Cien años de Antoni Clavé

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José Martí Gómez
Periodista

En 1961 el museo Rath organizó en Ginebra una antológica de Antoni Clavé. El pintor vio uno de sus cuadros expuestos, cedido por un médico, y le dio un par de nuevas pinceladas considerando que lo mejoraba. El día de la inauguración el propietario del cuadro rugía.
-Ahora está mejor –le decía Clavé.
-¡Quiero mi cuadro, el mismo que le regalé a mi esposa! –seguía rugiendo el propietario.
Clavé fue a una droguería, compró dos litros de petróleo y cuando el museo cerró se dedicó a restaurar el cuadro que acaba de restaurar a su gusto. Siempre contaba anécdotas sobre sus cuadros:
-Cuando vivía en Montparnasse un médico, vecino de casa, vino a visitar a mi madre y al acabar la visita se entretuvo mirando algunos de mis cuadros. ¿Esto qué es?, preguntó delante de uno de ellos. Son tres personajes, le dije. Volvió a mirar el cuadro atentamente. Yo solo veo un zapato, dijo. Se despidió de mí con unas palabras que no olvidaré nunca: “El día que tenga tiempo pase por mi consulta y hablaremos. No es normal que a su edad vea tres personajes en esa tela”.
La Sala Gaspar, en la que Clavé siempre expuso en Barcelona, antes en Consejo de Ciento y ahora en Enrique Granados, ha inaugurado una exposición para conmemorar el centenario del nacimiento del pintor. Medio centenar de las obras expuestas están dedicadas por Clavé a sus amigos los Gaspar, a la vieja y la nueva generación, y en las paredes de la galería se exhiben manuscritos de Clavé que revelan su personalidad y su talante.
Ante la invitación de una sala de arte a participar en experiencias colectivas a cambio de una paella escribe “collonut; evidenment no penso contestar”!, y ante la invitación de la embajada de España en París, año 1999, a la fiesta onomástica del Rey les pide a los Gaspar que actúen de secretarios y respondan “siento de todo corazón no poder asistir a la coca”.
En 1939, tras la derrota republicana, Clavé cruzó la frontera, fue internado en un campo de concentración dejando detrás su vida. Me lo contó muchos años después en una larga conversación mantenida en su casa-estudio en Saint Tropez, teniendo como vecinos a Von Karajan y a Brigitte Bardot:
-Mi madre, mi país, mi oficio… Todo quedó atrás. Mi sueño era París y una vez más la suerte me ayudó. La suerte es para mi una obsesión. A veces me pregunto que es la suerte. El destino, dicen algunos. Una familia me ayudó a salir del campo de concentración, a exponer y a instalarme en París, donde llegue, con 300 francos, el día que cumplía 26 años.
-Y ahora que ha triunfado ¿qué espera de la vida?
-Nada. Es terrible. Nada.
-¿Nada?
-Solo una cosa: volver a empezar.
En los años 30 Clavé realizaba carteles de películas que se exhibían en los cines Fémina, Capitol o Catalunya con títulos tan sugerentes como El hombre y el monstruo o El signo de la muerte… carteles que se recuperaron para el pabellón que la Bienal de Venecia dedicó a Clavé en 1984. Ya en París, hizo decorados para obras de ballet y en 1984 recibió la medalla de oro de la Generalitat en el salón presidido por el mural del que, un guiño del destino, había sido su maestro: Josep Mongrell i Torrent y su La Mare de Déu de Montserratat voltada dels sants i reis que l’han visitada. Terminado el acto, Clavé se giró, señaló con un dedo índice el mural y dijo a los asistentes:
-El angelote que aparece en la parte superior del mural soy yo. Mongrell me escogió como modelo.
Antes de que empezase el acto Clavé y Jordi Pujol conversaron en un salón cercano.
-¿De que hablaron? – le pregunté a Clavé.
-De la carn d’olla y la escudella -.
-No me diga…
-Sí, sí. Pujol me peguntó si en casa hacíamos ese plato por Navidad para mantener la tradición de Catalunya y yo le dije que la manteníamos no en Navidad sino todos los viernes. Me preguntó extrañado si lo hacíamos con todos los ingredientes. No falta ni uno, president, le dije. Pujol carraspeó y le respondió que eso era carísimo.
En la inauguración de la exposición en la Gaspar estaba Corredor Matheos, poeta e historiador del arte. Buen especialista en la vida y la obra de Clavé.
De la obra poco hay que añadir. Ahí está, esparcida por medio mundo. De la persona siempre quedará el misterio. Corredor Matheos define a Clavé como un hombre de vida interiorizada.
-¿Usted, como persona, ¿cómo se ve? –le pregunte.
Y Clavé, que de joven lucía un bigote a lo John Gilbert y acabó con un mostacho generoso, me respondió:
-Como un gran curioso con una vida llena, cíclicamente, de grandes, enormes vacíos.
En su estudio, inmenso, caballetes, una vieja balanza, fundas de gafas en cantidad para surtir a un regimiento, viejas revistas, una lupa, platos para la comida de sus cinco gatos, revistas de la semana, un grabado de Von Karajan que realizó el propio director de orquesta una tarde que pasó por el estudio para insistir a Clavé en que le hiciese los decorados para la Historia de un soldado, de Strawinsky, que iba a dirigir en el Scala de Milán.
Colgaba también en el estudio un cartel de la Assemblea de Catalunya convocando a los ciudadanos delante de los ayuntamientos a las 8 de la tarde de un 23 de abril que fue inolvidable. Y se veía también un maniquí articulado, pinceles de todo tipo, sombreros orientales, cajas mágicas conteniendo decorados de ballet, un gran espejo, una vieja cama, un perchero amarillo, una mecedora, un lavabo rústico, centenares de libros de arte….
Y en medio de aquel aparente desorden, él, su guardapolvos, su pintura y sus crisis cíclicas como hombre y como artesano. Porque Clavé siempre se vio, y así gustaba de definirse, como un artesano.

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