optado Repsol a partir del 2021 en la enorme reserva localizada en la bahía de Harrison, en Alaska, y como lo demuestra la decisión del presidente Donald Trump de terminar los oleoductos de Keystone XLK, Dakota Access y reiniciar las perforaciones en el Ártico).

Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental

Enterrando el Clean Power Plant de Barack Obama, el presidente Trump lanza un mensaje de tranquilidad al mundo financiero y al lobby del carbón, representado por la American Coalition for Clean Coal Electricity que subvencionó parte de su campaña electoral. El objetivo es frenar la dinámica decidida por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 21) que comprometía a los EE.UU. (responsable del 15% de las emisiones del planeta) a reducir en el 2025 de entre un 26% y un 28% respecto a los niveles del 2005. Scott Pruitt, el director de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), ha declarado recientemente a la cadena Fox que los EE.UU. han de salir rápidamente de los acuerdos de París adoptados por 195 países.

Mientras el pasado 28 de marzo se firmaba el decreto de la contrarrevolución energética en la sede, por más inri, de la EPA, la China (responsable del 26 % de las emisiones) acordaba la inversión de 2.350  millones de dólares para potenciar las energías renovables. Casi el 50% de la capacidad fotovoltaica mundial será instalada por el gigante asiático (utilizando patentes alemanas). Sin embargo, Wall Street no parece inquietarse por este nuevo liderazgo de Pekín.

Uno de los puntos del decreto Trump es impedir que las agencias federales divulguen informes y datos sobre el impacto local del cambio climático para evitar desinversiones y desvalorización de los proyectos urbanísticos en la costa. La nueva administración ambiental también quiere establecer normas rigurosas sobre la forma de cuantificar las emisiones potenciales de los gases de efecto invernadero.

Todo indica que estamos ante una gran simulación. Trump sería consciente de los efectos reales del cambio climático en las zonas del turismo de playa donde su imperio ha levantado campos de golf y hoteles de lujo, especialmente en Indonesia y Florida. Una muestra del cinismo del presidente es el proyecto del campo de golf y complejo hotelero en Doonbeg (Irlanda). La familia Trump ha optado por construir un muro de cinco metros de altura y de un kilómetro de largo para proteger las instalaciones de la erosión del litoral y la subida del nivel del mar que provocará en las próximas décadas el cambio climático.

Trump International Golf Club de Irlanda

El equipo de climatoescéticos de la Casa Blanca, liderado por  el secretario de Estado, Rex Tillerson, ex presidente de la Exxon Mobil, quiere marcar el compás de la transición energética y dar tiempo, el mayor tiempo posible, para que las “big oil” acaben dominando la era solar y planifiquen un nuevo orden financiero internacional basado en la economía verde. Actualmente las mayores inversiones y opas en energías renovables ya las están haciendo las petroleras y gasistas. Esta es una realidad que se suele ocultar a la opinión pública internacional y que no se analiza en el debate energético.

Los consumidores europeos hemos de reaccionar exigiendo a nuestros Estados el cumplimiento de los acuerdos de París, que no se detenga el ritmo de la transición energética y que ésta sea democrática y favorezca el autoconsumo. Evitar el monopolio de las energías del sol es ahora la consigna de los grupos ecologistas más coherentes y radicales. La humanidad y Europa no puede permitirse una década más de incremento de concentraciones de CO2 que superen la barrera de las 400 partes por millón (ppm).

Si la explotación de los recursos fósiles sigue dominando el mercado vamos hacia el colapso y entraremos en un mundo de efectos desconocidos. Y cada vez serán más los que formarán parte del nuevo movimiento TL2 (too little, too late); los que creen que se ha hecho demasiado poco y demasiado tarde.

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