Con Paco Elvira en Hollywood, Irlanda

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A la derecha, cartel de la película ‘La hija de Ryan’. Arriba, la fotografía tomada por Paco Elvira sobre el mismo escenario

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John William Wilkinson
Periodista

La idea, que era de Paco Elvira, consistía en recorrer Irlanda en busca de escenarios que forman parte de la memoria colectiva gracias al cine. En el reportaje saldría el fotograma de, por ejemplo, la casita de John Wayne en El hombre tranquilo al lado de la foto de Paco. Siendo Irlanda como es, ni que decir tiene que la casita que se anunciaba como la original de la película de John Ford era más falsa que un duro sevillano.
De Irlanda, Paco algo ya sabía, por no decir mucho. Sus fotos del conflicto en el Ulster son las de un testigo valiente metido en primera línea. Pero la República de Irlanda que recorrimos hace ahora exactamente diez años, en la primavera de 2003, vivía con desenfreno la locura provocada por la repentina prosperidad tras tantos siglos de pobreza.

Paco emprendió el viaje convencido de que le acompañaba un conductor acostumbrado a circular por el lado equivocado de la carretera. Se equivocó. Y no sólo eso: no tardó en darse cuenta de cómo es un país europeo que los romanos nunca llegaron a conquistar. Salvo las modernas autopistas, que son pocas, las carreteras irlandeses, además de estrechas, carecen casi por completo de rectas y, encima, de cualquier tipo de señalización.
Lo bueno de trabajar con Paco era que, pese a jornadas de doce o catorce horas sin parar, lo que hacíamos no parecía trabajo. Era otra cosa. Consistía en una entrega absoluta más propia de la creación artística.
Irlanda cuenta con un clima tan diabólico, que es capaz de agotar la paciencia de cualquier fotógrafo. A cualquiera menos a Paco, claro. El sol juega al escondite con las nubes que los vientos del Atlántico arrastran a una velocidad de vértigo. Brilla un sol radiante y al cabo de dos minutos llueve a cántaros. A menudo tuvimos que regresar a un remoto rincón de la isla para que Paco pudiera cazar la escena deseada con la luz adecuada. Nunca flaqueó en el empeño. Al contrario: lo que para otro sería una adversidad a él le inspiraba.
Visitamos unos cuantos sitios maravillosos, como un pueblo del condado de Wicklow llamado Hollywood, que es donde Michael Jordan rodó una de las escenas más memorables de Michael Collins, aquella en la que Liam Neeson arenga a los dublineses delante de un pub.
Las muchas horas que pasamos recorriendo las locas vías irlandesas no las pasamos en silencio. Daba gusto conversar con Paco mientras conducía, pero siempre atento a que, sin querer, circulara por la izquierda, cosa que hizo en repetidas ocasiones. Además de ser una mina de inverosímiles conocimientos, tenía ideas propias y sabía explayarlas con claridad y convicción.
En el momento menos esperado, frenaba en seco -en una ocasión en medio de un páramo enfangado donde Mel Gibson rodó las batallas de Braveheart– y dejando la puerta del coche abierto miraba extasiado al cielo donde había avistado un halcón peregrino o una pareja de zarapitos. Era un ornitólogo de primera y, curiosamente, al mismo tiempo, un apasionado de los gatos… bueno, de sus gatos.
En una ocasión me explicó que había inventado un sistema que esperaba le permitiera ganar un fortuna jugando a la ruleta. Por desgracia, no funcionó, pero al menos nadie podía echarle en cara que no lo había intentado.
En la mágica península de Dingle, una de los últimos rincones de la Gaeltacht, que es cómo se llama el área dónde el irlandés o gaélico aún sobrevive, visitamos la playa que David Lean inmortalizó en La hija de Ryan y que Paco utilizaría al inicio de su novela. Pero no lo logramos a la primera, porque aquel día llegó a caer una cortina de agua impresionante, por lo que tuvimos que volver varias veces antes de poder pisar esa playa tan especial.
Al año de nuestro periplo irlandés, recorrimos Escocia y, al otro, Inglaterra, siempre en busca de exteriores cinematográficos. Gracias a la grata compañía y gran profesionalidad de Paco, los tres resultaron ser viajes harto provechosos además de divertidos.
Cuando me enteré de su muerte, tras sentir un escalofrío tremendo, de pronto veía a Paco en los acantilados de Mohar, otro de los sitios mágicos de la costa occidental irlandesa.
Haciendo caso omiso del viento que soplaba con fuerza y las inclemencias del tiempo, Paco está echado sobre una extensión enorme de piedra tan plana como un campo de fúbol, por la que se arrastra, acercándose poco a poco al borde del acantilado que baja en vertical 240 metros al enfurecido mar.
Por fin llega al borde y mira hace abajo. En ese preciso instante sale el sol y ve cientos de frailecillos volando en espiral, subiendo y bajando, se diría que inmensamente felices. ¡El sueño de un ornitólogo inventor de un sistema para desafiar a la ruleta!
Buen viaje, amigo Paco.